DBA35C97-0A9B-4B5D-81A4-0D1412091F56Breve justificación (aunque Ovidio no la necesite):
Tenemos dos milenios leyendo a Ovidio. Este otoño se cumplen dos mil años de la muerte del poeta latino, que murió en medio de un achaque de melancolía. Tenía nueve años de haber sido exiliado de Roma por el emperador Augusto, destinado a vivir entre bárbaros en la triste región del Ponto Euxino. ¿Castigaba de esta forma el Emperador la osadía del poeta de conseguirle amantes a su nieta?
En el año 17 d.C. murió el más profundo memorioso de los mitógrafos latinos: el sorprendente autor de Las Metamorfosis, ese libro infinito que no deja de despertar la imaginación de quien se acerca a sus páginas, pozo inagotable para pintores, grabadores, músicos y dramaturgos, amén de haber arrancado incontables suspiros a los amantes de las más altas letras.
Moría también en la más atroz de las soledades el gran Maestro de Amor: el erotómano, estratega de la milicia amorosa que prendió fuego al pebetero del eros romano, pero también el que con extensa humanidad cobijó a los corazones malheridos por las flechas afiladas de Cupido.

Ovidio, poeta, mitógrafo, origen de toda idea de poesía y mito, referencia de todo humanismo. Es necesario, más que nunca, hablar de él y recordarlo a dos mil años de su muerte. Hablar de una civilización, la Occidental, que en la Antigüedad leyó y aprendió del Maestro para luego dejarlo morir en la más atroz de las soledades. Más tarde, durante la Edad Media, la civilización se sintió avergonzada y culpable de las enseñanza ovidianas y las integró, edulcoradas y moralizadas, a un programa sistemático de deserotización que dejaron vivir como curiosidad sólo porque les recordaba el Cantar del rey Salomón. Después, la civilización volvió a amar al Maestro de Amor colocándolo en el cénit del cánon del Humanismo durante el Renacimiento, y ahí permanece como referencia y anhelo del pensamiento de “las letras más humanas”.

Ovidio, leído y visto al crisol de dos milenios es tema de tres charlas que tendrán lugar durante paseos los Sábados 4, 11 y 18 de noviembre de 10:00-12:00 hrs.
Charlas ambulantes por jardines y parques de la Ciudad de México para recordar, profundizar y cultivar una amistad ovidiana.

Paseos:

Primera Charla ambulante.
Dos mil años de leer a Ovidio.
Caminata por Mixcoac. (Parque Jáuregui. Plaza Irineo Paz. Parque Hundido. Parque Tlacoquemécatl)
Sábado 4 de noviembre 2017.
10:00-12:00 hrs.

Segunda charla ambulante.
Tejer y destejer el amor: El Ciclo completo y las Cartas
Caminata por el Jardín Botánico de la UNAM
Sábado 11 de noviembre 2017
10:00-12:00 hrs.

Tercera charla ambulante.
La plenitud plástica de las metamorfosis. Las Metamorfosis y los Fastos
Caminata por la Primera y la Segunda Sección de Chapultepec
Sábado 18 de noviembre 2017
10:00-12:00 hrs.

Costo de recuperación: $1000.00

Se aparta el lugar realizando el depósito de inscripción antes del comienzo de las actividades. Favor de enviar por correo electrónico el comprobante de pago.

El costo de recuperación no incluye las entradas a los jardines.

Realizar el depósito en:
Cuenta Perfiles de Banamex 321/ 6336533
A mi nombre: Otto Cázares Fernández
CLABE interbancaria 002180032163365332

Para mayores informes:
mediosyhumanidades@gmail.com

 

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52CC3D12-EAFB-4CF3-B3BF-0F9285860589Terencio es un nombre que puede decir muy poco a algunos. A otros puede decir mucho. Para los primeros, Terencio fue un poeta romano que escribió algunas comedias hoy más bien para interés de especialistas y es, junto con Plauto, el seguidor de las enseñanzas bufonescas del comediógrafo griego Aristófanes. Terencio escribió una comedia divertídisma, muy compleja puesto que es una comedia de enredos, El que se atormenta a sí mismo, que a mí me sigue divirtiendo enormemente. De Terencio hay una frase que a mí me gusta mucho y que puede encontrarse citada en diversas fuentes. La cita Thomas Mann en el Doctor Faustus y se la encuentra en cualquier compendio de citas latinas. Terencio decía que había que realizar las cosas más absurdas de la manera más razonablemente posible.
Hacer las cosas más absurdas razonablemente es la consigna del clown, del bufón pero también del utopista. Hubo en el lejano siglo XVIII un misterioso pintor italiano que se hacía llamar Desiderio Monsú. Mucho se ha discutido acerca de la verdadera identidad de este pintor. Hay quienes sostienen que bajo este nombre se ocultaban tres diferentes artistas con una misma visión. Comoquiera que sea Desiderio Monsú pintó escenas terribles, terroríficas de terremotos y caídas de ciudades. Como la caída de los gigantes mitológicos las ciudades en sus pinturas caen como cíclopes o como titanes. Sin duda Monsú pintaba las cosas más absurdas razonablemente.

Para el que escribe o el que dibuja, afilar los lápices es una acción análoga a cuando Zeus afilaba los truenos para poblar el cielo. Bien visto, afilar los lápices es también una empresa absurda que debe acometerse de la manera más razonable. Salvar un amor que se cree perdido es una absurdidad razonable. Pero cuando creíamos que nos habíamos envilecido tanto que ya no nos conocíamos, y éramos, en nuestra percepción, unas almas indolentes, de repente, la tierra se remueve como un gigante en su cama y el absurdo ocurre: la destrucción que desvela las corruptelas de las constructoras y el beneplácito de las supervisoras, y muy razonablemente los ciudadanos acometemos acciones para acelerar la cicatrización. Esa cicatriz quedará ahí en tejido queloide y a ojos vistas. En 1847, un año particularmente cargado de electricidad revolucionaria, en el Colegio de Francia, el historiador Jules Michelet daba unas clases iluminadas ante unos alumnos sorprendidos. En una de estas lecciones el autor de la monumental Historia de Francia decía a sus estudiantes: “no tendrás en este mundo, si no lo transformas, más que migajas de amor”. Pues desear algo más que esas tristes migajas de amor es una empresa absurda que debe acometerse de manera absolutamente razonable.

La empresa es la de la transformación, de lo contrario, migas amorosas, despojos de auténticos damnificados emocionales es lo que recibiremos. Sí: el amor, eso que, ante su falta, nos lleva llorosos a los divanes de los psicoanalistas. Por lo tanto diré con todo el patetismo teórico que si yo no cambio al mundo nunca tendré sino esas migajas de amor de las que hablaba Michelet.

