Siempre me he preguntado quién es ese misterioso Guillermo a quien Werther escribe sus alarmantes cartas. Yo por lo menos confieso cierta alarma cuando viene a mi mente Guillermo. De haber tenido un amigo como Werther yo le hubiera traído de los cabellos a mi departamento, le instalaría en el futón del cuarto de visitas y le tendría el ojo las veinticuatro horas del día. Quizás, procuraría hacerle ver que en realidad, Carlota no era más que una ordinaria, casi diríamos, vulgar mujer. Para finalizar,  le llevaría a mi propio psicoanalista estrictamente lacaniano. Pero ¿quién es éste Guillermo y por qué dirige Werther sus cartas y ensayos de inquietud a este apocado? A Horacio, el entrañable amigo de Hamlet, se le dedican las palabras más altas que un poeta de genio haya compuesto acerca de la amistad. Dijo Hamlet a Horacio:

Desde que mi querida alma fue dueña de escoger y supo distinguir a los hombres, te marcó a ti con el sello de su elección, porque siempre, desgraciado o feliz, has recibido con igual semblante los favores y los reveses de la fortuna. ¡Dichosos aquellos cuyo temperamento y juicio se hallan tan bien equilibrados que no son, entre los dedos de la Fortuna, como un caramillo que suena por el punto que a ésta se le antoja!

¡Dadme un hombre que no sea esclavo de sus pasiones, y lo colocaré en el centro de mi corazón, como yo te guardo a ti!

Pero aún a mí no me parece que Horacio sea lo suficientemente digno para ser el depositario de tales palabras. A mí Horacio siempre me pareció timorato: un comparsa bastante deslucido junto al brillante Hamlet. Pero, cuando menos, Horacio tiene parlamentos. Le vemos afirmar, preguntar, quizás dudar. Algo que no puede decirse ni por asomo de Guillermo que, más que timorato o deslucido, me parece un alarmante mentecato que deja caer cruelmente a su amigo.

Con Hamlet y con Werther, mi impresión es la misma: ambos forman su mundo a partir de su propia sustancia. Ven al amigo alto -aunque en realidad no se trate más que de blandengues gallinas- porque ellos mismos dotan de su altura a lo que mejor quieren. Pero las misiones de los amigos, Horacio y Guillermo, se escinden: Horacio al final deberá dar cuenta a la posteridad de la tragedia que sucedió al príncipe de Dinamarca: es la última petición de Hamlet agonista. Ni de lejos puede decirse esto de Guillermo. Alguien (¿Guillermo? ¿Alberto? ¿Carlota?… ¿Ossián?) nos informa acerca de los detalles del suicidio de Werther. Alguien al final del libro nos da un informe frío y sin implicación: no es más que un informe policíaco, ayuno de amistad o de simpatía por el finado.

Comoquiera que sea, Werther escribe a Guillermo. Lo hace desde el 4 de mayo de 1771 “decidido a enmendarse después de herir a Leonora flirteando con su hermana”, pasando por su cumpleaños -28 de agosto, dato para todas las almas wertherianas-, hasta el 20 de diciembre (¡mi cumpleaños, oh gran dio!) de 1772, día del designio y de la decisión “firme e irrevocable”. Werther se suicida al día siguiente: pone una bala encima de su ojo derecho, lleva puesto un frac azul y un chaleco amarillo. Leía el drama Emilia Galotti de Lessing: he ahí el informe. Así se suicidarán miles y miles de pelmazos que hicieron del arte el material de la vida y no la vida el material del arte, como apuntó Alfonso Reyes en alguna parte. Algún día, entre el 30 de mayo y el 16 de junio de 1771, aparece Carlota, la mayor de los ocho rapaces nacidos del Intendente del Príncipe. Werther escribe de inmediato acerca del hecho a Guillermo. Se refiere a Ella como Lotte, es decir, en diminutivo: Carlotita, pero a veces, se refiere también a Ella como Lottchën, es decir, en diminutivo del diminutivo: Carlotitita. 1ª Aparición: Lottchën está rodeada de niños y reparte pedazos de pan. Irradia una luz. Una luz, cabe decir, que sólo deslumbra a Werther. Charla con ella. Maravillosa ironía del amor: Werther “arrobado por el magnífico sentido de su charla, llegaba a veces a no oír las palabras que profería”. 

