“¡Naturalmente! ¡Naturalmente! Usted que es un hombre tan razonable debería darse cuenta de que nada es natural en este mundo”
Puntos de vista y consideraciones del Gato Murr. E.T.A. Hoffmann
Johann Wolfgang von Goethe nunca le quiso. Tampoco Immanuel Kant que fue su maestro en la Universidad de Königsberg. Hubo quien sí le quiso y le admiró. Hay todavía quienes le queremos y le leemos con devoción. Se sabe, por ejemplo, que Andréi Tarkovsky murió mientras preparaba su Hoffmaniana, un filme de largo aliento cuyo personaje principal sería ¿adivine quién? Hoffmann. Y es que E.T.A. (Ernest Theodor Amadeus) le quitó el sueño a directores de cine –a Tarkovsky, sin duda, pero también a Ingmar Bergman y sigue quitándoselo a David Lynch– al igual que le hurtó el sueño a Sigmund Freud que tomó El Hombre de la Arena para desarrollar sus célebres reflexiones psicoanalíticas en torno a la categoría de Lo Siniestro. Una lista no exhaustiva y nunca completa de los adoradores de E.T.A. Hoffmann debería comenzar con Robert Schumann y sus ocho deliciosas piezas para piano que tituló en su conjunto Kreisleriana, fantasías que se inspiran en el estrambótico personaje que aparece en Puntos de vista y consideraciones del Gato Murr: el compositor Johannes Kreisler–auténtico doble literario de Hoffmann– que siempre iba “paseando por la ciudad con dos sombreros en la cabeza, uno sobre otro, con dos pautas acomodadas como puñales en su cinturón rojo, saltando y cantando”. Después, la lista continuaría con Richard Wagner que se imbuyó del relato hoffmaniano La contienda de los cantores para confeccionar el glorioso Acto II de su Tannhäuser. Pero antes de Wagner, fue Vincenzo Bellini: su ópera Marino Faliero se inspiró en El Dux y la Dogaresa y Gaetano Donizzetti, por su parte, no se queda atrás: su hilarante Don Pasquale se nutrió directamente de El Señor Formica. No olvidar en nuestra lista a Piotr Ilich Tchaicovsky y el Cascanueces que, como se sabe, se basa en el bellísimo cuento navideño El Cascanueces y el Rey de los Ratones. También, Leo Délibes y su ballet Coppélia basado en El hombre de la Arena, no menos que Paul Hindemith y su Cardillac, siniestro personaje que aparece en la narración La Señorita de Scuderi. Tantos y tantos otros fascinados por el arte excelso de E.T.A Hoffmann faltan en nuestra imperfecta lista en la que, quizás, Los cuentos de Hoffmann de Jacques Offenbach ocupen el lugar de privilegio.
La vida de Ernest Theodor Wilhelm Hoffmann –sólo después cambiará el Wilhelm por Amadeus en homenaje a Mozart– transcurrió entre los agitados años de 1776 y 1822. Dotado de un genio total, se trata sin duda de uno de los artistas más completos de la humanidad al tiempo que uno de los más altos del Romanticismo Alemán, que tan alto es. A los ocho años, Hoffmann era poseedor de una precoz maestría en las artes del dibujo y la caricatura; también fue un hábil intérprete del violín y del piano en sus mocedades. Estudió Derecho. Fue pintor, escritor y compositor de un variopinto catálogo musical que incluye sinfonías, óperas, misas, música para piano y canciones. A pesar de que con frecuencia E.T.A. Hoffmann ha sido considerado el puente oscuro y no revelado que une a Mozart con Wagner, sus óperas nunca se ven por los teatros del mundo. Una obra como El Cazador furtivo de Carl Maria von Weber, por poner un claro ejemplo, obra que es definitiva para la conformación de la identidad de la ópera alemana, es deudora en todo sentido de la visión y la sensibilidad dibujada por la obra de Hoffmann, en particular, la de su ópera Ondina.
A pesar de su fecundidad artística que se expresó en múltiples artes Hoffmann conoció el hambre. En un momento crítico se anunció en los periódicos locales ofreciendo sus servicios como Maestro de Capilla y Pintor de retratos. Fue contratado aquí y allá pero nunca tuvo certezas. Colaboró en la importante Gaceta musical de Leipzig y sus textos críticos fueron notables. Ahora, esos textos son antológicos. Dice Rosa María Phillips en un espléndido estudio sobre la vida de Hoffmann, que en una de sus entregas a la gaceta, el genio múltiple muestra la relación existente entre los vinos y el arte: a la música sacra le corresponde vino del Rin, a la ópera seria, un borgoña, a la ópera ligera, champaña.
