Escribir acerca de la obra de Thomas Mann arredra a toda Inteligencia. Su extremada lucidez consiste en la particularidad de que tan pronto uno descubre que esta arredrado ante el pensamiento manniano uno obra ya en posesión de su encanto. La suntuosidad densa de ese pensamiento se debe a que no es tanto un pensamiento como una fisonomía: retrata al artista o mejor dicho, como autorretrato, su obra señala al artista que habitaba en él mismo. En ese rostro autorretratado el lector descubre el proceso de afeamiento al que se somete todo artista digno de llamarse de tal modo, pues la talla en madera de la madura lucidez espiritual, toma también como material artístico al rostro y le surca y le aja como botín de guerra de la Obra. Escribir acerca de  Thomas Mann arredra a toda Inteligencia porque en un acto de volición, él  lo ha dispuesto así. Presentar los rasgos fisionómicos del artista y hacerlos pasar por pensamiento deja siempre arrobado a su lector que no sabe decidir si los métodos por los que es embelesado son artísticos o fraudulentos.

Pensamiento, palabra y fisonomía se unen en Thomas Mann, el último artista que creó Obras Maestras en el sentido en que Occidente pensó la Obra. El mago -como le llamaban Erika, Klaus y Golo- se adjudicó la herencia mejor de la ideología artística alemana (Goethe, Schiller, Nietzsche, Wagner) y a momentos tomó las vestimentas del uno o se vistió con las prendas espléndidas del otro. Prendas de gala tomaba para confeccionarse sus trajes, sin duda. El artista que había en Thomas Mann era el artista de la profundidad empática (acaso la más notoria caraterística de la genialidad) que construyó su propia voz de artista con voces de otros; voz de vórtice era la de Thomas Mann, que entre visos da a conocer la genealogía de sus magníficos materiales artísiticos. ¿Existe -mucho nos hemos preguntado- una más conmovedora identificación empática entre un artista que homenajea a otro que en el célebre monólogo de Goethe, el genial capítulo siete de Carlota en Weimar? Opino que no. Pero también lo inconcebible sucede en la extensa obra de Thomas Mann: sintetiza a Goethe y a Wagner, acaso dos agones o antípodas artísticas,  ”hay que decidirse entre uno y otro” aconseja Mann que no hace caso de su conseja y que prefiere unirlos a prescindir de alguno. De Los Buddenbrook a El Elegido sin olvidar los primeros cuentos, pasando por Tristán La muerte en Venecia, La Montaña Mágica y Doktor Faustus, la tetralogía de José y sus hermanos y Carlota en Weimar, Thomas Mann retrata al artista cimero que había en sí mismo y que a su vez eran muchos -Elegidos todos- monstruos de lo absurdo que poblaron lo mejor de Occidente.

Al igual que Giuseppe Verdi con su Falstaff el canto del cisne de Thomas Mann es también una obra que se corona con una Gran Carcajada. En Confesiones del estafador Félix Krull el engaño está cifrado en clave humorística y la estafa se cristaliza como la actividad artística por excelencia. Los embustes y los embelecos son el campo propio del arte y parecen deslizar la idea de que entre la seriedad de Wagner y Nietzsche se esconde siempre un Rossini, y que enmedio de la gravedad más circunspecta, la parodia irrumpe, si bien al final de una trayectoria, llevando felizmente al artista grave a un error afortunado: el encuentro consigo mismo o verse desnudo imitando cómicamente las voces de los otros. La escritura de Félix Krull llevó a puerto una singladura de poco más de cuarenta años. Thomas Mann comenzó a redactar la novela ya desde su primera juventud dejando reposado el manuscrito a la deriva de un largo itinerario lleno de experiencias internas y externas que se completará en las postrimerías de su vida, los primeros años de la década de los cincuenta. La revisión y la refundición de una obra iniciada en la juventud llevada a cabo en la cúspide de una trayectoria literaria, otorga a la misma carácter de confirmación: el joven tiene una intuición genial que sólo el viejo puede resolver a cabalidad, o dicho de otro modo, el joven cede al anciano el derecho de arrogarse la facultad resolutiva de la Obra. Gran sabiduría: la intuición pertenece al joven, la resolución al viejo. 

Virtuosos de la mofa: Aristófanes, Cervantes, Rabelais, Rossini, Offenbach -tocado por el cielo burlón y la Gran Carcajada, Ibargüengoitia- pero también Wagner en Los Maestros Cantores y Thomas Mann en Confesiones del estafador Félix Krull. Me parece de una significación fundamental en ésta última el singular pasaje que aparece ya en las primeras páginas de esta obra cumbre: la aparición en escena de Müller-Rosé, cantante de opereta, actor, agregado de embajada y cazador de faldas que prodigaba en el tablado escénico una indecible “alegría de vivir”. El infante Félix y su padre visitan al esplendente artista en su camerino después de su representación y una escena repugnante se ofrece a los ojos de los visitantes. Sentado al espejo el actor sin su disfraz “se frotaba el cuerpo y el cuello cubiertos por una espesa capa de brillante ungüento [...] una mitad de la cara estaba todavía recubierta por la espesa capa. [...] Uno de los ojos aún continuaba pintado de negro y las pestañas tenían un polvillo de un negro metálico resplandeciente. El otro ojo acuoso, irritado por las fricciones, estaba clavado en nosotros.” Ante este “molusco repulsivo” surgen las primeras preguntas en Félix Krull acerca del arte y los artistas: “¿De manera que este engrasado y leproso es el ladrón de corazones que hacía soñar a las multitudes? [...] ¿Era que un acuerdo tácito no consideraba engaño a ese engaño?” Oigamos a la lucidez de Thomas Mann responderse: “¡Cuanta buena voluntad unánime para dejarse seducir! [...] Recuerdo que el cantante aunque tenía que estar seguro de su triunfo por los entusiastas aplausos del público, no cesaba de preguntar si había gustado y en qué grado había gustado… ¡y qué bien comprendo su inquietud!”. Yo también comprendo a Müller-Rosé…