
Home no more home to me, whither must I wander? Hunger my driver, I go where I must. Cold blows the winter wind over hill and heather; Thick drives the rain, and my roof is in the dust. Loved of wise men was the shade of my roof-tree. The true word of welcome was spoken in the door -- Dear days of old, with the faces in the firelight, Kind folks of old, you come again no more. Home was home then, my dear, full of kindly faces, Home was home then, my dear, happy for the child. Fire and the windows bright glittered on the moorland; Song, tuneful song, built a palace in the wild. Now, when day dawns on the brow of the moorland, Lone stands the house, and the chimney-stone is cold. Lone let it stand, now the friends are all departed, The kind hearts, the true hearts, that loved the place of old. Spring shall come, come again, calling up the moorfowl, Spring shall bring the sun and rain, bring the bees and flowers; Red shall the heather bloom over hill and valley, Soft flow the stream through the even-flowing hours; Fair the day shine as it shone on my childhood -- Fair shine the day on the house with open door; Birds come and cry there and twitter in the chimney -- But I go for ever and come again no more. Robert Louis Stevenson Songs of Travel
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2 comentarios
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8 octubre 2011 a 3:29 AM
Leiter
¿Has tenido alguna vez la experiencia de visitar una casa en la que habitaste anteriormente? Sin vínculos familiares, me refiero (no entra aquí el hecho de visitar una casa de mi padre, de un tío o de mi abuela). Sino puro y duro alquiler. Pues a mí me ocurrió con un pequeño apartamento de la calle Montesa en donde viví tres años. Resulta que el nuevo inquilino se hizo amigo de un amigo mío vecinal de la zona y una noche subimos los tres a tomar una copa. Habían pasado cuatro años desde que abandoné ese apartamento. Las paredes me gritaban, te lo juro. Escuchaba mi propia voz en diferido. Fue emocionante. Hay algo, no sé el qué, que se queda espiritualmente adherido a la atmósfera de la casa cuando uno habita en ella. Recuerdo que en una ocasión, visitando la cripta de los Reyes en el Monasterio de El Escorial, posé mi mano derecha sobre el frío sepulcro de Felipe III. Sentí un cosquilleo extraño, como una vibración. Yo creo que el pobre Felipe III trataba de asir mi mano y salir de ese sarcófago… Y, te juro que no iba borracho. Insisto en que algo queda en las paredes, en los sarcófagos, en las atmósferas. Es algo que los físicos no pueden determinar. Tocar a un recién fallecido es una experiencia alucinante. Sabes racionalmente que está muerto pero sientes que ahí dentro queda algo intangible que te habla… Bueno, Otto, lo dejo que me estoy poniendo tétrico.
Un abrazo, amigo y maestro
8 octubre 2011 a 1:24 PM
ottocazares
De ninguna manera tétrico. Me hace mucho sentido lo que apuntas, amigo mío.
Durante mucho tiempo evité regresar a la casa donde crecí. Cuando visitaba la ciudad donde viven mis padres, daba grandes vueltas con tal de no pasear mis huesos por las calles de los alrededores, tan llenas de recuerdos. Todos los medios eran factibles. Prefería tomar un taxi que me llevara por el extrarradio o tomar dos o tres rutas distintas de camiones urbanos antes de poner un pie en el barrio de mi infancia. Un buen día decidí ponerme en pie delante de mi casa (esa casa que ya no era mi casa) y tocar la campana hasta que me permitiesen entrar al cuarto donde pinté hace muchos años el primer mural de mi existencia. Así me decidía a hacer frente a ese extraño pavor. No me atreví. Pero parado ahí como un pelmazo podía oír muy claramente todo el “Coro” de mis recuerdos.
Después comencé a importunar a los inquilinos de esa casa que ya no era mi casa. Llamaba por teléfono y pedía que pusieran al auricular a mi hermano, a mi madre o a mi padre, incluso, algunas veces pedí conmigo. ¿Ya no vive ahí? ¿Cómo? ¿Ha dejado algún teléfono?
Ayer leía en mi nuevo y polvoso departamento, apoyado sobre cajas a medio destapar, un brevísimo ensayo (lo que no significa que no sea una acabada Obra Maestra del género) cuyo título es “De mudanzas” y su autor, Chesterton. Encontré ahí una petición de principio, decía acerca de todo aquel que se muda: “Concédanos a quienes pasamos de un estado a otro, algo del pathos que se les permite a quienes se aproximan a la muerte”…
Seános concedido tal pathos a los eternos mudables…
Gracias infinitas por compartirme tu experiencia con el apartamento de la calle Montesa, mi amigo Leiter