La otra noche, Sol, mi compañera, se he despertado con los ojos desmesuradamente abiertos y se ha acercado hacia dónde yo estaba escribiendo preguntándome si estaba temblando. Llevamos el sismo en nuestro interior. Probablemente aún estemos en shock por el 19 de septiembre. En shock, es decir, bajo el efecto anestésico de la psique para retrasar el dolor traumático (en ese sentido el shock es una obra de caridad de la propia mente). La primera cruzada, acaso la más importante, es hacerle la guerra a la tristeza, al desamparo, a la desnudez de la existencia. Insisto: esta cruzada absurda debe acometerse razonablemente. Con esta frase de Terencio encuentro un amparo, un consuelo. Una frase amiga. Es absurdo pensar que afilar los lápices de escritor o de dibujante transformará el semblante monstruoso del gigante, pero lo acometeré razonablemente. Es absurdo leer los diecisiete tomos de la Comedia Humana de Balzac en medio de la vorágine descarnada de las órdenes del día de la vulgar vida cotidiana, pero acometeré la empresa lectora razonablemente. Ya he comenzado a acometerla. Esto preservará intacta mi humanidad y luego ya nadie me sacará a latigazos de ella. Me tendré a mí mismo y a mí cruzada para reconocerme en los espejos más empañados. Me tendré a mí mismo en mi cruzada absurda emprendida razonablemente para reconocerme… aunque me desfigure.

IMG_0209Nadie debe sentir que no fue parte de esta fiesta aunque nadie haya sido formalmente invitado. Desde la más tierna juventud lo sabemos: las mejores fiestas son aquellas a las que no nos invitan, a las que nos escabullimos como polizones o ladronzuelos y desde luego —no se me tome por un cínico—, no toda fiesta es alegre. Pero,  ¿por qué hablo de fiesta? Es que surge la pregunta: ¿La tierra tiene sus propias fiestas de aniversario? Una vez que se había sedimentado en nosotros hasta lo más profundo del tuétano el mito del 19 de septiembre de 1985, ¿tuvo la tierra que actualizar ese mito conviertiéndolo en un rito nuevo y revivido? ¿32 años después? ¿De fatal común acuerdo con parcas o nornas, encargadas de urdir el telar de los destinos y dictar sus veredictos? ¿Por qué en 19 de septiembre, dios, norna o parca? ¿Por qué? ¿Por qué este tenebroso fasto de aniversario? ¿De acuerdo con qué misterioso calendario que desconocemos?

Herder decía que la mejor enseñanza de la historia y la experiencia es que nada de lo que pertenece a la vida debe quedar borrado. Yo pido que nunca se me olvide cómo las personas llevaban estrellas en los ojos e hicieron que su primer propósito fuera la dignidad humana. Nos hicimos todos a las calles y en esa muchedumbre podías reconocerte. A veces, sí, tu presencia salía sobrando (como apuntó Villoro en su poema), otras enardecías de ganas por integrarte, formar por lo menos parte de una cadena humana, sostener a cuatro manos una pala, cargar litros de agua, mirar con desconfianza a quienes no fueran civiles, uniformarte de ciudadano: en una palabra, enardecías por ayudar a la paz y al sosiego de un pueblo guerrero.
Yo hago una confidencia: tuve miedo y me aturdí. El sábado por la mañana la alerta sísmica volvió a despertarnos: les aseguro que el corazón se me salió por los ojos y mientras bajaba la escalera pude recoger unos cuantos que habían quedado tirados por el camino. Tenemos al mismo tiempo miedo y esperanza. Estos estados no son de ningún modo excluyentes. El pueblo que durante mucho tiempo ha sido el más admirado de todos, el pueblo griego, era capaz lo mismo de llorar que de ser valiente. Sujetos de esta singular amalgama de sentimientos cada quien hizo lo que pudo hacer. No hay reclamo alguno. Cada quien se involucró en la medida de sus posibilidades. Escuché personas cercanas a mí que se reprochaban no haber hecho mucho más. A ellos les recuerdo esa frase de Voltaire: “hoy he hecho un poco de bien… es mi mejor obra”. Un poco de bien: no hay barómetro, cómo no sea el propio fuero interno, para medir la solidaridad.

Seguiré con Voltaire. Al día siguiente del sismo me invitaron a una transmisión televisiva para dar seguimiento al terremoto. Mientras transmitíamos llegó, en vivo, el comunicado de una de nuestras compañeras de trabajo desde la Unidad Taxqueña: la veía venirse abajo con el condimento lacrimoso no inventado sino legítimo de que ella y su familia vivían en aquella malhadada unidad habitacional. Ante el pasmo que nos ocasionó el relato de nuestra compañera Estafanía, surgió el tema de la fe, y ahí, al aire, mi compañera de set dijo que era momento de asirse a la Biblia. Yo dije que era el momento de que cada quien buscara consuelo en sus propias Biblias; si lees a Montaige, busca resarcirte en las páginas de Montaigne, dije, lo mismo si lees a Voltaire, la Biblia o el Corán. En realidad pienso que habría que tratar a todos los libros como libros sapienciales. Los libros sapienciales tienen como función dar aliento al desalentado, guía al aturdido, fortaleza al que tiene miedo. En otras circunstancias menos trágicas que las que vivimos yo mismo hubiese recordado aquello que decía Goethe acerca de que “quién tiene ciencia y arte tiene religión, quién no las tiene, necesita la religión” . También hubiera recordado que Voltaire contrariamente a lo que se piensa no estaba contra el cristianismo siempre y cuando cristianismo no fuera más que un humanismo y que, en Voltaire, “humanidad es sinónimo de solidaridad” (Gredos).

Por otra parte, reproches a fuego cruzado cayeron como lava de volcán acerca de lo oportuno o no de la poesía de Juan Villoro. Esto por supuesto merece una reflexión. Reclamos dirigidos hacia la pregunta de quién podría afilar los rayos de su pluma de escritor o de sus lápices de dibujante cuando aún había personas bajo los escombros y aún había y sigue habiendo tanto por hacer. Pues yo opino que no hay porqué avergonzarse de hacer lo que se suele hacer en estados de alarma; incluso hay una cierta condición poética para aquél que dibuja, escribe o toca un instrumento musical mientras los techos se vienen abajo. Sentarse a escribir en medio del fragor requiere una templanza que no es desapego. Habría que cuestionar, según mi opinión, el interior de un artista que tan pronto ve el desmoronamiento del mundo depone avergonzado su actividad como si en ello hubiera una oculta vergüenza, un oculto pudor o una culpa inconfesable. No es poca cosa ayudar al sosiego y la paz espiritual de un pueblo a través de los materiales artísticos. No es tampoco la función del arte, desde luego, pero estas reflexiones nacieron en mí después de leer, sorprendido, las críticas a fuego cruzado que le cayeron a Villoro. Creo que en el sentido que hasta ahora he expuesto, los textos de Villoro siempre hablan al espíritu y al corazón. Se guardó bien, en esta última colaboración que hizo para el periódico Reforma, de utilizar un lenguaje ordinario; buscó Villoro el lenguaje de la excepcionalidad, el de la poesía, el lenguaje que tiene que ver más con el silencio. Para un hecho excepcional en su dolor, un lenguaje excepcional.

