Mi gran amigo el pintor Israel Zamora me regaló un espejo. Pero no se trata de un espejo cualquiera: es un espejo gramatical. Disculpe el lector esta breve digresión vanidosa pero debo dejar apuntado que desde niño me enorgullecí de la particularidad palindrómica de mi nombre: Otto  podía leerse de izquierda a derecha lo mismo que de derecha a izquierda. Mis ojos iban y venían orgullosos al vaivén de las letras reflejantes. Nunca imaginé que esa singularidad gramático-espejeante pudiera extenderse aún más. Pues bien, mi amigo me obsequió este hermoso palíndromo:

Otto maneja ajena motto

Fue tanto el júbilo que me ocasionó este espejo de letras, que ahora planeo titular mi próxima exposición con ese bello y resonante Otto maneja ajena motto. Los ojos bailan al vaivén y lo mismo leen desde donde se elija comenzar. Brota el palíndromo desde el centro porque el palíndromo crece por la mitad hacia afuera como crece el pasto. No poca alegría, como se ve, me ha ocasionado el obsequio de mi gran amigo. No sólo mi nombre va y viene como en un match de tennis -lo que también viene a ser algo así como la confirmación oficial de mi condición  alrevesada de zurdo- sino que ahora camino con más suficiencia desde que sé que poseo mi propio palíndromo.

Pero no es sobre mí, en realidad, acerca de lo que quiero reflexionar. Es sobre el espejo. Por aquellos días en que recibí mi palíndromo como obsequio, aparecieron en la red un par de fotografías íntimas de Scarlett Johansson en las que se puede avizorar el momento en que se retrata a sí misma desnuda, ante el espejo, con un teléfono celular.  Aparecía Scarlett Johansson como una variación del clásico leitmotiv simbólico de la Venus ante el espejo. Evidentemente, la ciudadanía virtual se agolpó ante el hecho como palomillas nocturnas a una farola. La imagen se multiplicó  como un cáncer. Al día siguiente vi a la actriz en el periódico. Estaba en una  conferencia de prensa y se la podía ver con un semblante indignado, al pie de la foto se leía que Johansson comenzaría una serie de medidas jurídicas en contra de los hackers que obtuvieron sus archivos por no sé qué medios. Pero yo pude ver detrás de esa máscara de indignación una mirada que acusaba pasmo y fascinación a un tiempo; estupefacción; sí, se la veía estupefacta pero ese estupor airado estaba matizado con cierta alegría oculta. Creo que me fascinó aún más la foto de Scarlett Johansson al día siguiente: ese rostro ambiguo tan significativo de mujer. Como si hubiese tenido la voluntad de ser descubierta, ese descubrimiento me recordó que no hay belleza sin testigo, o para decirlo con otras palabras, siempre hay cierto histerismo en la belleza.  Para testimoniar la mirada de Venus sobre su propia imagen Venus necesitaba de un amorcillo que le sostuviera el espejo. No tenemos un amorcillo pero sí un teléfono celular: la vista no es en sí misma un testimonio, la obra sí.

Y pensé -y traje a mi mente pensamientos gratísimos de antaño- por qué era hermoso el acto de una mujer fotografiándose desnuda. Me parece que la escena puede purificar la lascivia bestial de cualquier espectador común y corriente. A mí, por lo menos, el acto me conmueve lo indecible. Más puro que una masturbación y más perverso que una ducha: la mujer desnuda ante el espejo es el acto conmovido del amor propio. Es, efectivamente, de un narcisismo encantador pero más complejo, silencioso, no como el narcisismo que me ocasiona observarme en mi propio palíndromo.  Cuando el hombre se conmueve con amor de sí mismo, su amor es más bien simpatía: se conmueve tiernamente de su propia estupidez de otra época, por poner un ejemplo. Cuando la mujer se conmueve con amor de sí misma, se admira y su admiración es descubrimiento. El descubrimiento de una mujer siempre será la sensualidad quintaesenciada. Ahí donde la belleza se observa a sí misma se rompen los límites de la contemplación: mirada y objeto mirado son una única y misma cosa en una especie de vínculo que bien podríamos tildar de Vínculo de Ouroboros. Esta vinculación rompe toda vanidad y anuncia el deseo (aunque hay quién puede argüir que el deseo es siempre vanidoso y  este alguien no estaría del todo falto de razón).

Como toda intromisión, los medios por los que se obtuvieron las fotografías íntimas de Scarlett Johansson son deleznables. El efecto es hermoso. Toda mujer desnuda ante el espejo lo es en cierta medida porque demuestra la imantación de  Venus Demótica por su propio cuerpo y sus capacidades de sentir deseo. Deseo así, en abstracto. Cumplir un deseo es asesinarle. Y como en el palíndromo, el deseo va y viene de dentro afuera de su propia imagen como en un match de tennis…