A punto de cumplir los cuarenta años, Ernest Theodor Amadeus se reunía con algunos poetas románticos para celebrar verdaderos jolgorios llenos de poesía y vapores etílicos al por mayor. En estas juergas, Hoffmann, el excéntrico, se convertía en el centro porque hablaba a sus compañeros de sus sueños y de ocultismo. Les hablaba también de amores infortunados. El grupo que formaba un coro alrededor de Hoffmann se bautizó a sí mismo como “La hermandad de San Serapión”. De todos los números operísticos que tienen a E.T.A. como personaje principal, el más apegado a la realidad es el coro ansioso por oír los malhadados amores de Hoffmann en la ópera de Jacques Offenbach. En escena, la ópera Los cuentos de Hoffmann, muestra a un artista genial, pero disminuido por los infortunios y los embates de la vida, que en medio de un canto que narra la historia de Kleinzach –el contrahecho enanito que hace cric-crac– abre de pronto un agujero por así decir a visiones de amores interrumpidos por la carcajada demoníaca.
Con toda seguridad “La hermandad de San Serapión” le oyó discurrir sobre (des)amores lo mismo que sobre las teorías planetarias de Johannes Kepler o los argumentos teosóficos de Emanuel Swedenborg. Le oyó meditar acerca de la Segunda Parte del Fausto de Goethe y La Flauta Mágica de Mozart que tanto admiró. E.T.A. Hoffmann que es un artista integral y que siente hambre, se alimenta de sueños. Y como diría el estudioso del romanticismo Albert Béguin ”expresa sus sueños de manera lúcida”. Tiene una estrecha relación con la locura y la alucinación (quién haya leído Los elíxires del diablo sabe a lo que me refiero). Inventó una auténtica Mitología Romántica de la que bebieron libretistas, músicos, poetas y pintores. Más tarde vendrán los psicoanalistas y los cineastas.
Casi todos los personajes del universo hoffmanniano tienen una escisión: una bifurcación que les obliga a elegir entre el Arte o la Vida. Sí: la vida contradice al arte. La vida civil desvía la vocación. “La mayor dificultad del arte es que todos toman por verdadera vocación lo que no era más que impulso del momento” afirma Hoffmann en uno de sus cuentos. El artista ha de saber encontrar en la vida cotidiana el hueco que le lleve al arte. El joven comerciante Traugott por poner un ejemplo, en El salón del Rey Artús, cuando quiere escribir sus reportes de Bolsa no puede sino trazar bellas calígrafías y dibujos al margen de los folios mercantiles, lo que le ocasiona, como es muy natural, todo tipo de reproches y censuras por parte de su suegro y patrón. Presas de solicitaciones de la vida práctica: sí, arte por un lado, vida por el otro.
Como corolario, Hoffmann también inventó un instrumento musical que después perfeccionará Frédéric Chopin junto con algunos mecánicos constructores: el Eolomelodicón, una mezcla entre arpa eólica y órgano que buscaba expresar el sonido puro de la naturaleza sin la intermediación del hombre.
En alguna parte, E.T.A. escribió: “Un día construiré un autómata para edificación de mis amigos”. Pero aquél que se sorprenda de la frase anterior, debe tener muy en cuenta que estamos reflexionando acerca de un individuo que apuntó en sus Diarios que una tarde, en una baile, creyó ver a su propio yo ¡pero multiplicado como por un prisma! de tal suerte que el baile resultaba una especie de ¡mazurka multitudinaria de Hoffmans! sólo entonces comenzaremos a comprender su literatura plagada de mil diablillos, espectros, dobles fantasmales, sueños al por mayor plagados de compositores que producen sonidos musicales y burbujas.
Pero de entre todo lo que hasta aquí he señalado hay algo que considero digno de hacer notar. Tomaré como ejemplo la muy célebre escena de la ópera Los cuentos de Hoffmann de Jacques Offenbach donde el poeta se enamora de una autómata que responde al nombre de Olympia y espeta Oui Oui mecánicos a sus solicitaciones amorosas. En la autómata no hay nada de admirable, en realidad, como no sea un portento mecánico. En Olympia no hay nada de fantástico. Lo fantástico comienza cuando el poeta usa unos lentes mágicos que le ha vendido el siniestro Spalanzani. Cuando Hoffmann no usa sus lentes todo es vil artefacto y mecánica. Cuando los usa, todo es amor y transmutación. Una bella lección hoffmaniana, pintor, escritor y músico: la fantasía está en los ojos que pueden trastocarlo todo en cosas maravillosas, no en los objetos…
Es la Ira el motivo corazón del relato en que funda su sensibilidad el pueblo más armonioso que ha poblado la tierra.
Conforme pasa el tiempo a mí me gustan cada vez más los retratos femeninos de Jean Bapstiste-Camille Corot. Cuando las retratadas son vistas por las mejores miradas se obtienen retratos como la Belle Ferronière de Leonardo, Madame Récamier de Jacques-Louis David o, sin ir más lejos, como La Dama de Azul de Camille Corot.