Testimoniamos el milagro de los exhumados vivos: personas, perros, un periquito, una tortuga. ¿No se trasluce de todo esto que son enormes las ganas que tenemos de aprender y de vivir? Qué alivio para el espíritu inquieto mirar a esta sociedad vital, juvenil, de niños vertiginosos; me retracto de la frase de mi anterior escrito: “¡Vivan las biografías específicas de los hombres y de las mujeres que son más grandes que su pueblo!”. No: la abstracción que es el estado-nación surgió de las calles y nos vimos las caras, atestiguamos el milagro de poner al otro frente a ti. ¿Y qué fue lo que vimos? Una sociedad tan hermosa y tan imperfecta, tan en camino, tan en su derecho de aprender a conocerse a sí misma para después utilizarlo todo y llevar sus interiores a un desarrollo externo. La clase gobernante está decrépita, incapaz de seguir los pasos de un pueblo joven, lleno de vitalidad. Y que se me disculpe si mis palabras toman un sendero autocelebratorio, no lo es, pues aún existe tanto en qué desarrollarnos, pero venía a mi mente una y otra vez esa cantilena goethiana de “un gentío así querría yo ver…”. Ojalá fuera yo el primero en aprender de mis conciudadanos los alegres, los asiduos… tanto por aprender y por corregir, tanto de lo que tenemos que deshacernos, políticas y formas de vida incluidas… Todo por aprender. Lo tenemos delante. No reconstruiremos la realidad, la construiremos…

 

1488C964-A206-4BC0-9E48-E3653A1B7327-1734-0000012592BC6C47¡Vivan las biografías específicas de los hombres y las mujeres que son más grandes que su pueblo!
¡Vivan los que tienen la misión imperturbable de gritar Viva la vida, viva el derecho a la ruptura, viva la disidencia, el anhelo común y el que no es común!
¡Vivan los que a ninguna observación del mundo dejan sin una reflexión porque saben que la simple observación sin reflexión resulta mezquina y la reflexión sin la observación resulta una impostura!
¡Viva el Feminismo y Viva su teoría y práctica desestabilizadoras!
¡Vivan los que se preguntan todo el tiempo qué queremos y adónde queremos llegar!
¡Vivan los que nos enseñan a pensar en lo que nos duele, no para darle un sentido sino para nombrar el mal, nombrar el mal es ya una forma de la conjura!
¡Vivan! ¡Vivan los que educan su alma con amistad (Montaigne)!
¡Vivan los que encuentran un paraíso en cada cosa que aman!
¡Vivan los que tienen ideas que sólo pueden desarrollar en compañía!
¡Vivan los que intuyen que toda forma de amar es un acto de libertad!
¡Vivan los que saben que la familia es una unidad de creación… no de procreación!
¡Vivan los que saben que la experiencia del cara a cara con el otro, fuera de un sistema de representaciones, es la experiencia del despertar!
¡Viva la dignidad humana y la búsqueda de esa dignidad!!!
….
¡¡¡¡¡¡¡Vivan las bibliotecas!!!!!!!

¡Vivan aquellos en los que su grandeza aparece a través de delirios y no los que, por el contrario, tienen delirios de grandeza!
¡Vivan los joviales, los sombríos, los que tienen gusto por la vida y los que la han perdido, pero no los que quieren a los otros joviales, sombríos, gustosos o disgustados!
¡Vivan los que puedan decir como Jules Michelet: “soy completo, por tener los dos sexos del espíritu”!
¡Vivan los que dan la impresión de estar siempre sorprendidos!
¡Vivan los que visitan museos y los que no, ni uno ni otro se dan cuenta de que en todo momento y en todo espacio uno se abre paso por un museo vivo sin fichas técnicas!
¡Vivan los que cierran las cicatrices con prosa, en palabras escritas la cicatriz cierra pero no se borra!
¡Vivan los que producen condiciones para que el alma no crezca en un lugar árido: vivan, por lo tanto, escritores, maestros, músicos, pintores, artistas contemporáneos y otros degenerados disidentes que llevan estrellas en los ojos!
¡Vivan los doctores en gaya ciencia!
¡Vivan todos los creadores que se ejercitan en el desciframiento del mundo y los que hacen de la crítica un género épico!
¡Vivan los creadores capaces de urdirse un mundo propio cuando este mundo propio
no significa evasión!
¡Viva la percepción creativa!
¡Viva la imaginación!
¡Vivan los delitos de imaginación!
¡Viva el ejercicio de desmitificación cuando el mito es un instrumento de manipulación ideológica!
¡Vivan la teoría y la filosofía cuando teoría y filosofía son entendimiento de lo real!
¡Vivan los rayos de luz del conocimiento crítico que le quita al ser su embotamiento!
¡Vivan los que regresan a la Tradición con las manos llenas de descubrimientos, esos son tradicionales, nunca tradicionalistas!
¡Vivan los jóvenes y los niños con una inusitada capacidad para aprender! ¡Vivan los ancianos que no tienen edad porque siempre están naciendo!
¡Vivan los que pasan sus días en una tensa vigilia inteligente y vivan los que pasan sus días en un sueño lúcido!
¡Vivan los que saben que el verdadero dominio del pensamiento es aquello que todavía no hemos pensado!
¡Vivan las almas grandes porque en ellas todo es grande!
¡Vivan los que de tanto hablar de amor llegan a estar enamorados, como decía Pascal!
¡Vivan los verdaderos maestros que enseñan con su ejemplo!
¡Vivan los ensayos de Michel de Montaigne que nos dicen que cuando estamos enfermos lo mejor sería estar montados a caballo!
¡Vivan los que no se les ensombrece el rostro ante el camino libre de los demás!
¡Vivan las decisiones tomadas en libertad porque esas decisiones nunca interferirán en la libertad de los otros!
¡Viva la universidad que hace de todos sus estudiantes astrónomos, es decir , investigadores de campos de estudio infinitos!
¡Vivan los que dicen como Víctor Hugo: “el día cercano, sin ninguna duda, en que sea reconocida la identidad de la sabiduría y de la clemencia; el día en que la amnistía sea proclamada, yo lo afirmó, allá en lo alto, en las estrellas Voltaire sonreirá”!
¡Viva la sonrisa inteligente de Voltaire!
¡Vivan los que experimentan con sus intuiciones, lo que narran, los que escuchan, los que conspiran para aprender a vivir flexiblemente en un mundo variable!!
¡Vivan los que no hablan contra lo que saben, los que no le hacen el juego a lo oscuro, a lo ambiguo, a lo atolondrado!
¡Viva, por fin, no esa entidad abstracta que llamamos estado-nación: Vive tú, que me escuchas y vive tú que no me escuchas, vive tú que me has escuchado y vive tú que nunca me escucharás!!
¡Vive! ¡Vive! ¡Vive! ¡y que seas tú quien elija tu propio crepúsculo!

