imageVivo el tiempo lector de los veranos largos largos pero siempre insuficientes insuficientes. Leí durante cuatro años la Vida del Dr. Johnson escrita por James Boswell exclusivamente durante los veranos. En los veranos también leo a Balzac, cuya obra entera duerme en mis libreros durante todo el año pero, en verano, al abrir las páginas balzacianas, se despierta el mar del golfo y la sal del librero de mi abuela.

En su centenario recordé la pregunta que formuló Ingmar Bergman en La hora del Lobo acerca de ¿cuánto tiempo, en realidad, dura un minuto? Porque un minuto nunca dura un minuto: eso lo sabemos muy bien los que hacemos radio, por ejemplo. Debajo del agua, conteniendo la respiración, un minuto se expande; en la cabina, un minuto se extingue como una pavesa del mismo modo que en tiempo-de-peligro un instante es un chispazo. Embaucado mi tiempo por 64 simulaciones bélicas que bajaron los astros del cielo –ídolos sin rezos específicos— a la cancha trazada de círculos y semicírculos: Mbappé es el Cronos camerunés y argelino, con sobrenombre de escultor italiano del quattrocento, Donatello, que, de 19 años mide la gloria del mundo en la Francia de la Regencia, la Francia del Imperio y la cuarta y quinta repúblicas en la que, con razón, desaparece la palabra raza de la constitución francesa para siempre. De las 64 simulaciones bélicas del Mundial de Rusia 2018 yo habré visto probablemente 4 o 5 partidos completos, otros los vi apenas por el rabillo del ojo en los cafés o restaurantes de la ciudad: a ratos con la vista levantada, a ratos con la cabeza como una avestruz metida en el libro o en el escrito. Pero considero que el tiempo de la simulación bélica del futbol es un tiempo bien empleado. Ayer leí la frase: “esos años del bien empleado tiempo perdido” en una entrevista al escritor Irvine Welsh, que sabe perder tiempo con provecho como ninguno. La caverna de Tailandia en la que quedó atrapado un equipo infantil de fut nos tomó el pulso en los días recientes. Tiempo largo largo, como en las filas de los bancos. El tiempo mientras esperas es más largo, eso lo sabe todo el mundo. Tomas tu turno: es el 563 pero van en el 005. Para que la espera resulte menos onerosa hay que ocuparse en algo como lo haría un prisionero: en una obra de tiempo infinito como un nudo islámico, la resolución de un laberinto u ocuparte de un arcano acertijo. Leer no mata el tiempo, lo significa.
“Se nos ha acabado el tiempo” decimos con ingenuidad. Somos nosotros los que nos le acabamos. “Que, cuando el alma este ocupada, lo esté por entero” decía Montaigne. ¡Tiempo fuera! ¡tiempo fuera! Eso piden los entrenadores desesperados de equipos desde el costado de una cancha: tiempo fuera, qué sinsentido habita en esa frase. Tiempo fuera es como ese verso del poeta WH Auden: “Detened los relojes, ya nada podrá llega a buen puerto”.
Lo único que quiso Friedrich Nietzsche antes de perder el seso fue tiempo: “dadme tiempo —dijo— y yo haré con el tiempo una cultura”. Dijo William Blake: “el tiempo es la misericordia de la Eternidad”. Dijo el astrónomo William Herschell: “El Tiempo es Eternidad en Movimiento”. Dijo Manuel Marín: “No se puede hablar del tiempo sin perderlo”. Cantó Rolling Stones: “el tiempo está de mi lado, sí lo está”. Cantó Pink Floyd: “eres joven, la vida es larga, hay mucho tiempo qué perder”.

Hay un tiempo de cultura, tiempo, por así decirlo, atmosférico; el tiempo sin tiempo de los mitos y de los relatos originarios de los pueblos: es el Eón. Existe el tiempo-secuencia, Cronos, tiempo en el que siempre se nos está haciendo cada vez más tarde (como en el libro de Tabucchi), y existe el Tiempo-ahora, tiempo que corta y que cae como hoja de guillotina: es Kairós.

A mí me gusta el tiempo sincrónico que aparece en la obra poética monumental The Cantos de Ezra Pound, un tiempo sincrónico en el que la ciudad de Troya cae justo en el momento en que Venecia se funda sobre pilotes en medio del mar, Miguel Ángel pinta el techo de la Sixtina al tiempo en que se inventan las finanzas y se entona el himno de la usura. En el sentido temporal, inusual de Ezra Pound, la peste bubónica sucede al mismo tiempo que el virus de inmunodeficiencia humana, los átomos ganchudos de Lucrecio conviven en el tiempo con el genoma humano, el arte minoico con el expresionismo abstracto.

Reflexiono todo esto justo en el momento en que John Law ha creado la Banca Real en la Francia de la Regencia, Cézanne ha terminado la primera versión de sus bañistas y un globo gigantesco de un bebé naranja con la cara de Trump y un celular en la mano sobrevuela el Támesis hacia el Parlamento y el Puente de Londres.

Reflexiono todo esto en el instante en que Alberto Caeiro, uno de los cientos de heterónimos que inventó Pessoa para escribir su obra múltiple, escribió “procuro desnudarme de lo que aprendí” y un ex embajador mexicano pulveriza con su estupidez la antigua diplomacia mexicana tan emparentada con las letras por la vía de Alfonso Reyes, Amado Nervo, Octavio Paz y Carlos Fuentes, diplomacia que cae a pedazos como el polvorón de una plaza comercia y los 73 de Ayotzinapa se gradúan como maestros normalistas en la escuela Isidro Burgos y les subyace una sombra de numero 43 cuya muerte viva les irá bailando a los mexicanos en la consciencia del siglo XXII y XXIII.

Reflexiono todo esto en el preciso momento en que se exhuma una tablilla con un fragmento inscrito de la Iliada que muestra una escritura rápida, de mano habilidosa y explotan entonces, como fuegos artificiales, las voces de los homéridas y, en ese preciso instante se toma una hermosa fotografía que parece salida de la imaginación de Edgar Degas de unas bailarinas del Bolshoi viendo en su celular un partido de futbol de la selección rusa. Es ese el momento en que un aliento fresco toma posesión del vallar de la boca de Latinoamérica y al malhadado torero Padilla el toro lo coge de nuevo y ahora la cornamenta le despega el cuero cabelludo y yo estoy seguro que es exactamente el mismo toro que hace algunos años le atravesó los intestinos y es exactamente el mismo toro que antes le hizo explotar el globo ocular: ese toro arquetípico que quiere catapultar a Padilla a las nubes. La filósofa María Zambrano ante una pintura de Velázquez, notando que un gato dormita entre los hilos de las hilanderas se preguntó si no es ese el mismo gato que ahora ronronea en nuestras piernas.

Y al mismo tiempo en que ocurre la apoteosis de Mbappé en la cancha de Moscú aparecen el gesto y el manifiesto de las Pussy riot, vestidas de policía, William Blake escribe “Ver el universo en un grano de arena”  y en ese preciso instante con una cámara de protones nos pusimos frente a frente la cara de una hormiga como para verla por primera vez y contemplar lo infinitamente grande del mundo en lo infinitamente pequeño…

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imageHe seguido con un interés no ajeno a la aflicción y a la incertidumbre la noticia del equipo infantil de futbol que quedó atrapado en la cueva de Tham Luang en Tailandia desde hace más de 14 días durante los que se han emprendido diferentes misiones de rescate, algunas con finales dolorosos y otros con mayor o menor grado de expectativa.

¡Ah! Yo imagino la circunstancia de estar atrapado en una caverna: es como un naufragio sin agua, un naufragio-hacia-la-tierra. Son éstos unos acabados Robinsones–niños de las cavernas. El drama que estas almas viven es semejante al de las historias espantosas que se repiten aquí y allá de cuando en cuando y que siempre mantienen en vilo a la humanidad, como los aviadores caídos en la cordillera de Los Andes que sobrevivieron merced a la antropofagia; o La balsa de la Medusa que pintó Theodor Géricault, esa pintura monumental que es una de las joyas de la sala de grandes formatos del Museo del Louvre y que representa el trágico naufragio que le quitó el aliento a toda Francia a mediados del siglo XIX; o las expediciones polares que son sorprendidas por una avalancha, una tormenta de nieve o un desprendimiento de un macizo de hielo; o, aún más, la variante pavorosa y reciente de los que se extravían en el espacio exterior o que se han quedado solos en medio de un mar de silencio en una base espacial.
Ante estas situaciones, llamémoslas abismales, del fondo de la psique humana emergen pavores sagrados con sus terrores y temblores. Se sobrevive reciclando los desechos del cuerpo: ¿cuántas veces podemos satisfacer el ciclo de beber la orina para volver a orinarla y volverla a beber y volver a orinarla y volverla a beber?

¡Ay! La soledad radical del ser humano se enfrenta al desnudo a los elementos: a la roca, al espacio y a la naturaleza que, indiferentes, siguen su paso sin sonreír ni simpatizar con lo humano donde corroboramos ese dicho epicureísta de que la naturaleza no es sentimental.
En tales circunstancias abismales –lo ha pensado el Derecho Natural y lo ha pensado Blumenberg— se aplica el principio indulgente de “la necesidad no tiene ley”: canibalismo e ingesta de la propia carne dejan de ser posibilidades impensables y se pone en práctica eso que Blumenberg llamó “arte de supervivencia realista y simbólica” porque nos ha contado el filósofo de la metaforología acerca de unos náufragos pescadores de Papúa y Nueva Guinea que sobrevivieron 36 días porque leían la Biblia y luego se la comían página a página: la celulosa del papel es nutritiva y esa letra entraba directamente al sistema digestivo y al espíritu.
Hambre es la sensación de tener el cuerpo ahuecado y en circunstancias de supervivencia el hambriento, ante el alimento, tiene que hacer de tripas corazón y evitar zamparse de un tirón el alimento que tanto desea: ¿cuántos supervivientes, cuando tienen alimento frente a sí, no han muerto ahogados tratando de satisfacer su propia hambre? El sobreviviente debe administrar sus ansias y comer espaciadamente puesto que el primer impulso del superviviente hambriento puede llevarlo a la muerte.

Encerrados en un paréntesis de piedra yo tengo la esperanza de que el equipo de futbol halle en ese lugar una leyenda que se repite a tiempo traviesa: la leyenda de que las rocas alimentan, como si se tratara de un seno materno, a los que ocupan su superficie.
Esa es la leyenda del papa Gregorio Magno —el inventor del canto gregoriano, el Edipo cristiano— que fue tema de una de las últimas novelas de Thomas Mann, El Elegido. Alimentado en un peñasco a flor de agua, Gregorio, el futuro ocupante del trono de San Pedro, encadenado a la piedra con pesado yugo, halló con la lengua, mortificado por la sed, una pequeña concavidad que contenía un líquido blanquecino de sabor algo metálico con el que satisfizo no sólo su sed sino también su hambre. La Magna Mater, la Gran Madre alimenta al humilde, al humus —los hijos de la tierra: los humanos— con su seno ubérrimo. Con extractos nutritivos —alimentos primigenios del seno de la piedra— sobrevive Gregorio Magno, pero el así alimentado va reduciéndose en proporciones hasta quedar hecho un hombrecillo, un homúnculo indistinguible de un zarzal o de un erizo. Los así alimentados se convierten en hombrecillos empequeñecidos: es que son los niños de pecho de la tierra. Ojalá la tierra quiera alimentar con la leyenda a este equipo de futbol.
O la leyenda de Heinrich Tannhauser que, atrapado en las entrañas de las grutas del Venusberg, la montaña de Venus, goza de las mieles de la mismísima diosa del amor, según el relato de Ludwig Tieck hecho inmortal por la ópera de Richard Wagner. Esto es algo que deseo para el entrenador, mientras la roca da de su seno a los niños futbolistas.

El mito de la caverna es probablemente el mito filosófico más célebre de todos pero, mucho me temo, también el más manoseado. En La República de Platón el mito de la caverna es la representación de la Verdad y la falsedad que deja su estela en un espléndido teatro de sombras sobre el muro. Esas sombras son lo más concreto que poseemos y con ellas podemos representarnos bellas obritas de sombras que son nuestras filosofías, nuestras religiones, nuestra poesía: sombras chinescas prodigiosas. Ojalá a este equipo se les ofrezcan lindas obritas de sombras.

Por eso yo canto esta sinfonía coral de ecos supervivientes para estos Niños futbolistas que son semillas. Que aparezcan como brotes de la tierra: los recibiremos con fiesta ritual. Venidos de la tierra, es decir, resucitados, muertos en potencia que se entremezclarán con los vivos, como amenazó la diosa Inanna en el poema de Gilgamesh. Es el Canto de renacimiento de estos lázaros-niños —y futbolistas— esperando que, renacidos, nos hablen de los misterios de la hendidura de la caverna, iniciados ya en los misterios eleusinos, viajeros errantes de lo misterioso cuyas penas han convertido en Iniciados…

 

imageEstas reflexiones por escrito no contienen sino la conmoción, la dulzura del arrebato y la emoción que me produjo —como a millones más— primero el llanto, que vertí como niño recordando las faenas que siguieron al dos de julio de 2006: cuántos dolores y esperanzas tuvimos que experimentar para llegar a este momento. Y luego, hoy, después de mucho tiempo-sin-haberlo-sentido —y créanme: no es éste un lance de “patriotismo” que, como dijo muy bien el Dr. Johnson, “es el último refugio del canalla”— hoy me siento orgulloso de ser mexicano.
Sí, amigos: poseo una alegría insólita por el hombre del que hemos hablado diariamente durante los últimos quince años y probablemente con más intensidad aún desde ese intento de desafuero en 2004 al que Andrés Manuel López Obrador contestó en tribuna con un discurso que copió casi literalmente de Danton, quien murió diciendo “muestren mi cabeza guillotinada al pueblo, bien merece la pena”. Después, a partir del fraude electoral de julio de 2006 salimos tantas veces a las calles a vernos las caras desazonadas y descompuestas. Quince años son éstos en que no hemos dejado de palpitar al ritmo continuado de la indignación y que, para decirlo con John Berger, “con la rabia entre los dientes” hemos sido testigos de la crueldad del Estado y los resultados de la violencia armada en la lucha inventada contra el narcotráfico; hemos sentido en carne propia el brazo armado del Estado con su policía, su ejército y sus vacíos de poder, que siempre se rellenan con organizaciones delictivas; quince años en los que hemos visto la transformación de una república difícil que, de excavar fosas —un poco con el tesón del caracol— para encontrar tesoros arqueológicos, excavó, en cambio, abismos y cadáveres. Del 2006 data, quizás con mayor claridad (aunque desde luego, tiempo atrás que los pueblos indígenas lo sienten en carne propia) la exposición del cuerpo del ciudadano al tiempo de peligro, ese convertirnos en el Homo Sacer que pensó Giorgio Agamben, hombre sagrado, que es la forma teórica y legal de decir que todos sin excepción somos víctimas en potencia.

Pero Andrés Manuel fue el hombre que regresó… porque, en realidad, nunca se fue. Fundó, sí, un partido para impulsar una única candidatura que ahora gana por su tesón que unos pueden llamar terquedad, otros deuda histórica, y que hoy —habrá que reflexionar en esto– se presenta ante una sociedad escindida: por un lado festiva, por el otro lúgubre.
Sí: hay un sector de sombrío talante ante esta victoria, reflejo de la pobreza de su imaginación, ensombrecidos por la victoria de un presidente con apellido de la sonoridad del Obrero y del partido de la alusión a la piel morena; sí: afrontémoslo, la sociedad está escindida como en en los albores del XIX francés los realistas y los bonapartistas que, en sus dimes y diretes, crearon las condiciones del atropello de Edmond Dantés. Esta victoria de Andrés Manuel simboliza la victoria sobre los viejos códigos con la fractura de los que adulan el dinero, los aduladores del falso e hipócrita emprendedurismo, los elitistas que descalificaron con tan continuas embestidas de clasismo, sexismo y racismo.
Harán falta muchas páginas para los que piensan escribiendo textos y opinando, y harán falta muchas horas sobre las espaldas de los maestros y las maestras para enseñar, civilizar y pacificar los ánimos y las animadversiones de los asustadizos tan inclinados al desprecio y a la lucha fratricida que pintó tantas veces José Clemente Orozco, quien por cierto, no celebraría ninguna victoria, de quien fuera, con su visión abismal de la historia y su devenir .

Pero es muy fácil juzgar las cosas de la historia con posterioridad, hará falta mucha inteligencia para lo venidero. Lo deseable será soliviantar los ánimos y esclarecer el caso Ayotzinapa, que es quizás la más grande respuesta que se nos debe. Y faltará, desde luego, observar al nuevo gobierno vérselas con los entresijos del poder; sus relaciones con los medios de comunicación y la aceptación de la prensa disidente. Esta es una curiosa circunstancia que nos habla de los dobleces de la historia: ahora no coincidir será disenso. Hay quienes dicen que “la izquierda… (si es que podemos llamar izquierda al collage un tanto oportunista del que se formó la coalición Juntos haremos historia) … la izquierda en el poder, es una contradicción”.
No se hará esperar la salida de los oportunistas que, ni tardos ni perezosos, como dice mi amigo Bolavsky, no perderán mucho tiempo en salirle como parientes falsos a su tío Andrés Manuel, al que siempre quisieron tanto. Habrá que observar también la desconfianza ceñuda del poderoso ejerciendo su poder —“el verdadero poder es el que no se usa”, dice, el pintor-filósofo, Roger von Gunten–. Las traiciones y desbandadas , creo, no se harán esperar, en suma, habrá que verificar cuán grande es el apetito del dignatario ante el banquete árido de lo que llamamos Realpolitik. Pesar la caprichosa índole del que se toma el papel de actor de la Historia, así, con mayúscula; las veleidades de los nombramientos; los que esperanzados esperan sus nombramientos y las vanidades heridas por no serlo. Aún hace falta saldar la deuda con los pueblos indígenas, respetar el laicismo y, que si Andrés Manuel dice gustar de la historia, tendrá que seguir leyéndola y estudiándola en más y variadas investigaciones.

En una jornada democrática ganó un hombre que devuelve bríos y da rubor a las mejillas de un pueblo de mejillas aceitunadas, mejillas que se encienden como un foco en medio de la noche. Se dio el triunfo a un hombre que había ganado desde 2006… se dio el triunfo a la más grande responsabilidad: la que nos debemos a nosotros mismos, para que, cuando la muerte nos llegue, no se nos encuentre demasiado insignificantes en comparación con las páginas de la historia que no son ni páginas en blanco ni de un nuevo capítulo, habrá que reescribir sobre las mismas páginas ya utilizadas para ennoblecerlas a la manera de un palimpsesto y no perder la memoria de lo que ocurrió en las primeras capas…

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imageNo existe el infierno, sólo la desaparición de las almas pecaminosas dijo Bergoglio acercando el dogma cristiano a la escatología hinduista. Estupor e irritación causó entre la curia romana la declaración de Bergoglio. El Vaticano adujo que, en realidad, Bergoglio no posee una particular formación teológica. Pero, hay que decirlo, Bergoglio da un paso más adelante de algunos pensadores cristianos, sobre todo uno de los teólogos más importantes de décadas recientes, Hans Urs von Balthasar, cuya teología del drama y la fe se fundamenta en la creencia absoluta del amor. La esencia de la fe es el amor y el amor produce la salvación racional colectiva; y en el tema infernal la teología de von Bathasar tiene una nota interesantísima que en lo personal me resulta atractiva como formulación intelectual: el infierno sí existe… pero está vacío.
El lugar deparado a los caídos, a los expulsados, para que no estuvieran errantes, ha sido deshabitado y sus meandros ahora están solitarios como las estaciones del metro a partir de la una de la mañana. Un infierno vacío, deshabitado; no negado.
No nos ha sido suficiente perder el paraíso, ahora perdemos el infierno. La expulsión del Infierno sería un interesante tema para un pintor que quisiera hacer sus faenas con la iconografía cristiana: la teología reciente no lo sanciona.

Ad inferos, katábasis ad inferos: descendimiento a lo inferior… lo contrario a la anábasis o ascendimiento al lugar de las lindezas en el que se arrancan de las ramas de los árboles delicias que se dan a pedir de boca. Descendiendo se subsume a la aridez, la escasez y la precariedad, al hambre y la sed que se estiran y se estiran, como una liga.
Entre los griegos existió la Idea del descenso a los infiernos, al Hades u Orco, como también se lo llamó. Era el lugar deparado no sólo a las almas de los muertos sino a los grandes pecadores donde expiaban condenas horrorosas: Ixión y su tormento de la rueda, Sísifo y su piedra, Titio, devoradas sus entrañas por un águila; ahí estaba también Licaón, el primer licántropo, y las Tres Furias o Euménides. Pero el infierno de los griegos no es el infierno del cristianismo a pasar de que subsistan los ríos y las lagunas —la Estigia, el Cocito, el Piriflegetón, ríos de fuego—: todo allá abajo es movimiento y agitación turbulenta. El infierno, mucho más que el cielo, es el Auténtico lugar de la Unión de tradiciones: Grecia, Israel, pero más tarde, la visión del cristianismo y la del islam.
Descienden al infierno Perséfone, Orfeo, (Odiseo no desciende, como generalmente se piensa: atrae el infierno hacia sí, en la superficie terrestre, por medio de una ofrenda de miel, harina, leche y un poco de sangre), descienden Eneas, Psique, Hércules… Jesucristo desciende también en textos apócrifos. A Don Juan se lo llevan unos diablejos al infierno en medio de llamas y gritos atroces después de haber recibido a la estatua del comendador de Sevilla a cenar a su casa, según Tirso, Moliere y después Mozart. Ya, en el mundo frívolo y sofisticado de la opereta de finales del siglo XIX, en la versión al ritmo de cancán de Jacques Offenbach, Orfeo se encuentra en los infiernos… del matrimonio. Woody Allen en Deconstruyendo a Harry desciende al infierno, en el que, claro, Allen se encuentra a todos sus amigos. Infierno, significa, entonces, extensión de la fiesta. Don Juan en el infierno de Bernard Shaw es una obra Teatral filosófica donde Don Juan se aburre muy rápidamente de las diversiones y planea la fuga del infierno para llegar al cielo y gestar con Doña Ana una nueva especie de superhombres.

Dante Alighieri tomó las coordenadas del infierno de Virgilio. Al Infierno se entra por Cumas y en Dante es una sección cónica dividida en compartimentos o círculos cuyo vértice es el centro de la tierra y cuyo punto más alto de la cúpula es Jerusalén. A la entrada, en el quicio de la puerta, está escrita la célebre frase “Abandonad toda esperanza”, frase que después Claudio Monteverdi hizo repetir a su Orfeo, cuando, junto a su libretista Alessandro Striggio, inventó la ópera en 1607 para que después Gluck y Ranieri de’ Calzabigi la olvidaran en su propia versión que aúna el Tártaro y el Eliseo, a la manera de la Eneida. Hay una miniatura de Sandro Boticelli del Infierno tan minuciosa y exacta que uno puede emprender la lectura de los diversos cantos dantescos y apoyarse visualmente con la obrita de Boticelli. Giacomo Puccini sacó un personajillo de la Comedia del Dante, Gianni Schichi. Lo sacó de entre los falsarios y lo hizo personaje de la tercera parte de su Tríptico donde aparece la célebre aria, O mio babino caro, Schichi, falsario es, de hecho, el papito querido al que se le entona el canto dulce.

imageCada vez que en casa se iba la luz, yo leía la Teoría del Infierno de Salvador Elizondo. Si la luz se iba por cinco minutos, yo leía cinco minutos (claro, descontando los minutos que me tomara encontrar las velas), si la luz se iba por media hora, leía media hora, y así, interrumpía la lectura del la Teoría del Infierno cuando regresaba la luz; mi lectura, por lo tanto, era espaciada… El Infierno es un motivo pictórico de cascadas de humanos cuyo suplicio estriba en la continuidad de los rigores corporales: infierno, es la extensión, más allá de la muerte, de la condición dolorosa del cuerpo. Es la enfermedad expandida, por así decir. Racimos de humanidad, colectivo donde los cuerpos se entrelazan y se contorsionan como mareas u olas de gentes sobre las que la mirada barloventea. El fermento inquieto de la vida continúa, se alarga: esa es la teoría de Elizondo, al punto plausible. Rodin, en su gran Puerta del Infierno, hace del cuerpo el símbolo de tensión la espiritual: si el martirio del cuerpo se alarga, entonces la escultura es posible.

El sorprendente niño poeta, Arthur Rimbaud, decía “me creo en el infierno… Luego, estoy en él” y un sabio cuyo nombre es de aquellos que resultan divertidísimos de pronunciar, Ananda Coomaraswamy, se preguntó quién es Satán y dónde está el infierno. El infierno está en mí y yo soy Satán, soy el infierno. María Zambrano dijo: “aquel con ansia de paraíso debe estar dispuesto a bajar a los infiernos”. Por eso el infierno debe desposarse con el cielo en un matrimonio de contrarios. De la concentración imaginativa en clave infernal pudo William Blake, un habitante de los pliegues del cerebro de Satán, escribir las líneas proverbiales más sabias: los célebres proverbios del infierno: “los tigres de la ira son más sabios que los caballos de la instrucción” y “si el loco persistiera en su locura, se volvería sabio”, entre otros infinitos.

El infierno son los otros dijo Sartre, infierno fue de la paranoia de August Strindberg, infierno son los celos de Othelo, el infierno son los hospitales, es infierno el desamor, es infierno la sórdida pobreza… El infierno, el Apando de Revueltas; el infierno, el poder judicial, Lecumberri es el Orco, infierno es el proceso kafkiano, infierno el de los migrantes, infierno donde se incinera la infancia, infierno el de las barcas que flotan a la deriva del Mediterráneo con sus cientos de hombres, mujeres y niños de pie, apilados, viendo el naufragio debajo de sus pies. Infierno es la adicción. Infierno es en suma el símbolo de estar en llamas. Y ya, andados en esas, infierno es el estrés —pesada lápida del muerto en vida—, la angustia, la melancolía son experiencias infernales, experiencias de fondo, de naufragio.
El infierno es Aleppo, el infierno es Ayotzinapa, Tlatlaya, Herisau y Auschwitz, el infierno es el gulag, el campo de concentración, la plaza de mayo, Tlatelolco, la katorga.

El infierno sí existe. A veces puede quedarse vacío, otras, infierno es sinónimo de imaginación y otras más, infierno es sinónimo de historia.

