De ninguno de los hombres de genio de las letras alemanas uno puede decir tal o cuál me quiere como a un amigo. No: el genio alemán es tan descomunal que deja fuera todo vínculo amistoso. La escisión que se verifica en nosotros, hombres de genio también, reside en que el genio alemán pide que nos le unamos como se unen al oboe todos los instrumentos de una orquesta sinfónica en esa mágica ceremonia que es la ceremonia de la afinación. Antes, como se sabe, de que comience todo concierto, el oboe lanza un La duradero y a continuación el fagot viene a unírsele, luego el trombón, luego todos los demás. Nosotros somos los demás, el oboe el genio alemán, la obra el La duradero.

Las letras alemanas tienen genio, las francesas ingenio. Uno puede tener un amigo de ingenio pero uno genial, jamás. Un genio no es tu amigo: se debe demasiada lealtad a sí mismo. Durante mis veintes amé con desmesura a Thomas Mann, a Tiziano, amé a Richard Wagner (probablemente en ese orden): les amé hasta la desesperación y, al igual que una mujer bonita, me ofrecían un espectáculo. Un espectáculo que yo habría de pagar. Hoy mi amor por ellos –por esa mujer bonita– se ha apaciguado. Hoy amo más a Chesterton –ese grande amigo mío–, amo a Rembrandt que siempre ha estado conmigo. Amo a E.T.A Hoffmann. Todo mundo tiene sus amores y estos cambian como las constelaciones de la noche. Pero en realidad no cambian las constelaciones, somos nosotros quienes cambiamos: “Las estaciones vuelven pero para mí no vuelven” (Milton).

Durante mucho tiempo sentí que el espíritu de la pesadez era el ideal artístico al cuál habría de arribar. Hoy, a veces sigo pensándolo, pero hay veces en que me descubro impostando mi pesadez. Sí: amé, sigo, y con toda seguridad seguiré amando al genio alemán más allá de toda medida. Sin él, yo no tendría estos brazos que quiero. Nietzsche me levantó cuando caí en múltiples batallas: me enseñó a danzar. Canté frenéticamente un glissando por la boca de mi herida. Luego me di cuenta de que frente a mí estaba Goethe: plácido y frío, bellamente distante, presto a resarcir con coplas mi corazón ulcerado. Me mostró a Apolo, me mostró el sol. Cuando apenas hube avizorado al sol noté que en realidad ya se estaba poniendo: se volvía más intenso, más rojo, quemaba con mayor intensidad pero ¡ay! por menos tiempo. La poesía se volvió filosofía y la filosofía poesía cuando me arroje a Schiller-Sol de ocaso que me dio al Marqués de Posa y con eso bastó para toda la eternidad:  ”su brazo en el mío, desafío a mi siglo” ( Don Carlos).

Después, Hölderlin y ese vuelo hiperestésico de la mosca. Exaltada belleza de mosca radiante en medio de un claro del bosque todo lleno de alma. El mundo-alma habita en las transparentes alas de un verde moscardón que va zumbando y saltando de palabra en palabra extrayendo de ellas un polen de poesía. A Wagner lo leí y amé su fárrago. Me enseñó a amarme a mí mismo y a amar a mi propia obra. Me enseñó a contraer deudas, pero una sola nota del Tristán bastará para arrancarme una lágrima y un suspiro. Y Mann. Mann me mostró al hombre creador: todo mi agradecimiento a Thomas Mann de quien en incontables noches de lectura me imbuí hasta el punto de ver en todo rincón del mundo una huella manniana.

El genio alemán me dio el mundo. Lo llevo conmigo siempre y cuando le evoco lo hago con  Standchën: Leise flehen meine Lieder de Schubert. Para mí, el genio alemán fue paralelo a Nadja: convivió y yo no podría decir donde acababa el uno y donde comenzaba la otra. Se fundían. A la distancia veo esta fusión como la mosca de Hölderlin que vuela entre plantas de alma. Ya lo he dicho: hoy amo a Chesterton, él es la amistad. El arte alemán era el amor: precioso, imposible…