Después, Lotte reprende continuamente a Werther por tomarlo todo con tanto ardor. Desaprueba sus continuos accesos de sentimentalismo: corren exaltados lagrimones por las mejillas de Werther emocionado por una acción baladí de la hermanita de Lotte, en cuanto puede, la toma y la besa vehementemente. He aquí a Thomas Mann en todo su esplendor irónico: en su relato corto,Tristán, el protagonista -mitad Werther, mitad Hans Castorp- también ve irradiar a una hermosa y ordinaria mujer; también se sorprende acerca de cómo prepara un té de manzanilla o algo por el insignificante estilo: “¡Qué hermoso, Dios mío! ¡Qué hermoso es!” grita embebido el protagonista en un arrebato de éxtasis. “Pero, disculpe Usted ¿qué es lo que le parece tan extraordinariamente hermoso acerca de cómo preparo el té?” 

Supongo que dadas estas particularidades del más profundo temperamento del joven Werther, no debería haber sido muy difícil que éste se encandilara con cualesquiera individuos.  Aún digo más. Werther quería a Alberto, ese espíritu ordenado que le arrebata la felicidad. Quiso a Alberto aún cuando supo que era el prometido de Lotte.  Le quería, sí, a pesar de que adoleciera de locuras e ideas extravagantes que era el pecado que más odiaba Werther en un hombre. Quiso a Alberto, sí, y fue Alberto (¿quién si no él?) quién facilitó a Werther la pistola con la que habría de hacerse estallar la cabeza. Alberto, recordémoslo, obsequió a Werther con un Homero de bolsillo para que dejara de llevar consigo a todas partes su gran volumen de la Ilíada (¿o era la Odisea?). Para un apasionado lector -y suponemos, desde luego que Werther lo era- un libro de bolsillo nunca es atractivo. Preferimos el mamotreto que se transporta con dificultad, preferimos el in folio y las pastas duras y olorosas: quizás sea esta la razón por la que en la segunda parte del libro Werther abandona la lectura de Homero por la de Ossián, esa bella tomadura de pelo. “Quédate tu pistola, regresame a mi Homero”, imaginaria frase de Werther agonista.

Años más tarde de que Goethe escribiera “Los sufrimientos del joven Werther”, compuso,  en tres entregas, el monumental ciclo de la vida de Guillermo Meister (Wilhelm Meister, 3 partes: Misión Teatral, Años de Aprendizaje y Años de Andanzas). Meister, para mí,  es el Werther que no se suicida. Se enrola, por el contrario, a la vida civil: el artista se convierte en médico. El talento no se ajustó a la vocación: una variante menos trágica pero tan escandalosa como el suicidio.  Pero éste otro Guillermo, el Guillermo del Werther quiero decir,  sigue ineluctablemente en las sombras. ¿Guillermo, quién eres tú que todo te parece tan poco por ser tan poco tú? Parafraseo a Werther y aún Guillermo no se digna sacar su cabeza de avestruz del agujero. No se dibuja Guillermo aunque Werther fuera el más improductivo de los dibujantes de sombras. Me viene ahora a la mente una idea extravagante: ¿y si Guillermo, el interlocutor al que Werther escribía sus cartas, no fuera otro que Guillermo Meister? ¿Eres tú, en efecto, Guillermo Meister? ¿Aconsejaste tú el suicidio guardando silencio y convirtiéndote en un paria útil a la vida civil? ¡Oh, tú, que pusiste el yugo a nuestro Werther ponderándole las excelencias de la actividad! Para ti la infamia: nuca nadie leerá tu mamotrética novela en cambio todos leerán a Werther en edición de bolsillo. Leeremos a Werther y su suicidio siempre nos permitirá vivir. ¡Gracias, Werther, amigo mío! ¡Cuánto te echo de menos!…

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