Ya en ciertos episodios de la Historia Cultural hemos oído hablar de las dos Helenas de Troya. Una raptada por Paris y llevada al interior de las murallas de Ilión, otra que mientras dura el sitio de la ciudad permanece indiferente e ignorante en otro lugar, generalmente Egipto, en la isla de Faros. Dos Helenas según esta tradición. Una, ‘Destructora de barcos’, como obedeciendo a su etimología, fantasmagórica y espectadora impune de las bajas de mil hombres; la otra irreprochable, se dice que llena de realidad, sustraída de los asuntos que competen a Menelao, Aquiles y Príamo. Helena real y Helena fantasmagórica se conciertan en un mismo tiempo pero nunca en un mismo espacio.
El primero en darnos noticias de las dos Helenas fue Eurípides –el más joven de los tres trágicos– y en 1928, Hugo von Hoffmansthal regresó al tema largo tiempo olvidado del real y el simulacro de la más bella de las mujeres cuando realizó para Richard Strauss el libreto de la ópera Helena egipcíaca, pero en el ínterin hay dobles aquí y allá: en la leyenda de Tristán, por ejemplo, habitan también dos Isoldas.*
‘Las fantasmagorías en tanto se mueven de allá para acá engendran música [...] El deambular se vuelve melodía‘. Segunda Parte del Fausto, Goethe
En el libro La caja maga de Manuel Marín (Petra Ediciones, 2005) también se recoge la tradición de las dos Helenas. Las Helenas marinianas hacen música porque son fantasmagorías y sus formas se transforman en espacio en una partitura dibujística. Volveré sobre esto más adelante. Primero, deambularé un poco por las diferentes tradiciones de Helena para ver si puedo convertirme en melodía.
Cuando los Aqueos tomaron Troya y llegó la hora del saqueo y el botín, los techos de las casas agitaban sus melenas en llamas, las mujeres lloraban y los varones de Ilión reptaban por el suelo atravesados por lanzas. De repente, a través del polvo y las vigas ardientes, Menelao ve a Helena. El cornudo más célebre de la tradición, sobre el que cayeron mofas y befas durante diez años, de repente, ve a su esposa: ‘mujer que lo ha sido de muchos hombres’ dice Homero. Menelao toma a Helena por los cabellos y la arrastra consigo. Después de realizado el despojo y el pillaje de la ciudad de Ilión, de regreso a las costas argivas, Menelao pide a Helena que se le adelante y lo disponga todo para un sacrificio: el suyo. Cuando empuñado en alto el filo brillante del cuchillo Menelao quiere asestar un golpe mortal, una deslumbrante refulgencia irradia de Helena que impide al burlado consumar el sacrificio. Menelao cae de rodillas: es la impunidad de la belleza. En La caja maga, Manuel Marín, al igual que el marido burlado, tampoco podrá consumar el golpe y Helena se le escapará dejando en su lugar una fantasmagoría.
Algunas tradiciones emparientan en placeres a Helena con Teseo, con Heracles que la rapta a los diez años, con Patroclo e incluso con Aquiles; con Paris principalmente, pero una vez caído este blandengue Helena se unió también –cómo no– a algunos de los otros hijos del Rey Príamo. En la tradición fáustica, el Mago también goza de los placeres de Helena. El Fausto de Goethe hacia al final de la Segunda Parte viaja al Abismo de las Madres, es decir, viaja a las Causas mismas para obtener los placeres de Helena. En Fausto Helena es concepto, apuntó el sabio Rafael Cansinos Assens. Fausto delira, y en su delirio Helena es pasión, afición, amor y sobre todo, poesía. Impide Fausto el rapto de Paris para hacerse él con Helena. La convoca con extrema violencia: la rapta a su raptor. Después todo estalla. Fausto maravilla a Helena porque las palabras con que a ella se dirige, riman. ¡Oh, maravilla de seductor!: como la poesía griega no conoció la rima, Fausto conquista a Helena por medio de lo que la bella desconocía, un nuevo orden del poder poético: la Rima.
Manuel Marín trasluce en su libro que conoce perfectamente bien todas estas tradiciones y consonancias. La caja maga, lo dice su autor, es un libro para niños –de todas las edades y extremadamente inteligentes, como en el título de Harold Bloom, agregaría yo–. La caja maga es un río y lleva dos corrientes: una corriente es el dibujo, la otra corriente es la palabra. El afluente del dibujo es negro, el de la palabra es rojo. Se acompañan una y otra corriente en el curso y riman como la palabra de Fausto que maravilla a Helena, sólo que en La caja maga hay una disonancia en uso que también se introduce al curso del río.
Esta es la trama de La caja maga. Un Mago Incipiente hecho de caja se cree Fausto. En el centro, como un director de orquesta, el Mago Incipiente hechiza cajas para ejercitar su magia poniéndoles alas y patas. Sin embargo, por algún defecto en sus sortilegios, el Mago Incipiente que se cree Fausto transforma las cajas en no otra cosa más que en cajas (¿transformó Fausto a Margarita –pregunto yo– en otra cosa más que en Margarita?). En uno de sus encantamientos el Mago Incipiente quiso transformar a una caja en Helena de Troya. La convocó al mundo con todo y banquito (Manuel Marín al igual que Fausto, como se ve, también delira). Solo que la caja no era Helena sino Circe, hechicera que metamorfosea a los hombres en cerdos haciendo que conserven su mente intacta. El Mago Incipiente convoca a Helena pero obtiene a Circe, una sosias: consonancias con las dos Helenas de Eurípides, con la egipcíaca de Hoffmansthal y con la maravillada por la rima de Fausto, sí, pero trastocadas por la imaginación desbordante de Manuel Marín. ¿Cuál de las dos es la fantasmagoría? ¿Helena o Circe? Yo no me atrevería a decir la última palabra.
Circe-caja transforma a las otras cajas para demostrar que era Circe y no Helena. ‘¿Acaso NO era Helena porque él NO era Fausto?’ pregunta Manuel Marín. Entre Helena y Fausto hay una consonancia: una Rima que permite la conquista y la rendición. ¿Si la caja no es Helena sino Circe quién es entonces el Mago Incipiente? Me parece muy natural que respondamos Ulises. Pero a Ulises Circe lo lleva a la cama, al Mago Incipiente Circe lo convierte en ratón: cualquiera puede notar la una gran diferencia entre una y otra actitudes. ¿Ulises, entonces? No lo creo. Después de un ataque convulso, Circe-caja vuelve a ser caja pero el Mago Incipiente se queda ratón.
Manuel Marín le rapta a la caja una forma de Helena pero equivoca el botín: secuestra en su lugar la forma de Circe que lo convierte en roedor. La relación Circe-Fausto no rima como sí rima la relación Helena-Fausto. Pero esta disonancia Circe-Fausto que no rima permite al Mago Incipiente convertirse en el Fausto que cree ser. Me apresuro a aclarar este punto.
Pocas cosas de aquellas que con hechizos y estratagemas mefistofélicas Fausto invocó, las transformó. Es más, no puedo pensar en ninguna como no sea la transformación del relieve del paisaje. Como se sabe, Fausto hizo construir puentes y presas, excavó minas. Mandó talar los tilos de los viejos Filemón y Baucis. Opino que la gran tragedia de Fausto –y su gran atributo a un tiempo– es que Fausto no transforma nada de lo que con ayuda de Mefistófeles hace desfilar frente a él: concibe un hijo con Helena en los antros de una gruta musgosa, pero éste niño –Euforión– de exuberantes impulsos, tan pronto ha sido parido, sube disparado a los cielos como un cometa dejando en tierra sólo vestidos, capa y lira.
En realidad, la gran transformación de Fausto no es la del relieve del paisaje: es la suya. Sólo Fausto se transforma mientras todo lo demás sigue su curso. Al final, en La caja maga, sólo el Mago Incipiente se transforma: en ratón si se quiere, pero es la única transformación, todas las demás cajas vuelven a ser cajas. Al final del Fausto goethiano, todo queda en inconmovible Mudanza Cíclica: es el Canto del Eterno Retorno. Pero Fausto es alguien que en esencia se ha fugado: es el expósito de los eones porque se ha transformado allende a la Cíclica del Eterno Retorno. Fausto se transforma mientras todo sigue su Ciclo impertérrito ¿y tanta y tanta pasión para qué? Para transformar al Mago Incipiente que son todos los hombres fáusticos.
Va siempre Fausto, expósito de los eones, ‘sin meta y sin reposo’, y de ahora en adelante, me temo, irá buscando también quesos y cajas magas…
Fue una sensación algo extraña a decir verdad. Reveló en un instante muchas cosas. Me la ha enviado desde Nueva York mi amigo el fotógrafo Manuel Vázquez. Se trata de un tableau vivant que Manolín ha realizado a partir de mi pintura
Johann Wolfgang von Goethe nunca le quiso. Tampoco Immanuel Kant que fue su maestro en la Universidad de Königsberg. Hubo quien sí le quiso y le admiró. Hay todavía quienes le queremos y le leemos con devoción. Se sabe, por ejemplo, que Andréi Tarkovsky murió mientras preparaba su Hoffmaniana, un filme de largo aliento cuyo personaje principal sería ¿adivine quién? Hoffmann. Y es que E.T.A. (Ernest Theodor Amadeus) le quitó el sueño a directores de cine –a Tarkovsky, sin duda, pero también a Ingmar Bergman y sigue quitándoselo a David Lynch– al igual que le hurtó el sueño a Sigmund Freud que tomó El Hombre de la Arena para desarrollar sus célebres reflexiones psicoanalíticas en torno a la categoría de Lo Siniestro. Una lista no exhaustiva y nunca completa de los adoradores de E.T.A. Hoffmann debería comenzar con Robert Schumann y sus ocho deliciosas piezas para piano que tituló en su conjunto Kreisleriana, fantasías que se inspiran en el estrambótico personaje que aparece en Puntos de vista y consideraciones del Gato Murr: el compositor Johannes Kreisler–auténtico doble literario de Hoffmann– que siempre iba “paseando por la ciudad con dos sombreros en la cabeza, uno sobre otro, con dos pautas acomodadas como puñales en su cinturón rojo, saltando y cantando”. Después, la lista continuaría con Richard Wagner que se imbuyó del relato hoffmaniano La contienda de los cantores para confeccionar el glorioso Acto II de su Tannhäuser. Pero antes de Wagner, fue Vincenzo Bellini: su ópera Marino Faliero se inspiró en El Dux y la Dogaresa y Gaetano Donizzetti, por su parte, no se queda atrás: su hilarante Don Pasquale se nutrió directamente de El Señor Formica. No olvidar en nuestra lista a Piotr Ilich Tchaicovsky y el Cascanueces que, como se sabe, se basa en el bellísimo cuento navideño El Cascanueces y el Rey de los Ratones. También, Leo Délibes y su ballet Coppélia basado en El hombre de la Arena, no menos que Paul Hindemith y su Cardillac, siniestro personaje que aparece en la narración La Señorita de Scuderi. Tantos y tantos otros fascinados por el arte excelso de E.T.A Hoffmann faltan en nuestra imperfecta lista en la que, quizás, Los cuentos de Hoffmann de Jacques Offenbach ocupen el lugar de privilegio.
A pesar de su fecundidad artística que se expresó en múltiples artes Hoffmann conoció el hambre. En un momento crítico se anunció en los periódicos locales ofreciendo sus servicios como Maestro de Capilla y Pintor de retratos. Fue contratado aquí y allá pero nunca tuvo certezas. Colaboró en la importante Gaceta musical de Leipzig y sus textos críticos fueron notables. Ahora, esos textos son antológicos. Dice Rosa María Phillips en un espléndido estudio sobre la vida de Hoffmann, que en una de sus entregas a la gaceta, el genio múltiple muestra la relación existente entre los vinos y el arte: a la música sacra le corresponde vino del Rin, a la ópera seria, un borgoña, a la ópera ligera, champaña.
Como corolario, Hoffmann también inventó un instrumento musical que después perfeccionará Frédéric Chopin junto con algunos mecánicos constructores: el Eolomelodicón, una mezcla entre arpa eólica y órgano que buscaba expresar el sonido puro de la naturaleza sin la intermediación del hombre.
Es la Ira el motivo corazón del relato en que funda su sensibilidad el pueblo más armonioso que ha poblado la tierra.
Conforme pasa el tiempo a mí me gustan cada vez más los retratos femeninos de Jean Bapstiste-Camille Corot. Cuando las retratadas son vistas por las mejores miradas se obtienen retratos como la Belle Ferronière de Leonardo, Madame Récamier de Jacques-Louis David o, sin ir más lejos, como La Dama de Azul de Camille Corot.
De ninguno de los hombres de genio de las letras alemanas uno puede decir tal o cuál me quiere como a un amigo. No: el genio alemán es tan descomunal que deja fuera todo vínculo amistoso. La escisión que se verifica en nosotros, hombres de genio también, reside en que el genio alemán pide que nos le unamos como se unen al oboe todos los instrumentos de una orquesta sinfónica en esa mágica ceremonia que es la ceremonia de la afinación. Antes, como se sabe, de que comience todo concierto, el oboe lanza un La duradero y a continuación el fagot viene a unírsele, luego el trombón, luego todos los demás. Nosotros somos los demás, el oboe el genio alemán, la obra el La duradero.
Ninguna obra teatral más breve aunque la obra más breve ostente el más ampuloso de los títulos dedicados a brevísimas obras teatrales. Si tratando de relatarla yo me avocara a prosificar Odisea, Deificación y Apoteosis del Artista de Johann Wolfgang von Goethe, con toda seguridad obtendría un texto de más páginas que las que ocupan mi espléndido volumen de Obras Completas. A decir verdad, pienso que debería transcribir palabra por palabra, letra por letra, la obra Odisea, Deificación y Apoteosis y dejar que el texto, por así decir, hable a través de mí. Convertirme en una especie de Pierre Menard * autor de la Odisea. Pero para mí no brillan los astros de ningún Napoleón y de mí no dirá ningún Bonaparte: “Este es un hombre”**, en primera instancia porque no avizoro ya napoleones en la llanura y mi propia Aristeia*** la libro yo en otros campos de batalla; en segunda, porque, en cierto modo, Pierre Menard contraviene las enseñanzas contenidas en la Odisea, Deificación y Apoteosis del Artista.
Siempre me he preguntado quién es ese misterioso Guillermo a quien Werther escribe sus alarmantes cartas. Yo por lo menos confieso cierta alarma cuando viene a mi mente Guillermo. De haber tenido un amigo como Werther yo le hubiera traído de los cabellos a mi departamento, le instalaría en el futón del cuarto de visitas y le tendría el ojo las veinticuatro horas del día. Quizás, procuraría hacerle ver que en realidad, Carlota no era más que una ordinaria, casi diríamos, vulgar mujer. Para finalizar, le llevaría a mi propio psicoanalista estrictamente lacaniano. Pero ¿quién es éste Guillermo y por qué dirige Werther sus cartas y ensayos de inquietud a este apocado? A Horacio, el entrañable amigo de Hamlet, se le dedican las palabras más altas que un poeta de genio haya compuesto acerca de la amistad. Dijo Hamlet a Horacio:
En un libro que no ha dejado de ser célebre por 500 años, Elogio de la Locura de Erasmo de Rotterdam, se llega hacia el final de la obra a la conclusión de que toda la vida humana no es más que una especie de deporte de la insensatez, de la estulticia y de la alienación. La locura destila la miel de la vida humana. También llega Erasmo a la nada halagadora consecuencia de que la locura es la única que abraza por igual a todos los hombres, y que en suma, es ella el auténtico catalizador democrático pues no deja a nadie fuera, existe en todos los países y en todos los reinos.