 

imageTraigo conmigo unas cuantas migajas de belleza esparcidas sobre la camisa. Voy a hacerlas hablar sólo para, al final, no conformarme con migajas recogidas por mí de un bello pan que alguien me ha tirado como paloma gorjeante de parque.
Migaja de belleza, tan bella como ese 1-0 sobre Alemania que cantó el glorioso gol del Chucky Lozano del que, como en el cartón de Magú, hemos de decir “qué lástima que a sólo unos cuantos días de las elecciones presidenciales no podamos incluir ya al Chucky en la boleta electoral”, ¡caray! Gol de puro apetito, gol como principio interno, a veces, sí, a veces, el gol es sinónimo de alma… Pero en realidad que no soy muy afecto en tratar de encontrarle literatura al futbol, por lo tanto, recojo otra migajita de belleza que aconteció durante esa melancolía extraña que producen los domingos por la noche. Afuera llovía y todo tenía ese sopor tan particular que sólo puede hacerse acompañar por el brillo tintineante de una televisión encendida. En el sopor de la noche: Manhattan de Woody Allen con su sonoridad de radio, auténtica educación sentimental amorosa para una época sin amor. Hacia el final de la película, Isaac —interpretado por el mismo Woody Allen— hace un listado de las razones que hacen soportable la existencia. Esa es una imagen indeleble en los pliegues de mi memoria: Isaac, “tendido en ruinas” sobre su sofá, con una grabadora en la mano comienza:

-Groucho Marx, por decir algo
-El segundo movimiento de la sinfonía ‘Júpiter’
-Louis Armostrong… Marlon Brando…
-Esas manzanas y peras increíbles que pintaba Cezanne
-El rostro de Tracy

Probablemente recoger estas migajas sea el ensayo para mi propio listado de razones por las cuales es posible aún la existencia.
Migaja bella: aún estando enfermo sentir que no se está lo suficientemente enfermo como para no pronunciarse. Como mi madre que, como miles de mujeres, lucha contra el cáncer de mama como una amazona. Entre enfermos los que luchan sean quizás los menos enfermos… entre los que luchan contra la enfermedad se hallan los más vitales. Otra Migaja bella: las mariposas negras con que Carlos Amorales revistió los enormes galerones del museo universitario de arte contemporáneo que hacen que el museo se asemeje a un santuario en gala. Otra Migaja bella: las filas largas largas, como la espiral de Babel, que se agolpan por los estacionamientos del museo de arte moderno ansiosas por experimentar el milagro del arte misterioso de Leonora Carrington. Migajas bellas del más nutricio pan: poder escuchar aún, de viva voz al Dr. Enrique Dussel con su canto filosófico. Es el milagro de poder escuchar también de viva voz a Margo Glantz, a Eduardo Lizalde, a Arnaldo Coen, sabios nuestros. Migaja bella: leer un clásico que nunca habías leído. Yo, por ejemplo, estoy leyendo a la velocidad del sonido El Conde de Montecristo. Descubro por mí mismo, por mi propia lectura, un mundo intuido: el de la profundidad insondable de la psique y las pasiones humanas. Después de leer un libro así uno queda más inteligente, menos romo en sus razonamientos; uno conoce mejor, por fuerza, los resortes de nuestras pasiones. Después de leer un libro así uno no es más erudito, uno es más sabio, es decir, menos dogmático, más filósofo reuniendo lo aprendido y poniéndolo al servicio del carácter. El clásico es un refugio de tres o cuatro siglos de eternidad. El clásico “quedará grabado y afinará el alma para siempre” (Herder).

Una Migaja bella, desprendida de una descripción del conde de Montecristo: decidido a morir, Edmond Dantés deja de comer el alimento que todas las mañanas le facilitaba su carcelero. Pero, de pronto, Dantés escucha la innegable sonoridad de alguien raspando la roca al otro lado del muro: escucha al prisionero de la celda de al lado mandando un mensaje. Cuando Dantés golpea la pared como respuesta, el mensaje del otro se detiene. Entonces Dantés escucha con toda su alma. Silencio. A veces, el silencio puede ser el mensaje mismo.
Migaja bellas: el descubrimiento reciente de un grafiti al pie de una columna en la ciudad de Pompeya, ciudad que quedó bajo lava en el 79 de nuestra era. Grafiti en la que un político, un alcalde concretamente, lanzó su campaña. Nos damos cuenta de que los políticos siempre buscan la publicidad a como dé lugar parasitando columnas, pórticos, balcones –han colgado, no sé quién y a qué horas, y ya en dos ocasiones, un pendón de un sujeto del partido ecologista en mi balcón, yo lo he desprendido con un cuchillo en dos ocasiones y seguiré desprendiéndolo cuantas veces lo vuelvan a colgar—. Pompeya, año 79-Ciudad de México, 2018: me sigue fascinando lo poco que hemos cambiado; sí, hemos ganado muchas cosas pero en cambio permanecemos en otras como un estanque de aguas inamovibles. El río podrá fluir y utilizando la metáfora de Heráclito no nos bañamos dos veces en el mismo río, pero sin duda, las costas, el archipiélago es el mismo, ése permanece, como nos susurra al oído la sabiduría nerviosa de Hans Blumenberg.

Migaja bella esparcida en mi camisa: el historiador Jules Michelet lo dijo a sus pupilos en el curso universitario del colegio de Francia de 1847: “estamos en el alba de las cosas, nunca deben olvidar eso”. En el alba de las cosas, dijo el historiador Jules Michelet: eso es conmover el mundo teórico e histórico. Eso es verlo al revés, por así decirlo. Generalmente, el historiador, el teórico o el hombre común sin más, tiene una percepción más bien pesimista de su propio tiempo inclinándose a pensarlo como el último de los tiempos, y si no el último, sí al menos uno muy decadente.
Estamos en el alba de las cosas porque todo puede cambiar. Todo futuro es un juego de configuración del presente, dejémos ya de escribir o de pintar cuadros del color de quién lo pide para ser nosotros quienes decidamos los colores o las galas de las vestimentas con que queremos revestir nuestros días venideros. Sí quieres irte al diablo puedes irte de la forma que mejor te acomode, si no quieres irte al diablo, mejor para ti… Migaja bella: la enseñanza del Tao donde, claro, uno puede decir “el mundo es feo” o “es atroz” dependiendo lo que uno lleve en el interior. “¿Cómo sé que el mundo es así? Por lo que hay en mí”, dijo Lao Tsé. Constantinos Kavafis, en su sabiduría poética infinita, dijo que no encontrarás cíclopes o lestrigones en tu periplo si no llevas cíclopes o lestrigones en tu interior.

Hay que recoger las migajas de belleza. Cada quien recoge las suyas como hormiga industriosa para llevarlas al propio nido. No han sido todas pero son las que he podido cargar hasta aquí, al texto. Para ganar las costas de lo bello sin conformarnos con migajas. “No tendrás en este mundo, si no lo transformas, más que migajas de amor” dijo también mi Maestro Michelet, mi Faria en el Castillo de If que me ha enseñado, en cautiverio, a encontrar el mensaje en el silencio…

 

 

imageMe pregunto si puedo tejer una teoría volcánica-sentimental a la manera del Romanticismo alemán. Me pregunto si la actividad volcánica se debe a que la tierra le toma la temperatura a los asuntos humanos. Es imposible testimoniar solfataras y explosiones que llaman a gritos a relámpagos, imposible mirar el fulgor del fuego, imaginar la densidad de gases y las quebraduras de la electricidad, imposible testimoniar la erupción de un volcán que asemeja un sol monstruoso en la tierra sin que el mito, con toda su fuerza generadora, nos tome por los cabellos. Casi todos los pueblos han visto en los volcanes a titanes furiosos portadores de mensajes atronadores. Herencia de la percepción mitológica de ver en la actividad volcánica Mandatos de realización que tenemos que interpretar a través de la pirotecnia telúrica.

Probablemente el Volcán de Fuego de Guatemala le tomó la temperatura a los asuntos del país vecino, México, haciéndonos oír, con sus señales ígneas, que lo que en verdad está en juego en el tablero de estridencias electorales es la reconfiguración del mapa de las élites, la desesperación y los pataleos de las mismas que se bañan en un simplismo opinionista fundado en el miedo. Anuncia el volcán —desde mi punto de vista de hierofante vulcanólogo— la desaparición u obsolescencia de los partidos políticos tal como los conocemos (dado que en su estructuración interna los partidos carecen de democracia es difícil pedirles que fuera de ellos se conduzcan democráticamente). El partido político es el celaje o la escenografía mal dispuesta y pobremente diseñada para que un mediocre actor sobre la escena rumie discursos sin alma. Si hemos de rumiar, rumiemos lava, parece decirnos el Volcán de Fuego guatemalteco.

Imaginen conmigo una teoría volcánica-política que haga preguntar, de nuevo, si hay Alma en la política (una vieja pregunta volcánica por cierto atajada y respondida ya por los Maquiavelo, los Hobbes y los Montesquieu). Teoría volcánica-política y sentimental que además pueda hacer enlaces con el arte: teoría que le tomara la temperatura al volcán mensajero como hizo Dr. Atl a través del dibujo y la escritura en su célebre libro (recientemente reeditado) “cómo nace un volcán” que redactó y dibujó frente al Paricutín en 1943; y mucho mucho antes que Atl -2500 años antes, para ser exactos— Empedocles, en Sicilia, terminó sus días arrojándose al cráter del Etna, sellando un pacto indisoluble entre filosofía y lava. En la década de los treinta del siglo XX, Radio Berlín transmitía los programas radiofónicos en vivo de Walter Benjamin y una de estas producciones, perteneciente a una serie dedicada a catástrofes, estaba dedicado a la explosión del Vesubio en el año 79 que tomó por sorpresa a los ciudadanos de Pompeya para cruel goce nuestro y de los arqueólogos que han hecho su fortuna estudiando a las figuras calcinadas que quedaron capturadas por el fuego a la mitad de su fuga en el “jardín de los fugitivos”.

Al pie de un volcán y en vísperas de elecciones nos hallamos en un jardín de fugitivos. Nuestros volcanes, medidores de la temperatura humana, nos toman por sorpresa. Nos ponemos en marcha con un mandato: remover nuestro interior de una manera que, por convocar al fuego como elemento, resulte en una percepción e interpretación simbólica del mundo de mayor calado. Un signo escrito con fuego líquido que nos recuerda que todo debe hacerse con alma.

Me pregunto si en este jardín de fugitivos es posible alterar en términos de ciudadanía las decisiones, de antemano, ya tomadas. Me pregunto si la misma cartografía social no tiene ya una participación determinada en el proceso electoral. Me explico. Sólo los más inteligentes dudan, el que no duda no puede ser convencido. El simulacro político está encaminado no a convencer al inteligente que duda sino a confirmarle al tonto lo que ya creía. Se alude, en el simulacro político, al extremo más misterioso del cerebro: la creencia. Confirmar o minar creencias, eso es el acto de campañas; no convencer, no nos engañemos. Es un bazar de credos. Es interesante, según mi punto de vista, la senda que ha tomado esta teoría con el tema de la creencia y la política. “Yo no creo en los políticos” solemos oír que dicen algunos. Se arroja idéntico sistema psíquico a la creencia y al bazar de estridencias electorales. Pero esto no es una cuestión de fe ni de creencias.

Se ha repetido constantemente —incluso ya con cierto automatismo— la eterna acusación a AMLO como un mesías, sin saber, si quiera, una sola palabra acerca de eso que, en teoría de la historia, llamamos “mesianismo histórico” sobre todo a partir del libro de Franz Rosenzweig “La Estrella de la Redención” y las “Tesis sobre el concepto de Historia” de Walter Benjamin. En el llamado “mesianismo histórico” todos, todos sin excepción —políticos profesionales o no, pero sin duda todos sujetos políticos, sujetos de la historia política— podemos convertirnos en Mesías. Es mesías el que carga sobre sí un tiempo, una atmósfera histórica para cambiarla en el horizonte de lo real. Cambiarla en el ámbito de lo posible. Se enfrenta el sujeto a un tiempo de peligro; danza, por así decirlo, con este tiempo peligroso y lo cambia, aquí y ahora. No es un mesías un político, es un mesías tú, yo, todo aquel que se enfrente con su fulgor de luciérnaga contra el fulgor tremendo del sol: esa es la proporción de fuerzas de un mesías con respecto a su tiempo político. Danza con el peligro. Todo esto ocurre y ocurrirá siempre al pie de un volcán, como lo supo muy bien, entre vapores etílicos de mezcal mientras descendía al infierno, Malcolm Lowry. Me pregunto si somos capaces de bailar al pie de un volcán en erupción, el mensaje que —según mi interpretación de lector de lava— nos manda para interpretarlo el Volcán de Fuego guatemalteco.

Lector de lava, una dulce ocupación: ocuparnos seriamente, mientras teorizamos al mundo en fuego, de que no se impida percibir en el futuro una alegría, un trabajo o una guerra radiofónica que contribuya a dudar, danzar, y a imprimirle a todo un Alma…

 

imageQuien se adentre al Museo Universitario de Arte Contemporáneo y tome las escaleras hacia la planta baja se encontrará con una acumulación museográfica muy particular, ahí, conglomerada en una esquina, que le recordará a un tinglado de mercado sobre ruedas, ¡claro! sin el ruido y los gritos de los mercados sino con la asepsia tan particular de un museo. Unas vitrinas muestran los objetos más diversos que pueda imaginarse, colección de objetos producidos en serie y dispuestos en ingeniosas configuraciones que se acompañan por pantallas de video. Hay todo tipo de chucherías compradas en los vagones de metro, cazadas con los ojos bien abiertos por la Ciudad de México; hay, por ejemplo, una amplia vitrina con corbatas de fantasía (corbata con crucigramas, corbatas salmón, corbatas cancha de futbol, corbatas Santa Clos, etc.) Es la exposición “Reportaje plástico de un teorema cultural”, una exposición que revisa a uno de los dementes más brillantes que hayan deambulado por las calles de la ciudad y la Academia de San Carlos, Melquiades Herrera.

Yo no puedo olvidar la profunda primera impresión que me produjo cuando, quizás en el 2000 o 2001, Melquiades llegó a La Esmeralda para hacer un performance con su maletín samsonite amarillo y un trajecito verde y morado muy parecido al de los arlequines. Nos demostró con una pelotita happy face que la línea recta en el planeta tierra no es más que una abstracción, mostró ante los ojos bien abiertos de los que lo veíamos que la línea recta no existe; y después transformó un peine de plástico verde en un cocodrilo, no por acto de magia, sino por algo muy parecido: por acto de arte. Ese era Melquiades, gran mago, artista y merolico que podía transformar, como en un acto de alquimia, las cosas en… cosas, pero ¡ay! las cosas nunca volvían a ser las mismas.
Para Melquiades el mundo era la ciudad, y la ciudad —entendida como mundo— la constituyó Melquiades desde lo estético. La estética es la posición de un ser vivo ante la realidad (Dussel); la ciudad fue, entonces, un escaparate dispuesto para su subjetividad. Fue la de Melquiades la mirada atenta y múltiple del caleidoscopio.

Escribir un libro acerca del alma humana expresada en 500 o 600 objetos de fayuca: ese fue el proyecto de Melquiades. Expresar su voluntad a través de mil chucherías; “objetos que piensan” porque son ideas y que requerían de un Maestro de Ceremonias circense: el merolico que hacía detonar a los objetos con palabras. Por eso las pantallas de que se acompañan estas vitrinas. Ahí pueden verse los Reportajes artísticos que Melquiades hacía, a través de TV UNAM a mediados de los años 90, donde practicaba las relaciones más insólitas entre la forma de un objeto y sus posibles semejanzas, afinando la inteligencia de la percepción para siempre.
A través de estos reportajes de televisión, vemos a alguien que permaneció con los ojos abiertos dando lecciones de percepción simbólica que entran directamente al corazón. Su gran arte es ese precisamente: la inteligencia perceptiva. Su inteligencia, yo diría, olfativa, para encontrar en los objetos un signo secreto lleno de sentidos. Su ciencia artística —ciencia impura— fue la de ser un Coleccionista de las metáforas de las cosas. Cualquier objeto es un universo de relaciones, por lo tanto, no hay objeto humilde: los objetos son telescopios para avizorar un universo. Con Melquiades no podía haber ninguna bancarrota del sentido, se trataba de destilarle a los objetos que compraba en el metro o encontraba en la fayuca, una sustancia sorprendente.

Hizo de un universo dado —lo que pudo comprar o regatear— un universo nuevo. Un universo otro, hecho de relaciones inestables que sólo se estabilizaban momentáneamente ante su exposición oral: él, como merolico, haciendo uso de las cosas y destilándoles su sustancia. Melquiades convocaba las ramificaciones de sentido opacadas por la apariencia aparentemente humilde del objeto: algo que no estaba ahí —el cocodrilo— de repente está, “tal es el milagro de la creación”, como dice el poeta Jabés, “un signo inventa un vocablo y el universo, de repente, se ve enfrentado a sí mismo”.

La inteligencia de Melquiades cantaba —con su elocuencia de habitante del centro de la ciudad— canciones de cuna a sus objetos. Mucho se ha hablado del arte irreverente de Melquiades: no lo era, era profundamente amoroso y profundamente inteligente. El verdadero pensamiento es una reflexión. Del objeto emana luz, la inteligencia la refleja, la reflexiona, y lo que queda en los videos y en los performances, era esa luz primera emanada del objeto, transformada.
Pero, ojo, Melquiades no quiere otro mundo. Es este mundo pero, por así decirlo, centrifugado. Cada cosa, cada objeto es un torbellino en el que debemos dejarnos capturar y el mismo torbellino es quien nos expulsará, una vez que llegamos a su centro.

De modo que testimoniamos, como espectadores de Reportaje plástico, objetos dispuestos para un drama que acontece en la forma de una lección, a la manera socrática, pues, ¿qué arte más socrático que el de Melquiades? Fue siempre un maestro. Y su obra es pedagógica en todo sentido, donde no se asume que el maestro tenga unos contenidos que transmitir a unos discípulos, sino donde pedagogía es sinónimo de experimentar junto con otros.

Los antiguos decían para fomentar la disciplina y la auto exigencia nulle dies sine linea, que no pase un día sin escribir una sola línea; pues bien, creo que Melquiades Herrera hizo del nulle dies sine linea un imperativo de la más rigurosa indisciplina dentro de la más exigente disciplina. Ni un día sin un acto, ni un día sin una situación a pensar, ni un día sin una transformación simbólica. Ese creo yo es el sujeto estético posicionándose frente a su mundo.

Siempre llevaba a la mano, en su maletín, debajo de sus sacos o gabardinas, los objetos más dispares que uno pueda imaginarse. Tenerlos a la mano como en el bellísimo cuento de Etgar Keret donde explica porque lleva una jungla de objetos en el bolsillo. Objetos performáticos, es decir, objetos con los que hacer algo y luego ponerlos en un almacén, sin venderlos, contenedores de todo un poder cognoscitivo, o mejor dicho, contenedores de formas nuevas de conocimiento. Porque Melquiades producía conocimiento. Sus lecciones iluminadas como casetas de cobro —sin cobrarnos— nos abre el camino hacia nuevas sendas de interpretación. Ese arte nos hará para siempre más inteligentes.

imageVoltaire en su infancia y gracias a su padre, un importante abogado, entró en trato personal con Pierre Corneille. En sus memorias, Voltaire evocaba al dramaturgo como “el mortal más aburrido que jamás conociera”. Así yo, durante mucho tiempo, percibí a Luis Nishizawa: como un ser de un interior mortalmente árido que además cometía el peor pecado de la vida civil, esto es, el enfermo de muerte se proponía aburrir a los demás que acataban con reverencial respeto la metástasis de la petrificación.

Estaba equivocado.

Seré poco amigo de la glosa simple y llana, que es lo que, con asiduidad, puede escucharse acerca de Luis Nishizawa. ¿Por qué, por principio, asumo un tono si no beligerante sí abiertamente encendido y vivo? Porque se cumplen cien años de su nacimiento. Ya tienen lugar magros homenajes aquí y allá y ya se sabe que casi todos los homenajes terminan siendo insoportables en su carácter autocelebratorio. Cuanto más los homenajes que se le deparan a los nacidos en el Estado de México, lugar de la pura forma y poco fondo, estado amigo de la ceremonia jactanciosa, localista y provinciana. Luis Nishizawa, según mi criterio, tuvo la mala fortuna de ser un artista reconocidísimo. A Nishizawa, lo sostengo, sólo por su gran artisticidad no lo echaron a perder los homenajes de los políticos mexiquenses.

Nishizawa fue un creador que trajo formas pictóricas a las orillas de la luz del bastidor, todo el día, todos los días, durante cerca de setenta años de carrera artística. Y su obra nunca luchó contra la incomprensión. En su taller de los sábados, si Nishizawa explicaba algún procedimiento técnico del temple al huevo (su técnica pictórica favorita) y para ello tenía que pintar algunas frutas intrascendentes sólo para ejemplificar el procedimiento, inmediatamente ya tenía a un coro de compradores —escondidos entre los pliegues de las ropas de sus alumnos— anhelantes de poseer sus frutas insignificantes: una puja lamentable comenzaba al sonido de una subasta sin maestro de ceremonia. Esta circunstancia era, lo recuerdo y lo evoco, muy irritante. Nishizawa nunca venía solo, siempre llevaba una corte felliniana de zalameros a su alrededor.
Fuera de su taller del sábado que impartía en los grandes galerones de su propio museo en la ciudad de Toluca donde se conducía como Luis XIV, en otros ambientes, en Xochimilco, en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, Luis Nishizawa formaba uno de los extremos del tándem de la pedagogía pictórica: Nishizawa ocupaba un polo, Gilberto Aveces Navarro el otro. La ENAP estaba dividida entre las fuerzas antagónicas de uno y otro maestro.Y, claro, ambos maestros dejaron una nutrida estela de discípulos y epígonos. Baste recordar de entre los discípulos de Luis Nishizawa a Arturo Rivera, Juan Berruecos, Patricia Soriano, Aureliano Sánchez y Norberto Quintín, que se convirtió, de hecho, en su Boswell.

Luis Nishizawa tenía origen indígena y japonés. Su madre era la flor del pueblo mazahua, pueblo dueño espiritual de las tierras volcánicas y los pastizales cafés y ocres del Estado de México que tantas veces la mirada de Nishizawa buscó en sus pinturas y, antes que él, José María Velasco. Japonés por el lado del padre. Interesante mezcla cuyo resultado biológico fue un rostro un tanto severo debajo del que se escondía un corazón tierno. ¡Vean los muchos autorretratos que dejó! Rostro severo, insondable, que se hacía acompañar por simbologías tiernas: manos que ofrecen su corazón, manos hospitalarias.

Fue un complejo artista porque era muchos artistas. Tenía múltiples orígenes, no sólo el indígena y el japonés. Si resulta difícil encontrarlo en su obra, habremos de rastrearlo. A mí me gusta, sobre todo, ese periodo en el que Nishizawa buscó una interesante síntesis entre el corpus figurativo de José Clemente Orozco con el corpus cromático y tornasolado como el de las perlas de Rufino Tamayo. De este periodo datan los Cristos de la pasión de Iztapalapa que pueden verse en su museo en la ciudad de Toluca. Obras Fuertes, de una visión plástica extraordinaria. También de este periodo es el espléndido mural removible del Centro Médico Nacional, maltrecho y reconstruido después del sismo de septiembre de 1985. Genial visión cosmogónica y pedagógica en la tesitura de la segunda escuela del muralismo mexicano.

Pero no es ahí donde habremos de encontrarlo. Nishizawa, como un camaleón, cambió muchas veces de forma de ver y entender lo visual. Gerardo Murillo, Dr. Atl, fue para él un referente. Atl, pintor y vulcanólogo, experimentó con técnicas e inventó los colores Atl, especie de gis, pastel y óleo a un tiempo, que dan a sus pinturas la impresión de una pizarra intervenida con posterioridad. Colosal paisajista fue Atl que, en la última década de su existencia y habiendo perdido una pierna, se hacía sobrevolar por los cráteres de los volcanes a bordo de un helicóptero, a estos paisajes, auténticas visiones de un demiurgo a medio camino entre la tierra y el cielo, Atl los llamó aeropaisajes. Y del mismo modo que Goethe siempre quiso medirse con Von Humbolt, Nishizawa quiso medirse con Dr. Atl. Nishizawa comenzó a experimentar con técnicas pictóricas impulsado por el referente Atl, pero, curiosamente, a Nishizawa sus investigaciones lo llevaron a la senda del tradicionalismo. Siqueiros, por ejemplo, fue alguien que también experimentó con distintas técnicas polímeras pero la experimentación técnica la entendió en clave anti-tradicionalista, no en balde abrió la senda de Jackson Pollock y la pintura de acción en su Experimental Workshop de la ciudad de Nueva York. En otras palabras, a Siqueiros y a Atl la técnica los catapultaba más allá de la tradición, a Nishizawa la técnica lo dejaba en un tradicionalismo (y ya se sabe que no es lo mismo ser tradicional que ser tradicionalista). De hecho, la crítica que los de mi generación hacíamos a Nishizawa era que la técnica —su técnica— no era más que una sumatoria vacía de procedimientos y de fórmulas. Había que trascender, catapultarnos más allá del manual técnico. Era graciosísimo ver a Nishizawa vanagloriarse de poder dar un habilidoso giro de muñeca para tomar un poco del venenoso y peligrosísimo blanco de plomo. Todo aquel que haya asistido a sus talleres recordará con gracejo este ridículo malabar de la espátula.

Paisajista y retratista de primer orden. En sus paisajes copulan la senda del Edo japonés, Hiroshige y Hokusai y también sus más sutiles pares de la tradición china de pintura sobre seda. Son conmovedores y profundamente humanos los retratos de sus hijos, su madre y su padre moribundos. Al final de sus días realizó murales mosaicos, preciosos de ver, sobre todo, quizás el más logrado, el de la biblioteca del Centro Cultural Mexiquense en la ciudad de Toluca.
Sus pinturas al temple parecen los colores de una vidriera medieval o los de una visión caramelizada de ensueño. Hay que recordar que Toluca es la ciudad del Cosmovitral, una visión cósmica a través de vidrieras multicolor, obra de Leopoldo Flores con quien Nishizawa se trataba más bien con fría cortesía. Sus colores al temple, extraídos de no sé dónde, asemejan luminiscencias y transparencias eléctricas; naranjas, violetas, verdes esmeralda refulgen en descargas eléctricas. Dibujante enérgico: sus “flacas vacas y los sueños rotos”, exposición de dibujos de gran formato en la galería de la ENAP que ahora lleva su nombre, es un referente para mí. Fue ésta una de las grandes exposiciones que me fue dado ver mientras aún  estudiaba, en la primera década del siglo.

Lo recuerdo en su museo. Yo iba todos los sábados a su taller para aprender a pintar. Nishizawa caminaba con paso cansino. En mi percepción me parecía inabordable, con esos ojos rasgados que me lo figuraban insondable y severo. No tenía una pizca de humor. Solemne y sin humor, combinación poco explosiva. Con todo, he de reconocer algo. El rincón del Museo Nishizawa era el único lugar respirable del Estado de México, lugar donde conocí la amistad verdadera y la vocación. Pasé interminables horas en la biblioteca del museo Nishizawa hojeando libros de pintura, con ese olor tan particular de las mesas grandes y de recia madera. Una vez cerraron las puertas del museo sin darse cuenta de que yo seguía adentro. Durante horas mis papás enloquecieron dándome por extraviado y alertando a todo mundo me extraviaron durante un par de horas mientras yo me encontraba a mí mismo en un núcleo de sentidos plásticos.
Habrá que desdoblar estas letras para dejar testimonio de un reconocimiento, a título personal, de la percepción de artista de Luis Nishizawa, percepción muy distinta a los que llevamos la marca de la inquietud: Nishizawa nunca se aburrió de su propia obra ni del acartonado lugar que le adjudicó el Estado de México. Si fue pintor con crisis, nunca lo manifestó. Ese es el temple de un gran artista. A Luis Nishizawa hay que buscarlo en su obra múltiple. Pintó miles de cuadros, trazó miles de dibujos, planeó un sinfín de proyectos. Como suele ocurrir en los grandes artistas, de estas miles de obras, miles son también insignificantes; dos o tres obras, quizás sean importantes. De estas dos o tres obras, podemos decir que habrá valido la pena…

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