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Colega pintor, anónimo del siglo XXI, compañero de hambre, hermano mío:

 

Es su retrato el más acabado ejemplo de aniquilación de la imaginación. Un realismo cerril, elemental y torpe es el suyo. El error más usual entre quienes, como usted, pintor anónimo, no trabajan su sensibilidad, es pensar que hay que ver para creer y no, al revés, creer para poder ver.
Hizo bien en mantener en el anonimato su nombre de pintor. Ese pintor sin nombre, y que con certeza es una máscara cínica debajo de la cual se oculta un más íntegro artista, es un mercenario. Usted, anónimo pintor, no ama su oficio (siempre quise decir algo parecido desde que leí la Carta al Zapatero de Juan José Arreola). Le voy a decir porqué. No todo realismo es aniquilador. No ataco a su pintura por realista, desde luego que no. Lucian Freud, con sus figuras realistas, logra explicar la teoría de la gravedad, ¡esas figuras pesan como el plomo! Por las venas de esas figuras (que se adaptan a las exigencias de realidad del más ingenuo espectador del arte) corre mercurio hirviente. No, no es el realismo lo lamentable en su arte.

La pintura, como disciplina, tiene una larga relación con el poder. Quizá usted sepa, pintor anónimo del siglo XXI, que el macedonio Alejandro llevaba consigo (además de las enseñanzas de Aristóteles, su preceptor) las pinturas y los retratos de su pintor favorito, que tenía por nombre Apeles. De Apeles se cuentan muchas cosas. Una sola de ellas, es que el pintor hizo un retrato de una de las amantes de Alejandro, llamada Campaspe. Alejandro quedó tan satisfecho con el retrato de la amante que prefirió conservar a la amante en imagen y cederle los dulces amores al pintor, que, entretanto, se había enamorado de la modelo. Esto es sólo por contarle algo más bien pintoresco y anecdótico, pero, como se sabe, la pintura pocas veces se ha sustraído de una lamentable servicialidad de cortesano, menos divertida que la servicialidad desobediente del juglar y mucho menos divertida que la de la cortesana con todo y nombre de batalla, ya se lo había dicho Rafael a Miguel Ángel cuando coincidieron en los trabajos del Vaticano. En suma, querido colega, anónimo pintor, hermano mío, que a nuestra disciplina le corresponde deshacerse de una fama infame y que, si hemos de dar crédito a los historiadores y críticos del arte con simpatía por la muerte que, si la pintura está muerta, entonces los pintores ¡por fin! podremos pintar con absoluta libertad. No desde la grandeza, sino desde la marginalidad, la negatividad… ¡Oportunidad preciosa!

Colega, desconoce usted la historia del arte. De lo contrario sabría, por ejemplo, que ¡claro! Piero della Francesca pintó a Ludovico Sforza, que era un truhán; que Rafael pintó al papa León X; Tiziano retrató a Carlos V y mientras lo pintaba el pincel se le resbaló de la mano y fue a caer al suelo, se dice que el monarca mismo se lo levantó; que Hans Holbein, en Inglaterra, pintó a Enrique VIII (sí, el rey de las muchas esposas, pero, fíjese, Holbein también procuró pintar a dos colosales humanistas de la época: Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro); luego, más tarde, en Francia, Gyacinthe Rigaud pintó a Luis XIV y este gran pintor hubo de sufrir onerosas presiones para representar más torneadas las piernas del Rey Sol, que se creía un bailarín de solvencia. ¡Claro! Velázquez pintó en varias ocasiones a Felipe IV con su cara de máscara y su prognatismo de fantasía, pero al mismo tiempo Velázquez imaginó la cara abotagada, chata, dulce y sabia del fabulista Esopo, rostro imaginado, rostro que no tenía que tener frente a él para poder verlo, no como usted que pintó a su retratado a partir de una fotografía, muy mediocre por cierto. ¡Claro! Tampoco Francisco de Goya pudo sustraerse de sus tareas cortesanas y pintó a la duquesa de Alba, de la que terminó enamorándose antes de volverse negro y sordo, y pintó a Carlos IV, personaje tibio, más gris que la banqueta, y Goya puso un increíble empeño en resaltar los rasgos de estupidez de su retratado. En suma, que revisar la obra de un pintor de pasados siglos también es revisar lo que de relación hay en la historia de la pintura con la historia política y así, podemos llegar al caso, muy reciente, de Lucian Freud, el gran pintor realista, que fue presionado para pintar un retrato de la Reina Isabel, que posó para él en varias ocasiones en la pocilga maloliente de su taller. El retrato que pintó Freud de la reina Isabel es una pintura mediocre, en la que no ocultó su desagrado: es de formato pequeño, pequeñísimo, su esfuerzo, nulo; fue, creo yo, un manifiesto personal que dejaba muy a las claras un tufillo de malhumor y animadversión.

Si usted, pintor de Videgaray, me hubiera mostrado en la imagen de su pintura un cierto desagrado oculto, un cifrado mohín de disgusto, una cierta intencionalidad detrás de su imagen, una velada burla (como cuando Descartes se burló de sus contemporáneos con aquello de la glándula pineal, dios y los niños) o como las burlas socarronas de Voltaire, otra cosa pensaría de su arte. Pero no. Pura imagen sin intención es lo que yo veo en su pintura: imagen sin imaginación, como dice un teórico de prestigio. Es usted un escéptico: no cree en lo que ve su interior. Y no ve, en su ingenuidad no exenta de perversidad, el mal que hace con su discurso ramplón de la historia sensible, sensiblera, de la imagen. La imagen, sépalo, puede confabular y configurar un código inmoral que se asocia a la malversación de lo estético. Es usted un sentimental, en el peor sentido de la palabra, que no ve en la imagen otra cosa más que imagen, cuando en la imagen hay documento, ética, historia, objeto onírico; en la imagen hay trinitotulueno que prende la mecha con el fuego de la mirada. Si yo le dijera, colega pintor, que la pintura poco tiene que ver con la imagen o, mejor dicho, que sólo accidentalmente la pintura tiene que ver con la imagen, ¿qué me diría usted? Que enloquezco. Bien, la pintura tiene que ver mucho más con la danza, con el teatro, con la filosofía, que con la imagen propiamente dicha. Eso que queda pintado sólo accidentalmente se ve. Hay pintura para no ser vista, como la pintura de Lascaux, la pintura en el origen. La pintura está mucho más allá, pero también mucho más acá, de la imagen. Y además, “¿Porqué pintar un cuadro cuando es mucho mejor imaginarlo?”, como pensó Giotto di Bondone en ese himno a la sensibilidad fílmica que es el Decamerón de Pier Paolo Pasolini.

