Conforme pasa el tiempo a mí me gustan cada vez más los retratos femeninos de Jean Bapstiste-Camille Corot. Cuando las retratadas son vistas por las mejores miradas se obtienen retratos como la Belle Ferronière de Leonardo, Madame Récamier de Jacques-Louis David o, sin ir más lejos, como La Dama de Azul de Camille Corot.
Todos tenemos a nuestro pintor de retratos favorito. Yo, por mi parte, recuerdo a esta Dama en Azul con particular predilección. Me veo admirándola en el Museo del Louvre pensando más o menos sobrecogido: ‘Próxima estación: Museo D’Orsay’. En efecto, en La Dama de Azul me pareció encontrar el umbral donde terminaban las gloriosas alas del Museo del Louvre –Sully, Denon y Richelieu– y comenzaba el peregrinaje al magnífico D’Orsay . Al libro París no se acaba nunca del español Enrique Vila-Matas y a La Vida, Instrucciones de Uso de Georges Perec los llevaba bajo el brazo cuando caminaba por las calles de París; me acompañaron en esta Educación Sentimental que fue mi viaje iniciático al París que no se acaba nunca y conmigo caminaron por el trayecto que separa al Museo del Louvre del Museo D’Orsay, siguiendo el flujo del Sena río abajo.
Jean Baptiste-Camille Corot pintó entre 1838 y 1874 una serie de espléndidos retratos femeninos, auténticos contrapuntos a su visión panteísta de la Naturaleza. En estos retratos no hay alegorías ni emblemas: sólo la mirada es expuesta, y en eso, su visión de retrato es consonante a su visión de paisaje. Pero al exponer su visión despliega un enigma que sólo se resuelve en su mirada. Corot reconcilia en estos retratos femeninos dos agones: reconcilia a Ingres y a la Naturaleza. Tienen estas pinturas un espíritu ingresiano –los mismos cándidos brazos, las mismas redondeces– pero a sus damas Corot las coloca en espesuras del bosque o en turgentes jardínes y no en salones y cámaras palaciegas. La Dama de Azul se halla en un interior pero ese interior está lleno de aire de campo, y al azul majestuoso del cielo, se lo ciñe por la cintura a la bella. Aún Camille Corot nos rememora su propia obra exterior en la intimidad silenciosa de la estancia: es ese pequeño guiño en forma de paisaje que pende detrás de la retratada.
¿De qué habla una obra artística sino de un espíritu en movimiento? Cuando transité del Museo del Louvre al Museo D’Orsay con mis libros bajo el brazo, yo no hacía más que parar mientes en todas las damas de azul con el cielo ceñido por la cintura de la ciudad de París. La obra me pareció el sedimento que dejaba un espíritu en movimiento. Yo quería pintar cuadros tan hermosos como la Belle Ferronière o como La Dama de Azul. ¿Que era una obra sino el entusiasmo de crear otra obra?…

4 comentarios
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18 diciembre 2011 a 3:45 PM
I. v. Paixao
¿Cómo podría yo igualar con mis torpes palabras, la inmensitud de tu sabiduría pictórica, noble Otto? Tu conocimiento y visión semeja el círculo cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguno. Amplitud infinita, inubicable pero siempre presente.
El Museo del Louvre: escenario ideal en donde tu espíritu encuentra asiento para su infatigable búsqueda. Allí experimenté tu presencia, en cada salón de magnífica arquitectura que albergaba el Arte que te define. También allí encontré a mi Dama, aquella que no cesó en su clamor desde el instante en que puse mi primer pie en París: ante ella reverentemente incliné mi frente, también en honor a su genial creador.
La Gran Galería fue testigo de este solemne encuentro alquímico.
¿Qué palabras lleva a nuestra mente esta íntima Dama de azules vestimentas, cuando ni siquiera una mirada a nosotros dirige? ¿Qué evoca la fría y distante estancia que constituye su lúgubre aposento? Precisamente “el encuentro alquímico” con la Mujer Primera, la Primordial, con la cual hemos de reencontrar la Estrella del no-tiempo anterior a la creación demiúrgica, en el silencio de nuestro porpio Yo interior.
No se trata pues de una Dama en particular, como no lo es la sutil y sonriente Mona Lisa que me invadió aquella plomiza tarde de otoño: es LA DAMA y ante ella mendigamos el licor de la individuación. Eso y no otra cosa vemos también el el bellísimo cuadro “La Anunciación” del siempre venerado Leonardo.
Corot fue guiado -como siempre ha de ser conducido todo artista- por la mano invisible de esa Verdad Superior cuya voz es el Arte mismo. Ha expresado allí, de una manera dulce y un tanto nostálgica, ese deseo del Ser por alcanzar la perfección suprema, aquella que se erige en la verdadera Salvación del Hombre.
El camino está trazado, admirado Otto.
Tuyo afectísimo, tu fiel amigo y hermano.
19 diciembre 2011 a 2:29 PM
ottocazares
Cuando en una pintura de retrato llega a suceder que el retratado deja de ser él mismo –siendo siempre él mismo, paradójicamente– para convertirse en todos los hombres, asisitimos a un auténtico milagro: el individuo se desborda y desdibuja sus límites con todos los hombres del mundo.
“Todos los fuegos, el fuego”: lo sabía muy bien Julio Cortázar al titular de esta manera una inolvidable selección de cuentos y cuyo equivalente ideal, llevado al campo de la retratística, sería pronunciar el enunciado utópico “Todos los hombres, el Hombre”.
Ante esta DAMA no queda más que, como bien afirmas, haz lumínico, mendigar el licor de la individuación. En alguna ocasión escribí: “deseo involucrarme profundamente en mí, y de este modo, tocar con mis hombros el límite del universo”. ¿Cuál era mi deseo, amigo mío, sino convertirme en Retrato del Hombre? (Ja ja, he ahí material para un cuento). Una glosa a un comentario de Marguerite Duras seguía a ese azaroso apunte: “Pensé que quería ser pintor pero en realidad quería ser pintura”…
Sí, te imagino perfectamente, parado en medio de las salas del Louvre siendo un vórtice de sentidos, mi iridiscente amigo…
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19 diciembre 2011 a 1:06 AM
Leiter
Si Corot era capaz de dar vida a un simple puente con luz de atardecer ¿Cómo no ib a ser un extraordinario, emotivo e íntimo retratista?
Entre la perfección técnica de Ingres (un pintor a veces muy frío para mí) y el intimismo de Corot en sus retratos femeninos, está muy claro cuál prefierode los dos.
19 diciembre 2011 a 3:04 PM
ottocazares
Efectivamente, querido Gentilhombre, si Corot puede imprimir voluptuosa vitalidad hasta a las pacas de heno ¿cómo no habría de poder imprimirle vida jovial a sus turgentes retratadas?
Vida turgente y jovial. Para mí, el Ingres más entrañable es el Ingres que trabaja sin el aula, por así decirlo: el Ingres que se encuentra en los dibujos y en los retratos también femeninos, el dibujante sin ninguna otra preocupación más que registrar lo que ve, sin alegorías, sin apoteosis… sin Imperio.
Cierto, Ingres muchas veces es inhóspito y gélido: sus composiciones se despliegan dentro de verdaderos refrigeradores. En sus dibujos, Ingres es curiosamente cálido y ni siquiera él parece darse cuenta de esto. Lo dicho: a mí me parece que Corot reconcilia la frialdad de Ingres con ese –diría el compositor Adrián Leverkühn– “calor de establo” que vendría con las experiencias impresionistas y post-impresionistas.
Corot tiene la luz romana: luz de tarde, luz de ocaso sempiterno; pero en sus retratos femeninos un vientecillo fresco permite adivinar las zonas densas del bosque donde los rayos del sol no penetran.
Grande abrazo, amigo y hermano, Leiter…