De ninguno de los hombres de genio de las letras alemanas uno puede decir tal o cuál me quiere como a un amigo. No: el genio alemán es tan descomunal que deja fuera todo vínculo amistoso. La escisión que se verifica en nosotros, hombres de genio también, reside en que el genio alemán pide que nos le unamos como se unen al oboe todos los instrumentos de una orquesta sinfónica en esa mágica ceremonia que es la ceremonia de la afinación. Antes, como se sabe, de que comience todo concierto, el oboe lanza un La duradero y a continuación el fagot viene a unírsele, luego el trombón, luego todos los demás. Nosotros somos los demás, el oboe el genio alemán, la obra el La duradero.
Ninguna obra teatral más breve aunque la obra más breve ostente el más ampuloso de los títulos dedicados a brevísimas obras teatrales. Si tratando de relatarla yo me avocara a prosificar Odisea, Deificación y Apoteosis del Artista de Johann Wolfgang von Goethe, con toda seguridad obtendría un texto de más páginas que las que ocupan mi espléndido volumen de Obras Completas. A decir verdad, pienso que debería transcribir palabra por palabra, letra por letra, la obra Odisea, Deificación y Apoteosis y dejar que el texto, por así decir, hable a través de mí. Convertirme en una especie de Pierre Menard * autor de la Odisea. Pero para mí no brillan los astros de ningún Napoleón y de mí no dirá ningún Bonaparte: “Este es un hombre”**, en primera instancia porque no avizoro ya napoleones en la llanura y mi propia Aristeia*** la libro yo en otros campos de batalla; en segunda, porque, en cierto modo, Pierre Menard contraviene las enseñanzas contenidas en la Odisea, Deificación y Apoteosis del Artista.
Siempre me he preguntado quién es ese misterioso Guillermo a quien Werther escribe sus alarmantes cartas. Yo por lo menos confieso cierta alarma cuando viene a mi mente Guillermo. De haber tenido un amigo como Werther yo le hubiera traído de los cabellos a mi departamento, le instalaría en el futón del cuarto de visitas y le tendría el ojo las veinticuatro horas del día. Quizás, procuraría hacerle ver que en realidad, Carlota no era más que una ordinaria, casi diríamos, vulgar mujer. Para finalizar, le llevaría a mi propio psicoanalista estrictamente lacaniano. Pero ¿quién es éste Guillermo y por qué dirige Werther sus cartas y ensayos de inquietud a este apocado? A Horacio, el entrañable amigo de Hamlet, se le dedican las palabras más altas que un poeta de genio haya compuesto acerca de la amistad. Dijo Hamlet a Horacio:
En un libro que no ha dejado de ser célebre por 500 años, Elogio de la Locura de Erasmo de Rotterdam, se llega hacia el final de la obra a la conclusión de que toda la vida humana no es más que una especie de deporte de la insensatez, de la estulticia y de la alienación. La locura destila la miel de la vida humana. También llega Erasmo a la nada halagadora consecuencia de que la locura es la única que abraza por igual a todos los hombres, y que en suma, es ella el auténtico catalizador democrático pues no deja a nadie fuera, existe en todos los países y en todos los reinos.
Mi gran amigo el pintor Israel Zamora me regaló un espejo. Pero no se trata de un espejo cualquiera: es un espejo gramatical. Disculpe el lector esta breve digresión vanidosa pero debo dejar apuntado que desde niño me enorgullecí de la particularidad palindrómica de mi nombre: Otto podía leerse de izquierda a derecha lo mismo que de derecha a izquierda. Mis ojos iban y venían orgullosos al vaivén de las letras reflejantes. Nunca imaginé que esa singularidad gramático-espejeante pudiera extenderse aún más. Pues bien, mi amigo me obsequió este hermoso palíndromo:
Bernard Shaw en su libro “El perfecto wagneriano”:
Me parece que uno de los momentos más hermosos y por así decirlo, cargados de más humanidad en la historia de la cultura occidental, es el momento en el que el sagaz Thomas Mann descubre la gran estafa de Friedrich Nietzsche. Bien sabido es que la crítica wagneriana tuvo un sólo y terrible detractor, el genial “Filósofo del Martillo” quién por diversión sometía a examen profundo a los ídolos haciéndoles preguntas a base de golpes de martillo. Sostuvo contra Wagner polémicas directas de altísimo voltaje en sus obras “Cuarta consideración intempestiva” (1876), “El caso Wagner” (1888), ”Nietzsche vs. Wagner” y ”El ocaso de los ídolos” (ambas de 1889) aunque el compositor-poeta permeó indirectamente toda su obra pese a no ser nombrado explícitamente. Léase la siguiente frase y decida el lector si lleva o no una dedicatoria tácita:
Lo anterior es elocuente. Mann en una carta escrita al compositor y director de orquesta Hans Pfitzner en 1925 anotó: