E1B8F4F6-BE0D-41A6-AE51-7E81AFE97B48Había titulado estas líneas “Leonardo y la historia económica” al crisol de la venta multimillonaria de la pintura Salvator Mundi recientemente subastada por la casa Christie’s de NY por 448 millones de dólares. Pero muy rápidamente rebauticé este comentario como “Leonardo se divierte” haciendo uso y abuso de la obra dramática de Víctor Hugo “El rey se divierte”. En ella, el rey que se divierte es Francisco I de Francia que se agasajaba con su bufón y se complacía tratando de halagar a Leonardo da Vinci para que dejara la corte Milán y se instalara en su propia corte del Palacio de Fontaineblueu, cosa que logró hacia 1516 . Leonardo se divierte es entonces el título definitivo de estas líneas. Se divirtió Leonardo cuando escribió las notas de lo que después de su muerte se publicó bajo el título integral de “Tratado de Pintura”, importante documento de literatura y pensamiento teórico del arte. En él, Leonardo dice: “debes procurar que tu obra dé la impresión de que estás vivo, aunque estés muerto”. Leonardo, que parece vivo a través de sus obras, murió en Francia y, según cuenta la leyenda, Francisco I, el rey gozoso, lo tenía tomado de la mano en su tránsito al más allá. Era 1519. Giorgio Vasari, el biógrafo de los artistas del Renacimiento italiano, escribió en 1550, es decir 30 años después de su muerte, que en Leonardo se daban cita todas las virtudes que pudieran encontrarse en un ser humano. A su descomunal talento comparable al del demiurgo habría que sumar una extraordinaria belleza física. Ahí comienza el gran mito de esa religión gentil que es el arte. Ahí comienza el Deseo de la historia y el deseo del coleccionista: poseer algo producido por las manos del más privilegiado de los seres humanos.

Leonardo da Vinci no dio nombre a sus doctrinas. El “Tratado de Pintura” es un compendio de notas y escrituras más o menos azarosas que algunos editores italianos realizaron poco después de la muerte del genio a partir de sus códices, eligiendo algunos pasajes significativos y arreglándolos en un texto uniforme que diera cuenta de una teoría de la pintura de Leonardo. Pero Leonardo pocas veces dio nombre a sus doctrinas, o pocas veces las trató como eso: como doctrinas. Leonardo se abstuvo –y eso hay que agradecerlo infinitamente— de nombrar a sus pensamientos doctrinas; sus pensamientos eran eso precisamente: su diálogo interior. A sus pensamientos dieron tratamiento de doctrina los editores del Tratado, Giorgio Vasari, pero después Jules Michelet en la “Historia de Francia”, Jakob Burckhardt en su “Cultura del Renacimiento en Italia”, y otros tantos más que le sucedieron.

Leonardo, cosa extraña, no dejo discípulos. O no de la altura que hubiera merecido porque ahí están Giovanni Beltrafio y Salaino, paliduchas sombras epigonales del maestro. Leonardo parece ser alguien que se lleva a la tumba sus secretos, como afirmó, con sobrada razón, S. J. Freedberg. Los discípulos verdaderos de Leonardo son no los que siguen a pie juntillas sus concepciones artísticas sino los que siguen su amplitud vocacional. Se proclamaron sus discípulos Pietro Testa —el verdadero mártir del arcoíris— y Marcel Duchamp, un Leonardo irónico, burlesco, algo así como Rossini respecto a Beethoven, Aristofanes respecto a Sófocles o Cervantes respecto a Ariosto. Duchamp y Leonardo fueron desmesuradamente inteligentes y, según mi criterio, hay algo que parece escapar a los estudiosos: la Clave irónica del reconocimiento. La intervención irreverente a un afiche de la Mona Lisa en la que Duchamp pinta un fino bigotito curvado, a la usanza de Dalí, y al pie de la imagen el acróstico LHOOQ que leído en francés dice “ella tiene el culo caliente”, es, desde luego, un mal chiste, pero al mismo tiempo es un reconocimiento dolorido a la figura leonardesca. Dolor de la fascinación. Una fascinación por la estética de sus dibujos, la estética maquínica. Las grandes obras visuales duchampianas el “Gran Vidrio” o la “máquina de chocolate” deben su formulación irónica a los dibujos técnicos de Leonardo.

En realidad, puede decirse que el discípulo de Leonardo es todo aquél con vocación a errar gozosamente por los motivos que conocemos y que desconocemos, como apuntó Paul Valèry en su visionario “Método de Leonardo”. Ariel Guzik es un discípulo de Leonardo, o Arnaldo Coen: todo aquél dispuesto a errar. En el texto muy hermoso y muy complejo de Valèry, el poeta sostuvo que el método artístico de Leonardo da Vinci estribó en encontrar relaciones entre las cosas o la ley de continuidad que se nos escapa. Y apuntó Valèry algo que atesoro en los pliegues de mi memoria: “Leonardo estaba hecho para no olvidar nada”. Un artista que, ante la evidencia del mundo y de la experiencia del mismo, quería encaminar a la razón. Medirlo todo, pensarlo todo. Medir las pasiones con un escalímetro: encontrar la ciencia exacta del rictus de la amargura en la boca. Fascinado por los rostros contrahechos, monstruosos, Leonardo podía perseguirlos por la ciudad de Milán hasta lograr contratarlos para que fueran a posar para él. Coleccionar lo mismo rostros que mediciones de la pasión destilada por las facciones.

Leonardo es, por lo tanto, la figura principal para un imaginado Tratado de las Vocaciones donde vocación es proporcional al amor. Leonardo, con su amor infinito, podía apasionarse tan intensamente por el movimiento del agua o por una máquina para triturar carne; procurar ingenios bélicos a César Borgia o encontrar la manera de envenenar melocotones. Nada de lo que comenzaba lo terminaba cabalmente. Sus pinturas se hallan a la mitad del camino. Sus pasiones, sus curiosidades, se superponían unas a otras en una secuencia de voluntades que se obliteraban, se anulaban entre sí. La rapidez que necesitaba para sus intereses mudables no estaba en la pintura, que le tomaba más tiempo en su realización, sino en sus cuadernos.
Ahí, en sus cuadernos, es Leonardo un logógrafo: inteligencia del mundo hecha dibujo y escritura. Su pensamiento hecho dibujo, en tiza o plumilla, se volvía la representación de la VERDAD imaginada, lo único que el intelecto riguroso puede encontrar. Todo epistemólogo honesto sabe que la realidad no existe, o mejor dicho, que la realidad no está dada: se construye. Como hizo Leonardo. Arte y conocimiento, entonces, se hacen sinónimos: conocer significa dibujar, dibujar significa especular filosóficamente. Dibujar es un movimiento de la mente pero también un movimiento del alma y Leonardo se da cuenta de que los principios científicos podían ser también principios pictóricos. La Solución al problema del conocimiento en Leonardo es que el arte es epistemología práctica y la pintura funda sus propias verdades. Decía Leonardo: “la pintura es cosa mental”, una actividad del intelecto, y el intelecto es el mejor órgano del cuerpo para amar: “quien conoce, ama bien; quien no conoce, ama mal” apuntó Leonardo en uno de sus códices.

La excelsitud artística frecuenta la especulación económica. La gloriosa concatenación que hace del pensamiento mundo, se convierte en Nada. Una Nada de 450 millones de dólares. ¿No dijo Marx que el plustiempo, el plusvalor son para la NADA? El pensamiento artístico se vuelve Nada. La Nada cuesta 450 millones de euros. Nada, pero Nada con mayúscula. Es la cantidad del producto interno bruto de tres países africanos juntos. Una Nada que es asunto de oligarcas rusos o autócratas de Medio Oriente. A mí el precio alcanzado de la pintura Salvator Mundi (bastante mediocre, por cierto, en comparación con otras de sus inacabadas creaciones) no me produce ninguna admiración. Es que no me producen asombroso las especulaciones económicas a nivel de estrategia geopolítica: comprar una pintura de Leonardo o de Van Gogh es el equivalente geopolítico de anexarse una isla o un amplio territorio, es decir, equivale a una mutilación o una anexión para el mapa político de la cultura, una fórmula, desde luego, menos sangrienta que una intervención bélica. “No es la riqueza sino la cultura el perfecto fruto del amor” decía hace dos mil años Ovidio. Leonardo, que inventó un mecanismo para volar, nunca pudo, en la realidad empírica, alzar el vuelo. Se equivocó porque emuló el batir de las alas de los pájaros cuando más bien, para volar, debió haber emulado a los papalotes y a su dulce resistencia del aire. Pero Leonardo fue el Dédalo que inventó el mecanismo de alas para que Ícaro, su hijo, se elevara hasta el cielo. La economía cultural y política es Ícaro, se eleva tanto que puede acercarse al sol pero éste derrite las junturas del articificio volador y va a estrellarse al duro suelo. Dédalo-Leonardo inventa el mecanismo de alas de la economía mundial, el mundo económico va eventualmente a estrellarse al pavimento, y como Francisco I, Leonardo sólo se divierte…

 

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“Una hoja caída del Libro del Destino, recogida en plena calle”
Cuadernos norteamericanos, N. Hawthorne

“El fuego obra su semejanza con el fuego”
Libro de las semejanzas, Edmond Jabès

13AFDA0C-292E-416A-9B99-A5EE600386F9Una vez tuve entre mis manos un vacío. Vacío para ser llenado de preguntas. Era un libro de hermoso título del poeta Edmond Jabès: En su blanco principio. Extravié mi ejemplar en alguna mudanza; ¿o quizás lo obsequié? No puedo recordarlo. No importa. Casi creo que podría reconstruirlo en mi mente. Ese libro perdido nunca está silencioso dentro de mí. Recuerdo principalmente dos ideas del libro de Jabès. La primera tenía que ver con la pérdida irremediable del —así, escrito con mayúscula: Libro. La segunda tenía que ver con el fuego. “Todo libro será hermosa semejanza con un libro perdido”, decía Jabès. Todo libro es reminiscencia, reflejo de otro: de un libro perdido. Había en este hermoso volumen —más hermoso cuanto más lejano, cuanto más perdido— otro verso que cito de memoria y que, por lo tanto, puede que no sea exacto (¿o es al revés? ¿Es más exacto aún por el efecto distorsionador de mi memoria?): “es la pregunta la que incendia el edificio”. Comienzo, por tanto, con una pregunta: ¿cuál es el libro perdido originario del que todos los demás son reminiscencia? ¿Existe algo de ese libro que permanezca? ¿Puede teorizarse? ¿Existe algo que se condense, que coagule como idea en el objeto libro y que eso, en tanto que idea, sea indestructible? En suma, la pregunta que da título a esta intervención es: ¿qué del libro sobrevive al fuego? ¿Sobrevive únicamente esa hermosa y metafórica semejanza con el Libro perdido de la que escribía Edmond Jabès? ¿Esa es la supervivencia que debería bastarnos o consolarnos? Abriré un horizonte de “semejanzas” de mano de un plexo metafórico del libro.

Las bibliotecas son la metáfora de la totalidad de lo experimentable (sigo aquí el planteamiento de Blumenberg en su hermoso libro La legibilidad del mundo). En las bibliotecas se encuentra, ¡claro!, todo lo que como especie hemos imaginado, deseado, repudiado. Se encuentra todo aquello por lo que alguna vez hemos estado fascinados aunque ya no lo estemos o ya no nos acordemos que lo estuvimos. Hay que entender a los libros como encarnaciones de lo experimentado. Coágulos de nuestros deseos, inquietudes y pasiones intelectuales. Todas las experiencias, cuando las leo, las incorporo a mi biografía: me convierto de algún modo en Aquiles o en Rāmā, en Lindoro, pero también en Maldoror si leo al Conde de Leautremont, o en el terrible juez Holden si leo a Cormac McCarthy. Ahí, en todos los libros, la experiencia del mundo está a nuestra disposición. Disponibilidad, por cierto, que no significa familiaridad con el mundo, como pensó Blumenberg. El que dispongamos del mundo en forma de biblioteca no nos garantiza que lo comprendamos. A veces, incluso, disponibilidad significa extrañeza.

Pero lo sabemos dolorosamente bien: esa colección de experiencias, ese infinito presupuesto puede perderse en un abrir y cerrar de ojos. Continuando la idea de Edmond Jabès: toda biblioteca es reminiscencia de otra. De una biblioteca perdida. Heinrich Heine decía que “al final, toda la humanidad se encarga de liquidar la gran herencia del pasado […] y que el gran Libro de la Vida estará hecho trizas rápidamente, o quizá antes por una bancarrota universal”. La bancarrota universal escribió Heinrich Heine. La bancarrota universal tiene una extensísima historiografía: abundan los libros de historia en torno a la destrucción de bibliotecas por incendios, saqueos, descuidos fatales: recomiendo el libro, informadísimo, de Lucien X. Polastron Libros en llamas, una historia de la interminable destrucción de bibliotecas que publica el FCE en una interesante colección de título Libros sobre Libros. La destrucción de una biblioteca puede ser accidental. O sistemática y bien pensada como la circunstancia de que Ibn Alás haya dejado intactos únicamente los libros de Aristóteles cuando prendió fuego a la infinita biblioteca de Alejandría. Las llamas de los libros se han alzado altas, como cuando los conjurados romanos prendían fuego al palatino. O como incendios forestales que vuelven rojas las noches y los días. Libro y fuego, más allá de una metáfora, son palabras contiguas. Lo supo muy bien Ray Bradbury. La bancarrota universal tiene algo de confirmación: arde el libro y el espacio vacío del libro se convierte en silencio. Siempre que leemos un libro deberíamos hacer sonar un aviso de incendio (aviso de incendio es la idea subyacente a las Tesis sobre el concepto de Historia de Walter Benjamin). Uno de mis alumnos, sabio discípulo, me dijo una vez: “no podemos deshacernos de nada del pasado sin que al mismo tiempo nos deshagamos de algo del presente”.

El presente psíquico está incompleto: nos hacen falta cien obras de Sófocles para pensarnos. Sófocles fue autor de 107 tragedias de las que sólo sobrevivieron al fuego, al botín y al saqueo 7 obras, que son fundamentales para pensarnos como especie. Sobrevivieron Edipo Rey y Edipo en Colono, Antígona, Elektra, Áyax y otras sin las que sería imposible hablar de nuestra estructura psicológica. Como dice Polastron: “donde un andamiaje del conocimiento se desmorona, quedan sólo registros”, huellas: quedan sólo cuatro códices, incompletos, para todos los conocimientos, profundísimos, de los mayas. Toda vida confrontada con la eternidad es irrisoria. Pero la vida es sagrada. Ninguna muerte ennoblece. A todos los lectores de libros nos sucede: a veces podemos sentirnos abrumados por la infinita cantidad de libros existentes. Basamos la autoridad de un lector, o de una biblioteca, en su abrumadora cantidad de libros conservados o leídos, pero yo opino que un solo libro puede ser el más importante. Un solo libro puede ser la más grande pérdida de una biblioteca o la más grande privación de un sujeto. Me refiero a ese Homero de bolsillo que Werther llevaba a todas partes consigo, y que, debido a su falta, le sobrevino, inminente, el derrumbe, la bancarrota personal. En efecto, en cuanto el desdichado Werther perdió su Homero (y comenzó a leer a Ossián) recibió los revólveres cargados, listos para dispararse. Ese único libro era quizás su frágil sustento. (¿Era La Ilíada o la Odisea? Goethe nunca nos lo dice).

Hay estudiosos del libro (como Leo Löwenthal y Gerard Haddad) que equiparan a los libros con los hombres. Quemar un libro equivale a matar a un individuo, amputar su experiencia. Mendel el de los libros es un relato de Stefan Zweig acerca de un lector que sólo se condensa en la lectura: “leía —apunta Zweig— con atención sagrada”. Mendel era un catálogo viviente de todos los libros que hasta sus días se habían publicado. Especie de Prometeo encadenado de los libros que siempre estaba sentado a la mesa del café Gluck; magneto espléndido que atraía hacia sí a todo el mundo ilustrado que deseara conocer algún dato bibliográfico. Mendel no se da cuenta de nada (“leyendo como si rezara ¡no como un profano!”). No se da cuenta de que su país está en guerra, de que se persigue a los suyos. Hasta que un día llegan por él para llevárselo a un campo de concentración. Mendel hubiera querido seguir leyendo camino al campo. Interrumpir a un lector que lee como si rezara es cómo “llamar a una puerta cerrada”. Mendel es la biblioteca humana que se derruye. El edificio de su persona libresca cae: se vienen abajo ladrillos memoriosos, caen los archiveros. Cae la memoria. Pregunta Zweig: “¿Para qué vivimos si el viento tras nuestros zapatos ya se está llevando nuestras huellas?”. Me pregunto entonces, ¿qué se pierde exactamente cuando muere un gran lector? ¿Es menos doloroso que la pérdida de una biblioteca? Y en ese orden de reflexiones, ¿qué ocurre con alguien termina de leer la Comedia Humana de Balzac? ¿Qué ocurre cuando muere el lector de la Comedia Humana? No me refiero a lo que el lector ha logrado obtener en términos de erudición y conocimiento del mundo, me refiero a la transformación, pues, ¿de qué sirve leer libros si no nos transforman? En suma, ¿qué de lo leído permanece en el interior de un individuo? Vuelvo a Edmond Jabés (escribo de memoria): “ […] Somos, de cada libro, la vivida muerte de un solo libro”.
Hay que leer libros como si se los mirara o bien a través de un microscopio, o a través de un telescopio. Shakespeare extrajo más de las Vidas Paralelas de Plutarco que toda la academia inglesa en 390 años de estudios y publicaciones, como nos hizo entender Harold Bloom en sus reflexiones. Un solo libro bastó para el infinito. Shakespeare leyó a Plutarco con microscopio. La biblioteca entera de miles y miles de ejemplares de Alfonso Reyes está en su Obra Completa. Es decir, que el infinito o el límite del libro no está tanto en el texto como en el lector. El infinito está en los ojos, no en las letras. Según mi criterio hay que entender a la lectura como una operación de Tormenta e Ímpetu.

Vino septiembre con sus tres sismos y sus 40 mil réplicas. Septiembre produjo pérdidas irreparables pero también trajo consigo despertares insoslayables, éticos y políticos. Ahora haré frecuentar dos ideas: la idea del libro caído de los anaqueles y mezclado con los escombros, y la idea del lector superviviente, el lector que roba libros para sobrevivir. Entonces podré dirigirme hacia una posible conclusión.
Hay libros escondidos en la espesura de las bibliotecas, afirma, con mucha razón, Polastron. Hay libros que están ahí, a ojos vistas, sobre el anaquel, pero nadie los toma, nadie abre sus páginas y así el libro puede permanecer intacto por meses o años viendo cómo sus vecinos de anaquel son consultados y despertados a la manera de los oráculos. ¡Pobre libro!: queda ahí, escondido en la evidencia del anaquel. Y hay, ¡claro que los hay! libros no leídos en la estantería: pueden pasar años para que esos libros encuentren a su lector y, como apuntó George Steiner que ha escrito sobre estos temas, el libro no tiene ninguna prisa: tiene prisa el lector que está ávido de nuevas lecturas, pero el libro puede esperar décadas a su lector. Hay libros que han esperando siglos. Hay libros que aún lo esperan.

Este septiembre, los libros de mi biblioteca que no cayeron de los anaqueles registraron el movimiento ondulante de los muros. Quedaron como ondulaciones muy curiosas de ver. Al caer yo imagino que los libros expulsan sus contenidos a la manera de un agitado refresco de gas: mi Voltaire caído, por ejemplo, libera a su autor de La Bastilla, de la que fue inquilino un par de ocasiones. Marco Polo, el viajero de levante, imagino, interrumpe su dictado de maravillas a Rustichello todos los 19 de septiembre. Se remueven los estantes de mi biblioteca y mi libro Metafísica de Aristóteles se pone a recordar cuando era pergamino en Al-Ándalus y decía su sabiduría en árabe. O recuerda cuando estuvo en medio de las altísimas llamas de fuego que llegaban al cielo en el incendio de la biblioteca de Alejandría del año 640. O de las páginas de mi ejemplar caído de Las Leyes de Platón se liberan los que permanecían en cautiverio dentro de ese extraño Sophronisterion, especie de sanatorio mental donde se inoculaba filosofía socrática a los desadaptados sociales: la policía de este sanatorio social, que es el Consejo nocturno, se hallaría liberado de las páginas amarillentas de mi libro, y si otro hubiera sido el llamado de la fortuna en mi edificio, Consejo nocturno y desadaptados sociales platónicos se hallarían entre los escombros. ¿Cuántos libros quedaron sepultados en el septiembre sísmico? ¿Y a los libros sepultados quién los rescata? ¿Qué brigadas de rescate hay para los libros que quedaron debajo de los escombros? ¿Dónde están las brigadas de rescatistas bibliófilos? ¿Donde está la labrador Frida que olisquee a un Saint-Exupery quejumbroso? ¿Quién pide un minuto de silencio por los libros perdidos? ¿Donde está el Max que busque el tiempo perdido de Proust y al barón de Charlus? ¿Es Cosette quien más se queja y lanza resoplidos debajo de esas pilastras caídas y ni la fuerza descomunal de Juan Valjean sostiene esas trabes? De esta caída ni el César Birotteaux de Balzac se levanta (por cierto que Carlos Fuentes decía que todo lo que sabía de Derecho Internacional lo sabia del Birotteaux de Balzac, ¿ven la importancia de rescatar este libro?). ¿Quién pide silencio con el puño levantado por el Conde de Montecristo que, opulento y todo, cree que tiene que escapar de nueva cuenta del Castillo de If tomando al sismo por lo que antes fueron aguas tempestuosas? En fin, que en los libros es donde la imaginación se hace concreta. Si la imaginación escapa de las páginas que la contienen, ¿se escucharán por toda la ciudad las cadenas arrastradas por el Fantasma de Canterville? ¿O se escucharán los balbuceos de los ignavos provenientes del vestíbulo del Infierno de Dante? Si todo se viene abajo, entonces las Aves de Aristófanes gorjearán debajo de las losas y ya no interceptarán las plegarias que los hombres elevamos desde la tierra; sólo Plutón estará contento, pero impávido, de vivir entre escombros con su esposa Perséfone. Quizá la madre de ésta, Deméter, que busca a su hija en la superficie de la tierra, pueda integrarse a una brigada de búsquedas bibliotecarias.
Me parece que hasta ahora comprendo cabalmente eso de la cofradía de los consepultos a quienes el filósofo Soren Kierkegaard dedicó su libro Concepto de la angustia. Así llamaría yo a los brigadistas encargados de exhumar libros: la cofradía de los lectores consepultos, y es que pienso en los libros sepultados, que, con todos sus personajes, forman algo así como una República de las Letras bajo los escombros. Hay que rescatar libros y celebrarlo con muchos y sonoros vítores como cuando se rescató a personas, loros, tortugas, perros y gatos.

Michel de Montaigne decía que cuando estaba enfermo era cuando más le valía andar a lomos de caballo. En esta época sin caballos pero sí con enfermedad, el caballo es el libro. Nosotros que llevamos el estreptococo sísmico deberíamos asirnos a los lomos de un libro cabalgante. Y el libro, cualquiera que éste sea, no es un libro cualquiera: es mi libro, mi mejor consejero, mi amigo. El amigo que he escogido y que me ha escogido a mí. Tendremos un amorío eterno, aunque él préstamo bibliotecario sólo dure una semana. O dos, o tres semanas de eternidad, porque el amorío puede alargarse con el empecinamiento insensato del amante necio. Quienes se han formado en una escuela o en una facultad, pero además se han formado al calor sofocante de una biblioteca pública, saben que Leonardo da Vinci tenía razón cuando decía que “quién sabe, quien conoce, puede amar bien; y quien no conoce, ama mal.” Leer a Montaigne es menos leer que conversar. Leer a Benjamin es menos leer que volver a configurar. Leer a Novalis es menos leer que imaginar. Leer a Hölderlin es menos leer que amar.

Todo libro es nutritivo. Ha habido náufragos que literalmente se han alimentado de las páginas de un libro y así han sobrevivido hasta ser rescatados. José Vasconcelos, tan polémico, despenalizó el robo de libros por considerarlos de primera necesidad para la supervivencia humana. En mi caso particular, mi carrera como ladronzuelo de libros terminó muy pronto. Me descubrieron robando unos libros de cómics cuando era sólo un niño en un Sanborns. Y resultó todo tan embarazoso que nunca más volví a robar algo. Pero si hubiera de robarme unos libros para sobrevivir, me robaría unos cuantos clásicos y me alimentaría de ellos debajo de los escombros. Leería a Ovidio, a Montaigne, a Balzac, a Benjamín, es decir, leería a aquellos a los que suelo acercarme cuando no tengo escombros sobre la cabeza, eso quiere decir, quizás, escojo bien a mis autores. ¿Tú, a quien leerías si formarás parte de la cofradía lectora de consepultos?

¿Qué sobrevive a un libro en llamas? La inquietud, desde luego. “Cerca de donde se cree cercana la verdad anda también el dolor” decía Hans Blumenberg, y yo creo que la verdad anda cercana a las bibliotecas. La Segunda Intempestiva de Nietzsche es probablemente la invitación más hermosa y elocuente del olvido reparador. Pero ningún texto alivia mi inquietud por la cultura fantasmática, la cultura que ha desaparecido. Siempre imagino las porciones enormes de lo perdido. Me niego a pensar que la destrucción es un mito primordial de la regeneración. Según mis principios no es la destruccion el aparato digestivo de nuestra condición indigesta. Herder decía “que nada de la vida quede borrado”. Tiene razón.
La historia del arte que amo, la que más me gusta no es la de un historiador del arte sino la de un poeta: es la historia del arte que aparece en los Cantos de Ezra Pound. Ahí, Roma es incendiada y humea al mismo tiempo en que se construyen Cartago y Florencia; Piero della Francesca pinta al tiempo en que Napoleón emprende su campañas a Egipto. Se trata de una historia del arte poética más diacrónica que cronológica. Da cuenta del complejo entramado temporal; es la ausencia y la presencia, la construcción y la destrucción, el fuego y su semejanza: el fuego. Miguel Ángel sigue pintando los techos de la capilla en presente y también in illo tempore, al hilo del tiempo. Hokusai sigue dándonos la imagen de una ola en el tiempo, pero también sustraída de él. Toda supervivencia, o toda pérdida, también hablan en presente. Los millones de libros que aún nos quedan señalan el lugar donde hay un libro ausente. El espacio vacío es la imagen del libro originario.

Esto es lo que creo que del libro sobrevive a las llamas: la sombra de un libro que, como todos los libros, trata exclusivamente acerca del alma humana y que de ser escrito sólo podríamos poseerlo por un poco de tiempo… en suma, la historia de cualquier libro.

* Leí este texto en el coloquio “Páginas extrañas, mórbidas o crueles que se llevó a cabo en el Anfiteatro Simon Bolívar del Antiguo Colegio de San Ildefonso el 10 de noviembre de 2017.

 

 

imageMe proponía escribir un ensayo entusiasta de lector agradecido acerca del librito A mí, señoras mías, me parece… Treinta y un relatos del Palacio de Fontainebleau de la escritora Florence Delay. Por el tema y por su forma narrativa me apropié del libro de Delay como uno que escuchara una cierta melodía y no pudiera ya sacársela de la mente. mí, señoras mías, me parece son treinta y un relatos explosivos como aquéllos con los que Francisco I hizo estallar los macizos rocosos de los Alpes en sus campañas a Italia. No abunda la literatura sobre el manierismo francés que, en las primeras décadas del siglo XVI, es una completa invención italiana. Mi intención mudó de forma. No intentaré describir lo que de enciclopédico hay en el librito de Delay, algo, por cierto, muy por encima de mis alcances, sino en cierto modo parasitarlo, esto es, habitarlo, nutrirme de él, fagocitarlo en suma para quedar irremediablemente anillado a él, que es, en última instancia, la experiencia sagrada en la que el lector sublima su deseo de “haber escrito ese libro” y haber llegado demasiado tarde.

Como el cazador Acteón que entrevió la desnudez de la diosa Diana entre la espesura del bosque, así, en las frescas campiñas y roquedales del Valle del Loira, podía verse, a principios del siglo XVI, a un séquito real de cazadores del rey Francisco I de Valois al acecho de ciervos de majestuosas cornamentas. En las inmediaciones, para descansar de la cacería, se alzaba el viejo Palacio de Fontainebleau. La narración de Florence Delay toma la arquitectura del viejo palacio como su escenario, y las figuras que en él habitan –a la manera de los frescos del Rosso o de Primaticcio– desbordan sus marcos, de modo que lo que ahí leemos es el cataclismo o la inundación castálida de los bordes que las contenían. A las figuras pintadas de los ciclos de frescos, o a las talladas en estuco, se les insufla ánima y aliento: figuras pintadas o talladas son las protagonistas de los relatos, dotados con movimientos voluntarios e inclinados, por naturaleza, al acto erótico. Figuras del deseo. Deseo hecho de materia plástica. Leer en Delay significa escuchar: tienen las frases de su escritura la sonoridad con que los cortesanos encontraban deliciosa la licencia del relato erótico hablado. Recitado entre suspiros. Irreprimible, es como si el relato fuese apenas bisbiseado al oído de un amante después de una escaramuza amorosa, y en el letargo post-coital, el pensamiento deambulara por las cámaras palaciegas del mismo modo que la corte ambulante de Francisco I galopaba en tropel tras la desnudez de Diana por los bosques.

En realidad, Francisco I no emprendió las modificaciones al castillo del Loira sino hasta 1528 y con esto dio inicio el manierismo francés. Para Florence Delay —como para cualquiera que se acerque a estos temas— una de las fuentes bibliográficas la encontró en los estudios de Anthony Blunt, aquél historiador del arte inglés y espía del régimen soviético, poseedor de una erudición sin fin y que John Banville hizo protagonista de su novela El intocable. Los trabajos de remodelación del Palacio —nos dice Blunt— corrieron a cargo del maestro Gilles de Breton y del tallador Scibec de Carpi. Habrá que esperar, sin embargo, la llegada del Rosso Fiorentino y, un poco más tarde, la de Primaticcio, para concebir la gran reforma manierista del Palacio de Fontainebleau, sobre todo con la gran Galería de Francisco I y la Cámara de la Duquesa d’Etampes, cuya parte superior remozada de estucos y pinturas debió impresionar a Delay hasta imponerle su forma narrativa, como hemos apuntado.

Bajo el reinado del más ovidiano de los monarcas, Francisco I, la Renascentia Romanitatis se vive de manera intensa en la Francia de principios del siglo XVI. Francisco I nació en Cognac debajo de un árbol y en los retratos que de él permanecen habita una mirada inteligente y sensual: voluptas que no logró capturar Tiziano pero sí Clouet. Galante hasta su muerte aunque al final de sus días tartamudeó. Vigoroso y poseedor de una gran nariz, como Ovidio, circunstancia que no le hizo mala publicidad ya que en su reino la nariz estaba en proporción directa con el tamaño del pene. Murió sifilítico. Hay una legendaria historia que lo emparienta en destinos con el final de Hércules puesto que –se cuenta— un marido celoso contagió de sífilis a la bella Ferronière quien, amante del rey, le transmitió el Mal del Fuego (relato es éste semejante al de la simbólica interior de los destinos conjuntos del centauro Neso, Deyanira y Hércules). Ni siquiera el tratamiento a base de píldoras de mercurio que le recomendó Barbarroja pudieron valerle de algo. La Salamandra fue el símbolo de Francisco I pero, ¿no debió haber tomado el del “animal de dos lomos” como algo de suyo más característico? El Palacio de Fontainebleau, en el valle de Loira, fue, según mi opinión, la auténtica Abadía de Thélema donde se jugó con frecuencia “al animal de dos lomos”, emblema irreverente inventado por Alcofibras Nasier, autor de Gargantúa. Nasier sólo más tarde de 1540, es decir, ocho años después de la publicación del Primer Libro, dio a conocer su verdadera identidad: François Rabelais, que utilizó el anagrama de su propio nombre no sin razón puesto que sorbonistas y otros protectores del dogma pedirían con certeza su blasfema cabeza en un cesto o sus bien asados miembros a la vista de una plaza pública.

imageNo son pocos los que han vinculado la rabelaisiana Abadía de Thélema con el satanismo. Hay algo qué decir al respecto. Ha señalado Lucien Febvre en un interesante libro, fuera ya de toda circulación El problema de la incredulidad en el siglo XVI: la religión de Rabelais que claramente, el escritor no creía en ningún Infierno; Rabelais —apuntó Febvre sugerentemente— sostuvo, más bien, el “Credo de la Incredulidad”. Comoquiera que sea, en el primero de los cinco libros de Gargantúa y Pantagruel aparece la Abadía de Thélema como una recompensa al Hermano Juan por su destacada participación en la inventada “guerra pricocholina”. En la Abadía había una inscripción: AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS. Es la abadía espacio idóneo donde la flor erótica puede crecer en plena libertad y el turgente fruto que de ella puede nacer es Humanismo que bebe de las fuentes grecolatinas. Es Thélema también prólogo del anarquismo. En Fontainebleau, empero, la única anarquía es la del Rey. Francisco I fue la personificación de Thélema: amó, deseó, hizo su voluntad. Querelló a Carlos V durante toda su vida desde que ambos buscaran la Corona Imperial y el Valois la perdiera ante los electores. En dos ocasiones Carlos V desafió al voluptuoso rey a sostener un duelo cuerpo a cuerpo, tiempo después, incluso, de haberlo mantenido prisionero en Madrid tras del fiasco de Pavía (1525), la humillación del Tratado y la posterior negociación que hizo cautivos por cuatro años a dos de los hijos del rey galante, canjeados en prenda por la libertad del padre, como también narra Delay con gran elegancia y economía. No es curioso, pues, que durante el alegre reinado manierista de Francisco I, el libro más vendido fuera Gargantúa y Pantagruel tan sólo después de la Biblia y La imitación de Cristo de Tomás de Kempis. Y Rabelais mismo se encargó de fustigar a sus censores diciendo: “han vendido los impresores más ejemplares [de Gargantúa] en dos meses que Biblias se comprarán en nueve años” (Lucien Febvre).

Francisco I, entonces, tuvo dos bufones: Triboulet y Alcofibras Nasier. Con el tiempo, Triboulet se convirtió en Rigoletto, merced al genio de Verdi. Alcofibras se convirtió en Rabelais. Ambos hacían que el rey se divirtiera. Blunt llega a afirmar que no hay en la Francia de este periodo artista plástico a la altura de Rabelais. No estoy de acuerdo. Tampoco Florence Delay.
Del mismo modo que Gargantúa nace a los once meses festejando la fornicación durante la gravidez (para la que el ingenioso Alcofibras Nasier acuña la palabra “fornijoditrincar”) la iconografía de las pinturas anónimas de la Escuela de pintura surgida del Palacio de Fontainebleau busca, al mismo tiempo, el erotismo infecundo y la sexualidad reproductora, el placer y el deber. Ambas se simbolizan en el motivo del pezón pellizcado de la anónima pintura Gabriela d’Estrées y una de sus hermanas. Apunta deliciosamente Delay: “La duquesa de Villars comprime el pezón de Gabriela d’Estrées para anunciar que de él manará leche, que está embarazada del Rey. […] Y sin embargo… el desencanto del sentido pasado sigue siendo turbador. Dos hermanas que no fueran hermanas. En la vía láctea del cuerpo sus ojos carmín me interpelan todavía. La turbación en que nos sume una imagen desafía el sentido”.

