Ninguna obra teatral más breve aunque la obra más breve ostente el más ampuloso de los títulos dedicados a brevísimas obras teatrales. Si tratando de relatarla yo me avocara a prosificar Odisea, Deificación y Apoteosis del Artista de Johann Wolfgang von Goethe, con toda seguridad obtendría un texto de más páginas que las que ocupan mi espléndido volumen de Obras Completas. A decir verdad, pienso que debería transcribir palabra por palabra, letra por letra, la obra Odisea, Deificación y Apoteosis  y dejar que el texto, por así decir, hable a través de mí. Convertirme en una especie de Pierre Menard * autor de la Odisea. Pero para mí no brillan los astros de ningún Napoleón y de mí no dirá ningún Bonaparte: “Este es un hombre”**, en primera instancia porque no avizoro ya napoleones en la llanura y mi propia Aristeia*** la libro yo en otros campos de batalla; en segunda, porque, en cierto modo, Pierre Menard contraviene las enseñanzas contenidas en la Odisea, Deificación y Apoteosis del Artista.

En un Primer Cuadro, La Odisea. Aparece un pintor joven ante su caballete y sobre él hay un retrato de extrema zafiedad: es el retrato de una mujer obesa que guiña el ojo con desenfado. Está bien pintado no obstante lo grosero de su motivo. El pintor retira el pavoroso retrato del caballete y pone en su lugar una excelsa pintura de tamaño natural que representa a la Venus Urania. Suspira. Bisbisea tiernas palabras amorosas como cuando se vierten espumosas mieles por los oídos de la “niña de tus ojos” pero el dulce coloquio se ve interrumpido por un alarido: un niño prorrumpe en llanto dentro de la estancia contigua. Se levanta y entra en escena una puérpera desaliñada mal dispuesta a preparar una maloliente natilla al crío que chilla y chilla. Alguien toca a la puerta: toc toc toc. Es un cliente mofletudo que viene encorsetado en levita  y con él viene la modelo en carne y hueso del vulgar retrato. Llevan prisa: sólo han venido a verificar cómo avanza la pintura. Es muy natural suponer que el pintor no lleva un solo centavo partido por la mitad en el bolsillo y que no puede, a cuenta de su trabajo, extraerle a esta burla de sátiro nada de sus ijadas.

Salen todos menos el artista. Queda el pintor en soledad. Grave, grave en su soledad. Luego un Deus ex machina. Aparece La Musa y dice a su hijo:

“Fea es tu modelo pero paga bien. Deja que ése [el cliente mofletudo] censure y despotrique. Tiempo tienes de sobra para recrearte luego en ti mismo y en cada uno de esos cuadros que amorosamente brotan de tu paleta.”

“Te gusta comer, amar y dormir y no eres rico; así que haz de tripas corazón.”

Misterioso es el devenir. La Odisea del artista es como una nube gigantesca que arroja una sombra densa sobre valles y desfiladeros. Esa nube gigante lleva tormenta, está preñada de relámpagos como dice Chesterton.

La Deificación, Cuadro Segundo, es distinto. Si yo dirigiera la escena de esta obra me encargaría de que el pintor fuera el mismo que aparece en todos los cuadros. Trataría de hacerle ver como si fuera la primera vez que le vemos… a pesar de conocerle. Algo así como cuando en la vida cotidiana diferentes conocidos nos presentan en varias ocasiones a la misma persona y uno no puede más que ruborizarse y balbucear algo como “Sí, ya tenía el placer”. El mismo pintor, entonces. Ahora es un Maestro. Tiene a uno de sus discípulos por un lado copiando una de sus pinturas en tamaño natural que representa a la Venus Urania. De repente, el discípulo detiene sus labores, gime con el alma exaltada: “Yo me postro en el polvo ante ti, Genio Sagrado”. El pintor, ahora Maestro, de esta guisa Deificado vuelve a ensimismarse como en el Cuadro Primero. Pero aquí no hay Deus ex machina que hable y convierta sus palabras en catedrales, es el discípulo y no La Musa quién convierte al Maestro en las ojivas, los arcos y las bóvedas de su propio Templo Personal. El pintor, ahora Maestro, se abisma y vienen a su mente imágenes en tropel de cuando él mismo no era más que un sediento discípulo: un bello trotacalles hambriento de saberes y secretos de los viejos Maestri. El Genio por la mañana cuando aún todo es resolana y si las sombras son largas, sombras de colores son.

El Cuadro Tercero, La Apoteosis, es la culminación: el aliento y el desaliento, la sístole y la diástole infortunadas de ese equívoco que llamamos Creación Artística. Si yo dirigiera esta obra teatral, este Drama del Artista, necesitaría un doble, un sosias, un doppelgänger del pintor, porque yo representaría en este Cuadro un desdoblamiento. Desdoblamiento que es el despliegue, puesto en escena, de la -permítaseme el oxímoron- minúscula Apoteosis. En una galería de cuadros aparece un pintor -El pintor- que se ocupa en copiar un cuadro de tamaño natural que representa a la Venus Urania. A él se acercan varios Maestros como a Prometeo Encadenado se acercan las Oceánides. El primer Maestro en acercarse es paternal; como ve al joven pintor lamentándose de su impericia le dice cariñosamente que con un poco de ahínco y tesón:

“Poco a poco acabará la inteligencia por transferirse a tu mano”

Buen consejo, qué duda cabe. Un segundo Maestro se le acerca y esgrime qué sé yo cuánta sarta de preceptos acerca de la “rectitud del camino artístico”. Se aproxima un tercero, clava sus ojos en la tela del pintor sobre el caballete y sin decir nada da media vuelta y regresa por donde ha llegado. Uno más le espeta: “Ejercitas la mano, aguzas la mirada, pero ¿porqué no aguzas también la inteligencia?” Como es muy natural, esto es demasiado para el pobre pintor. Aturdido, pregunta al próximo Maestro-Oceánide que se aproxima:

“¡Decidme siquiera si merezco censura por haber elegido como modelo a este Maestro! ¡Por haberme perdido completamente en él!” 

Por cierto que el Maestro a quien interpela con este desgañite no pierde oportunidad de lanzar una verdad incontestable. Yo mismo viví sucesos parecidos, y con “yo” quiero decir “yo pintor”, o mejor dicho, “yo artista”. Pero “Yo” sé -”yo” que también actúo ¿soy yo ese sosias que busco?- en Odisea, Deificación y Apoteosis del Artista que “En ningún hombre se cifra la virtud: jamás fue el arte patrimonio de uno solo”. De pronto, alguien descuelga de la pared el cuadro de tamaño natural que representa a la Venus Urania. La ha comprado un marchante que pesando monedas adula con fanfarronería su adquisición. El pintor se ha quedado sin modelo a quién emular. Impávido pintor: deja ya de buscarte modelos. No hay voz más hermosa que la tuya.

En el Cuadro Tercero sí hay Deus ex machina. Aparece La Musa nuevamente, lleva de la mano al pintor. “¡Mira allá abajo -le dice- y reconócete! [...] !Ese es el escenario de tu Gloria! [...] Goza, pues, amigo mío de la inmortalidad!”. Ante esto, el artista no tiene más que el buen tino de ofenderse. Y en esta ocasión no es La Musa ni el discípulo quienes sellan  con palabras catedralicias la Apoteosis. Las palabras son del pintor pero en ellas debemos leer a Goethe que, generalmente mas bien frío, aquí nos abraza ardorosamente. Después de quejarse de tan irrisorio destino por el que luchó privándose de aquello que ahora a sus obras tan pródigamente se les da, privándose de amigos y de placeres, luchando en la soledad sin discípulos ni críticos, el pintor pide a La Musa:

“¡Haz que ese jovencito, en tanto pueda masticar y besar, no le falte nunca lo necesario a su debido tiempo! !Que se sienta dichoso con el amor de su Musa, viendo correr leves y plácidos los días!¡Concédele, sí, este mismo honor que a mí ya en el Olimpo me enajena, pero haz, oh Musa, que con más alegre corazón lo goce!”

La Apoteosis del Artista no es más que beleño negro que persigue el contemporizador, el acomodaticio. El heroísmo está en la Odisea. Hay que trabajar y basta, los ojos fijos en tu Aristeia

*Pierre Menard, Autor del Quijote es un relato de Jorge Luis Borges. Pierre Menard no quería escribir el Quijote, lo cuál es muy fácil, sino el Quijote. No se proponía copiarlo sino ambicionaba producir una obra que coincidiera página por página, palabra por palabra con la obra de Miguel Cervantes Saavedra.  

** “Este es un Hombre” es la expresión que utilizó Napoleón Bonaparte cuando conoció a Goethe en Erfurt.

***En la Ilíada llama Homero Aristeia a los combates más grandiosos y dignos de elogio que libran sus héroes. 

Advertisement