Claro, usted es un realista y me va hablar de la necesidad. Vender pinturas para pagar la renta del taller, un asistente, los materiales. ¿Sabe que les decía el historiador Jules Michelet a sus alumnos en el año 1847? Les decía que era necesario aprender a morir de hambre. Sí. Fracasar, fracasar y fracasar mejor, como decía Samuel Beckett. Las circunstancias más interesantes estribarían en cómo mantener lo más libres las decisiones artísticas con todos los factores en contra. Artista es quien muere de imaginación. Quien percibe su hacer como una obra de riesgo.

Del mismo modo que Descartes se burló de sus contemporáneos inquisidores con la glándula pineal o Voltaire se burló de Leibniz y de Pascal, yo quiero burlarme de usted diciéndole que es usted mi maestro en falsía y malversación de la estética. Pintó al integrante de una pandilla que no es divertida y con eso salvó el pellejo y los próximos meses de renta. Todo por un poco de trementina, aceite de linaza y óleo. Lo que no está salvado es su interior. Ojalá se lo condenara al peor castigo artístico que imaginarme pueda (y que Wagner deparó para los cínicos de su época): a mirar por toda la eternidad el retrato que usted hizo de Luis Videgaray…

imageEl domingo visité acompañado de mi esposa Sol un extraordinario museo de marionetas: el Centro Cultural Alfín Rosete Aranda que resguarda la espléndida colección de Alberto Mejía Barón “Alfín”, tiritero sorprendente, perfecto mago de los autómatas sensibles. Un museo que está en el barrio de Mixcoac, en el que vivimos. Figuras autómatas de personajes de ópera (La Flauta Mágica de Mozart, Payasos de Leoncavallo) y, en fin, todo un universo en miniatura que se tiene en pie de unos hilos y que es espejo fiel de nuestra condición sensible. El caso es que viendo estas maravillas vestidas de paño, talladas en madera o modeladas en barro, me vino a la mente la idea de que estos muñecos articulados eran las más elocuentes metáforas con hilos. Recordé, desde luego, la película La vida de las marionetas de Ingmar Bergman que comienza con una escena de un crimen pasional en la que todos los signos están dispuestos en la alcoba, cruelmente dispuestos: el cuerpo de una asesinada, la ropa tirada; en suma, la tortura de los signos y la tortura de su lectura. Bergman muestra la injuriosa condición para nuestras creencias libertarias de que las acciones están fatalmente condicionadas por nuestro pasado emocional, como guiadas por unos hilos invisibles urdidos de nuestros traumas y de nuestro fondo psíquico, turbio, oculto, pero, a fin de cuentas, determinante.
En una de las paredes del museo de marionetas me encontré con una frase del maestro Alfín que decía que las marionetas más que ser actores que utilizan las palabras son palabras que actúan. De modo que también me fue inevitable pensar en mi trabajo radiofónico y en el de tantos y tantos colegas radiocomunicadores y radioastas, principalmente, pero también periodistas y ensayistas que, a la manera de las marionetas, somos palabras que actuamos: actores sonoros cuya sustancia son las palabras y que, inevitablemente, nos debatimos con ellas, nos la apañamos lo mejor que podemos para exponer nuestro pensamiento de manera clara, y que a veces los somos y otras no, a veces comunicamos a los demás de manera cristalina credos e incredulidades, versiones, inversiones y diversiones al crisol de esa misteriosa e inasible hidra que es el lenguaje, que a veces creemos equivocadamente poseer, a veces nos da el favor de la claridad meridiana y otras, el sentido simplemente se nos sustrae.

Pensamos con el lenguaje y quizá el lenguaje sea el pensamiento mismo, como han postulado algunos sabios. Nosotros, dueños de una actividad mental que, como un torrente, nunca se detiene aunque no nos demos cuenta, todo el tiempo pensamos y de toooodo lo que pensamos, sólo una mínima, ínfima, ridícula proporción es creativa, novedosa. Toda la demás masa de pensamiento nos lastima, nos enferma, nos neurotiza, nos vuelve absurdamente tontos y necios, o prejuiciosos (todo esto lo ha pensado con sorprendente profundidad el gran crítico George Steiner en un librito de sugerente título: Diez posibles razones para la tristeza del pensamiento donde se pregunta ¿cuánto de lo que pensamos no es más que un desperdicio?). Un torrente improductivo de pensamiento que tiene que traducirse a palabra hablada, ése es el debate del pensador que tiene que capturar, pescar, las ideas relevantes de entre aquellas que no lo son. Ay de aquél que se crea dueño de su pensamiento: como si éste a veces no fuera fatalmente esos hilos de la marioneta de los que hemos hablado. Los más eurocentristas han dicho que para pensar en términos filosóficos hacen falta los hilos de la lengua alemana o la griega, pero desde luego que a este prejuicio eurocentrista hay que darle el giro descolonizador y decir con absoluta certeza que —haciendo a un lado todo lo infecundo que hay en el pensamiento humano que crece como un cuerno retorcido que regresa a hincarse en nuestra propia piel— se puede pensar con los hilos de TODOS los idiomas del mundo: se puede pensar en español, en portugués, en danés, en náhuatl, en siciliano, etc, etc.

Yo sostengo que Marcelino Perelló murió de tristeza. Necesitaba a su yo radiofónico, ese personaje escabroso, terrible y tierno que podía ser. No era un porro verbal, como se lo llamó, sobre todo a partir de unos lamentables comentarios que lo hicieron infame. Era un maestro de la palabra que actúa. Una marioneta de su pensamiento a largos ratos infecundo y a ráfagas, precioso. Su sentido contrario, era, hasta donde yo creía percibir, su búsqueda gemebunda, errante, de sentido, él, el desencantado y desencantador. El de Marcelino Perelló me recordaba al espíritu gemebundo de Blaise Pascal. Marcelino también venía de las ciencias exactas y habitaba la interfaz de la geometría y el abismo de sentido de la palabra. Un espíritu geométrico y torturado, parecido a los dibujos tortuosos del pintor alemán Matías Grünewald.
Pascal decía en sus ensayos: “Si conocieras tus propios pecados, te descorazonarías”. Es decir, los desconocemos, pero a la manera de las marionetas, nos determinan. “Perderé corazón, pues”, decía Pascal. Se arrojaba al abismo del autoconocimiento. Lo mismo Marcelino, que se descorazonó a partir de autoconocimiento, el 68 también lo dejó descorazonado, de modo que lo que nosotros podíamos oír a través de la radio universitaria era la carcaza, por así decir, la coraza sonora, profunda y tenebrosa de sus palabras descorazonadas. Esto lo hacía, desde luego, alguien que no todo mundo estaba dispuesto a escuchar como no muchos están dispuestos a arrojarse a las páginas tenebrosas de los Ensayos de Pascal.

Pero también había razón, ternura y mucha poesía en esas palabras que resonaban solas en la frecuencia. Hemos hablado de pecado y de otras torturas que harán pensar a quien me lea en cristianismo y yo diría, no en defensa de Marcelino, que, al fin y al cabo, ya no lo necesita, lo que el filósofo Ernst Bloch decía en su precioso libro Principio Esperanza y que se aviene muy bien a las reflexiones que hacemos: “sólo un ateo puede ser un buen cristiano”. Marcelino marioneta, palabra que actúa, gran descorazonado a fuerza de vivir en un mundo sin corazón, era un gran razonador a fuerza de sinrazón, gran poeta a fuerza de anti poesía, genio aterrador que vociferaba como apóstol y, en términos generales, necesario Lado B, abismo insondable lleno de sentidos insospechados en la frecuencia universitaria.

Todo esto pensé frente a una marioneta que tenía la boca abierta…

imageCuando me llega el aroma de la tinta china sobre papel, yo me acuerdo de mi tío Ángel José Mora Suárez. Pensar en Ángel José es recordar cuando mis papás me llevaban a verlo a su espléndido estudio en la colonia Narvarte; estudio atestado de papeles y materiales artísticos en una gran confusión y no obstante, en un orden personal irreemplazable: habían muchos escritorios y restiradores, una iluminación natural espléndida que entraba a través de grandes ventanales, un piso de madera que crujía y resonaba al paso de una hormiga, habían pantallas de dibujo para animación, muchísimos dibujos en la pared, algunos enmarcados, algunos sostenidos apenas por chinchetas, en blanco y negro, a lápiz, a plumilla. Algunos  firmados por él, y otros, dibujos que le habían regalado sus colegas a lo largo de muchos años. Yo recuerdo, por ejemplo, el dibujo que me impresionaba más: un Batman firmado y dedicado a mi tío, nada menos que por su inventor, Stan Lee. O recuerdo un dibujo extraordinario a plumilla, y autografiado por el gran historietista español Carlos Giménez.

Mi tío nos recibía a mi hermano y a mí en su estudio para iniciarnos en el secreto del oficio del dibujante: el oficio del que tiene que realizar diez páginas de dibujo al día. Ese era para mí el oficio del ensueño. Nos permitía adentrarnos al estudio para despojar de misterio a su oficio: mostrarnos con el orgullo del que se sabe un maestro de su quehacer, que, en realidad, la maestría es el privilegio de la dedicación y que no hay gran maestría sin un gran amor. El dibujo producía entonces, como nos enseñó Ángel José Mora, amor por las cosas. Amor por la imaginación y por el trabajo. No había una mejor posición corporal para la iluminación que estar inclinado ante una hoja de papel, dibujando. Eso nos quedaba a mi hermano y a mí como enseñanza de oro, cuando regresábamos a casa a inclinarnos ante nuestros cuadernos.
Para llegar al estudio de Ángel José Mora uno tenía que subir al tercer piso de una casona a través de una escalera llena de pinturas de su autoría. Era un gran pintor con una visión plástica hermanada a la neofiguracion de Willem de Kooning o a las tortuosas figuraciones expresionistas de Chaim Soutine. En él el pensamiento plástico era indistinguble de su pensamiento gráfico y tuvo el buen tino de incrementar el imaginario popular, inventando un personaje de historieta, Chanoc, en el que no eludía la autobiografía: un héroe tropical, sin superpoderes pero armado de una ética grande, acartonada, cargada de moralejas un tanto insoportables, que pelea a brazo partido contra los cocodrilos dando oportunidad de realizar páginas de dibujo estupendas.

Ángel José Mora Suárez, como los grandes pensadores y como los grandes artistas, nos ayuda a contemplar el mundo de manera inteligente. En su obra hay un polen explosivo.  Quiero decir que no lamento su muerte porque vivió una vida plena y que se extinguió más allá de la octava década. El mundo no se hace menos luminoso por su ausencia, ni mucho menos: el fulgor de su propia estrella le sobrevive. Su obra es una invitación que se pueden aceptar o no, pero su tarea queda explícita: prender fuego a las vocaciones de los demás. Ángel José pegó fuego a la mía. A cada generación le corresponde formular sus propias preguntas y esbozar los ensayos de sus propias respuestas a sus problemas e inquietudes, de modo que toda despedida de todo gran artista o pensador es, al mismo tiempo, un saludo a alguien, que, como ellos, habrá de contemplar inteligentemente el tiempo de su propio mundo y hacer de su obra, un polen explosivo…

imageFriedrich Schiller decía que no hay porqué alabar lo que se hace por propio impulso. Es decir, que hay que alabar menos al voluntarioso que al inspirado. Pero José Luis Cuevas no creía en tal cosa como la inspiración: Cuevas no era un inspirado sino un poseso del trabajo. Ejemplo: los dos primeros días de 1973 Cuevas realizó 87 autorretratos. Alguien que crea a esa velocidad o busca eludirse en el trabajo o busca afirmarse. Un poseso tomado por la gran angustia de la auto-afirmación: el acto de creación de José Luis Cuevas siempre fue un acto de riesgo y su creación siempre fue pecaminosa. Si Dios creó el mundo, pecar significa crear lo que Dios ni siquiera ha imaginado. Pero el origen de la inclinación hacia el autorretrato en Cuevas hay que buscarlo menos en el narcisismo que en la admiración sin límites por Rembrandt van Rijn, que cultivó por décadas. Y es que formó su sensibilidad compleja al crisol del cine, la lectura y la tradición del arte, ¡Cuevas era un tradicional pero nunca un tradicionalista!

Poseía una gran imaginación literaria: todo lo que le ocurría, le ocurría hipertrofiadamente. Tenía una capacidad única para magnificar los hechos hasta lo inaudito: un gato de azotea se convertía en un tigre; una lagartija, en un dragón. El mínimo incidente doméstico se convertía en un naufragio universal; toda pérdida, en un Waterloo. Esa es la Dimensión tan característica de la monomanía de Cuevas: ahí encontramos la construcción de su propio mito. Thomas Mann decía acerca de Richard Wagner que éste quizá no era grande, pero, sin duda, sabía dar la impresión de grandeza. Lo mismo puede decirse de José Luis Cuevas. El instrumento para dar esta impresión fue la escritura. Durante años, en sus columnas semanales, donde Cuevas apuntaba “Yo”, quería decir “Yo, que soy grande”. Fue lector de todos los libros y escritor de todos las escrituras. Daba cuenta de su interior para crear las condiciones de recepción de su propia obra hasta confundir a un Cuevas con el otro: el Cuevas que actuaba y el Cuevas que creaba. Sus notas, completamente autobiográficas, tenían una enorme capacidad de irritar a los lectores por su humor sardónico y su irreverencia para hacer las afirmaciones más sorprendentes. Tenía, por cierto, un cierto delirio de persecución. Yo recuerdo aquella entrega en la que afirmaba que un misterioso emisario quiso comprar su talento con unos cuantiosos millones de pesos para que dejara de dibujar y de crear; era esta historia delirante una especie de identificación megalomaníaca con la leyenda mozartiana. Es debido a estas escrituras explosivas por las que Cuevas se convirtió en un personaje omnipresente en la cultura nacional —mal que le pesara a algunos— y fue, según mi criterio, que debido a estas escrituras Cuevas se convirtió en ese personaje accesible a los medios de comunicación que al final resultó tan grotesco. Él mismo lo decía: “la gente de mi país, conoce mi persona y desconoce mi obra.”

Afirmaba que su primer orgasmo le había sobrevenido mientras miraba el mural Katharsis de José Clemente Orozco, en el Palacio de Bellas Artes. Y, aunque reñido con el nacionalismo mexicano —que combatió con todo su talento e inteligencia— fue un admirador sin límites de Orozco. Desde luego, polémico y rápido para el asalto, Cuevas se impuso como uno de los grandes artistas de la Generación de la Ruptura y en alguna desafortunada ocasión, Cuevas, incluso afirmó: “la Ruptura soy yo“.

Yo admiré en José Luis Cuevas esa prohibición del acto de creación sin una autocrítica feroz. Poseía, a pesar de aparentar lo contrario, una insatisfacción permanente. Yo afirmo que con todos sus logros (la creación de su propio museo, un museo en el que pensó desde 1970) Cuevas murió insatisfecho de lo vivido y de lo creado.  Buscó con pasión hablar al tú por tú con los grandes dibujantes de Occidente: Rembrandt, Durero, Goya, Picasso. Estaba enamorado del blanco y el negro, amaba el sepia de los dibujantes. De hecho, el idioma de sus formas plásticas  se reveló merced al ácido del aguafuerte y a la fuerza tensa de la punta seca. También a la textura granulada de la litografía.
“El dibujo es el arte mayor, es el arte de la inteligencia” decía Cuevas. “Aboceto dentro de mí, humanidades que nunca antes hubiera imaginado”. El lápiz, la pluma, el pincel, la punta seca, el buril, eran sus instrumentos para hacer del mundo un pecado como un acto de creación. Producía en series, ese era un aspecto de su inteligencia narrativa. Inteligencia visual y programática no escindida sino complementaria de la escritura: páginas ensayísticas lo mismo de escritura que de dibujo.

Al final, Cuevas estuvo solo a fuerza de homenajes. ¿Es ese el triste destino de los artistas mexicanos? ¿Dejar de ser leído y verdaderamente visto a fuerza de ceremonias y pompas? Quizá.

imageAIÓN, pensar el pensamiento del arte es una serie radiofónica en 5 entregas que se transmitió por Radio UNAM con motivo de los 80 años de la emisora. La serie busca revisar los programas radiofónicos que en las pasadas décadas han tratado acerca de teoría, historia y crítica de arte plástico mexicano. Frida Zaldívar produjo la serie y yo me encargué de la voz y de los argumentos. Ambos realizamos una labor de selección y curaduría de entre más de 300 audios obtenidos de la Fonoteca Alejandro Gómez Arias de Radio UNAM y la Fonoteca Nacional. Algunos de mis entusiastas alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM nos ayudaron a prestar oídos a las muchas radiofonías y, desde luego, a tratar de enmendar, aunque fuera un poco, el lamentable ‘mal de archivo’ en el que se encuentra la mayor parte de los documentos sonoros.

AIÓN propone 6 tesis:

1. Cuando escuchamos algo entrañable por radio, no podemos olvidarlo, pero tampoco podemos recordarlo con nítida claridad.

2. Cada quien crea a sus propios precursores.

3. Hacer radio es hacer historia. Se hace historia y se la piensa a un tiempo. No hay tiempo que perder.

4. En el arte lo más insignificante es sagrado, ¡y el arte desborda a la historia!

5. La radio es una provincia pedagógica donde se cultiva la amistad y el pensamiento. El pensamiento tiene realidad.

6. La radio es un lugar de aparición. Lo que aparece es una imagen densa, apasionada, a partir de la palabra.
Vemos esta imagen con la imaginación y la imagen imaginada no es sino la expresión de que el sonido es el objeto de nuestras contemplaciones.

Aquí los programas y sus sinópsis: [Dé click en el enlace para ir al podcast]

Tentativa I

-Radiofonías y fantasmagorías: su redención

Kronos, Kairós y Aión

-‘Museos en el Aire’ de Raquel Tibol

-La ética, el combate y la voz radiofónica de Raquel Tibol

-Vlady como crítico de arte

-La Reflexión, la Razón y la Bondad

Tentativa II

“Cada escritor crea a sus precursores”, Ernesto de la Peña

‘México y su arte’ de Alberto Híjar

-Método y cacería de poéticas en un sistema-mundo

-Luis Argudín en ‘Galería Acústica’

-Hacer radio es hacer historia

Tentativa III

-La idea de Jorge Alberto Manrique

‘Crítica de las Artes’ de J. A. Manrique, Lelia Driben, Huberto Batis, etc.

-Inteligencia dialogada

-Andanzas radiofónicas de Manuel Marín: la 1º y la 2º Primera Bienal de Escultura Imaginaria, Galería Acústica, Todas las Vidas de Vasari

-Provincia pedagógica e imaginación vivida

Tentativa IV

-¿Cómo acercar lo audible radiofónico a lo que es visual?

‘Bastidor Acústico’ de Diego Ibáñez y Daniel Escoto

‘Cuaderno de los Espíritus y de las Pinturas’ de Otto Cázares

-Ni imagen ni sonido: la identificación de ambas

-La radio como el lugar de aparición de la imagen

Tentativa V

-Transformarnos en el sonido que escuchamos

-El olvido

-El sueño pedagógico: Universidad Radiofónica Internacional, URI

‘Centenario del Impresionismo’, traducción de Rodolfo Alcaraz

-La comprensión y la felicidad

-Lo que el Ser fue… a través de la radio

 

imageHay un libro de Soren Kierkegaard. Su título es Prólogos. Pero no vaya a pensarse que es una antología de los prólogos que escribió para libros de otros. Se trata, más bien, de una colección de prólogos que Kierkegaard escribió para libros que no existen; libros imaginados, libros que aún el filósofo no había escrito. Creo que esta es una idea poderosa. Dice el autor de forma muy simpática que llegado a cierta  edad uno cae en la cuenta de que no ha podido, por distintas circunstancias, escribir y publicar los libros que uno hubiese deseado; cayendo en cuenta de no haberlos escrito, Kierkegaard escribió, en cambio, sus prólogos.
Es desde luego encomiable haber escrito un libro (aunque hay que agradecer que algunas personas definitivamente no escriban libros). Pero sin duda, en el transcurso de escribir un libro se gestan decenas de nuevos planes para nuevos libros, de modo que podríamos preguntarnos, ¿qué es más valioso: el libro que se ha publicado y, que a pesar de todos los contratiempos está ahí, mejor o peor empastado y ya apilado en los libreros, leído, mal leído o quizás no leído? ¿O es más importante todo aquello que en el proceso de escritura se gesta, nace, es inquietud, posibilidad, afán de existencia? Seguramente las posiciones serían muy encontradas a este respecto. Que Kierkegaard escribiese los prólogos de los libros que aún no había escrito sería equivalente a que la orquesta sinfónica nacional, por poner un ejemplo, mandase a imprimir unos programas de mano que explicaran los movimientos y las circunstancias en que se creó una cierta 6ta sinfonía en re menor que no existe… pero aun así, se prepara el terreno de su recepción.

Pensémoslo durante algún minuto. Un prólogo, respecto al libro, puede parecer una insignificancia, pero se trata de todo un género literario. Octavio Paz y Jorge Luis Borges escribieron espléndidos prólogos para libros de otros, prólogos que luego fueron compendiados. Yo me sé casi de memoria el hermoso prólogo que escribió Juan José Arreola para los Ensayos de Montaigne en la colección de Nuestros Clásicos de la UNAM. O recuerdo los generosísimos textos, llenos de sabiduría y humanidad, que escribía Rafael Cansinos Assens para cada una de las obras de Goethe en la edición de Obra Completa de la antigua editorial Aguilar. Dice Kierkegaard de los prólogos: “los prólogos llevan la marca de lo incidental […], varían como varía la vestimenta. Unas veces son largos, otras, cortos; unas veces son atrevidos, otras, recatados; unas veces son pulcros, otras, descuidados; unas veces son pesarosos hasta casi el arrepentimiento, otras, confiados, casi indiferentes; unas veces no se les escapan las debilidades del libro, otras están devastados por la ceguera, o reparan en aquellas mejor que ningún otro; otras veces es como si el prólogo fuese el primer destilado de la producción […]”.

Yo quisiera hacer un ejercicio semejante al que hizo Kierkegaard y escribir un prólogo para un país que no existe. Pero no deseo hacerlo solo. Quiero pedir la ayuda de los que me escuchan para que escribamos juntos este prólogo. Una vez que lo tengamos listo, lo leeremos a través de este espacio radiofónico a manera de manifiesto y lo publicaremos en la revista Rúbrica de Radio UNAM. Este ejercicio de prólogo no quiere enmendar ninguna letra del texto corrupto del país arrojando chispas flamígeras. No se trata de un ajuste de cuentas personal o para soliviantar los resentimientos sociales, ni se trata de escribir una carta de peticiones, como se escriben las cartas a Santa Claus. Se trata de preparar el terreno de un país por venir. Sentar unas bases, unos fundamentos para el país que deseamos; formulaciones teóricas, sí, pero formulaciones discutibles, que será su mejor garantía de vivacidad: discutir unas ideas vivas y no unas ideas muertas. Con esto nos adelantamos al jurista y nos colocamos al otro lado, en la antípoda geográfica de los opinionistas políticos , que parasitan la realidad, se les paga por ello y en ello fundan sus vanidades.

Alguna reflexión merece esto último. Con frecuencia los prólogos de los libros que leemos los escriben los especialistas más autorizados en el tema de que se ocupa el libro. Pero creo que en este sentido, el que nosotros escribamos nuestro propio prólogo, aún sin ser politólogos, sociólogos, abogados o lo que fuere, hace de nosotros esta figura que hoy ya es tan polémica y que ha sido tan criticada por lo que tiene de heteronormado e incontestable, paladines del provecho propio, que es la figura del intelectual. Pero también quiero decir que la figura del intelectual la inventa Voltaire en el siglo XVIII y por intelectual queremos decir un metomentodo, un inconformista de primer orden. Voltaire metió las narices donde lo deseó con un talante combativo e irreverente, en su pluma afilada fincó su influencia y su prestigio. Pero en esta invención de la figura del intelectual que hace Voltaire hay algo que quizá se haya perdido en el tránsito y que de cuando en cuando, figuras entrañables como Jean Paul Sartre o José Revueltas nos recuerdan. Que no es la razón infalible del intelectual la que da luz, sino sólo su generosidad, la claridad con que fórmulan sus planteamientos (la claridad es precisamente la cortesía del intelectual, como decía Ortega y Gasset) y, finalmente, esa afirmación sorprendente que me hizo un alumno en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM mientras daba una clase acerca de Voltaire, que me dijo que Voltaire, como su personaje Cándido el optimista, en realidad no creen que vivan en el mejor de los mundos posibles y sin embargo ¡cultivan su jardín! El intelectual, por lo menos a la manera de Voltaire, se antepone a la realidad, escribe prólogos y no epílogos. No parasita la realidad, la crea.

Cultivemos, entonces, el jardín del mejor de los mundos posibles, que no existe. Escribamos, entonces, el prólogo de un país que no existe aún, pero que estamos ya formulando. Hagan llegar sus prólogos en un archivo word, no más extenso que una cuartilla al correo electrónico mediosyhumanidades@gmail.com con el asunto Prólogo de imaginación y su nombre completo y en un par de semanas, a través de de mi espacio radiofónico en Prisma RU de Radio UNAM daremos cuenta de cómo se construye nuestro prólogo conjunto. Una vez que haya recibido las escrituras de muchos de ustedes, haré una especia de collage, o ejercicio de cut-UP para tener una escritura conjunta. Leeré el Prólogo al aire el lunes 3 de julio, será la celebración artística y utópica de los prologuistas de un país que todavía no existe…