Las figuras de la pintura de la Escuela de Fontainebleau despiertan con los rayos afilados de la pluma de Delay. Despertar esas figuras significa fundamentalmente excitarlas: que el coño nunca quede tieso por los embates masculinos sino, más bien, hinchado como pétalos carnosos por caricias femeninas, mimos de Calisto, ternezas lésbicas. En lacaniano puro el manierismo es > maternidad > manera> amaneramiento. Manierismo, entonces, es el arte feminizado, refinadísimo. Plagado de destellos oníricos de cualidades cromáticas metálicas, como en la pintura de Rosso Fiorentino. La vida del Rosso la leemos en Vasari y su biografía introduce una angustia inusitada a la filosofía de la vida de artista: su espíritu de inquietud rápidamente le hizo levantar suspicacias sobre todos los maestros florentinos que podían transmitirle la retórica de la pintura. No estudió Rosso, en realidad, con ninguno. Aprendió, por lo tanto, como aprenden algunos mercenarios que en plena batalla aprenden a usar las armas. Al final de sus días, ya como el gran Maestro italiano del Palacio de Fontainebleau, carcomido por su angustia, Rosso se suicidó después de acusar de robo a un viejo amigo. Rosso, con razón, es el fundador de la mirada inquieta en pintura. Inventó las figuras desbordadas: esa amalgama tan particular del Palacio de Fontainebleau que aúna las figuras de estuco y las pintadas. Figuras serpentinatas con apariencia de ectoplasma —como dice Blunt— con una inigualable languidez de la pose. Primaticcio, por su parte, llegado al Valle de Loira algunos años después que el Rosso, pintó la hoy destruída Sala de Ulises. Un amaneramiento ultrasubjetivo es el de la dupla Rosso-Primaticcio y por medio del cual se hacen dueños de su realidad plástica. Ahí donde el relato de Primaticcio termina en Vasari o en Delay, puede continuarse con Dumas en su colección de Pintores del Renacimiento, donde vemos a Primaticcio atrapado como un ratoncillo en la trampa pegajosa de las intrigas palaciegas.

El manierismo francés desborda los marcos con mascarada erótica-festiva. En este desfile erótico los senos son emblemas, es decir, teorías completas en miniatura. Se han perdido los manuales de emblemática que contenían su lectura e interpretación pero nos ha quedado el furor divino de los senos turgentes como Odas al pezón con que nos obsequia Florence Delay. Hay, en efecto, obsesión con los senos en el manierismo: Bronzino y la escena incestuosa Cupido-Venus, Tintoretto y la Vía láctea o Rosso-Primaticcio-Clouet en numerosos ejemplos; después, sus discípulos, los pintores anónimos de la Escuela de Fontainebleau que no firmaron sus cuadros por una inexplicable invasión de pudizia.

Para narrar el manierismo Florence Delay se convierte en manierista. Y el núcleo narrativo de su manierismo es —como en el imaginario de esta Escuela de pintura— Diana en todas sus manifestaciones: como diosa cazadora, como diosa virgen y sensual de la que avizorar la desnudez no quedará sin metamorfosis punitiva, o como diosa seducida por las ternezas de lesbia. Y todas estas dianas se acrisolan en la figura de Diana de Poitiers, madre y hermana simbólica, además de tierna amante del torvo y melancólico heredero del trono francés, Enrique II. El beso de la madre Diana despierta al niño Enrique a la adultez, y, cuando adulto, una hermana-consejera Diana lo espera en el lecho con “el coño cocidito y confitado”. Cuando Francisco I (que según el relato tenía tomado de la mano a Leonardo da Vinci en su lecho de muerte) en su propia hora agonizante, tartamudeando, previno al rey Enrique II: “no dejes que el reino sea llevado por una mujer”: él, Francisco I, cuyo reino fue feminizante y, por lo tanto, civilizatorio, a aquél, Enrique II, que muere atravesado, feminizado, el príncipe torvo cuya visión de muerte en combate festivo vio Nostradamus en el reflejo del agua. Margarita de Navarra atraviesa la narración como un cometa. Es la Dama blanca: útero, seno ubérrimo, Madre del Renacimiento francés según Jules Michelet, autora del Heptamerón, versión francesa del Decamerón de siete días en el que se apunta: “¡Infeliz la que no preserva cuidadosamente el tesoro que le hace tanto honor cuando está bien guardado y tanto deshonor si continúa conservándolo!”. (La Reforma, Will Durant)

 

 

DBA35C97-0A9B-4B5D-81A4-0D1412091F56Breve justificación (aunque Ovidio no la necesite):
Tenemos dos milenios leyendo a Ovidio. Este otoño se cumplen dos mil años de la muerte del poeta latino, que murió en medio de un achaque de melancolía. Tenía nueve años de haber sido exiliado de Roma por el emperador Augusto, destinado a vivir entre bárbaros en la triste región del Ponto Euxino. ¿Castigaba de esta forma el Emperador la osadía del poeta de conseguirle amantes a su nieta?
En el año 17 d.C. murió el más profundo memorioso de los mitógrafos latinos: el sorprendente autor de Las Metamorfosis, ese libro infinito que no deja de despertar la imaginación de quien se acerca a sus páginas, pozo inagotable para pintores, grabadores, músicos y dramaturgos, amén de haber arrancado incontables suspiros a los amantes de las más altas letras.
Moría también en la más atroz de las soledades el gran Maestro de Amor: el erotómano, estratega de la milicia amorosa que prendió fuego al pebetero del eros romano, pero también el que con extensa humanidad cobijó a los corazones malheridos por las flechas afiladas de Cupido.

Ovidio, poeta, mitógrafo, origen de toda idea de poesía y mito, referencia de todo humanismo. Es necesario, más que nunca, hablar de él y recordarlo a dos mil años de su muerte. Hablar de una civilización, la Occidental, que en la Antigüedad leyó y aprendió del Maestro para luego dejarlo morir en la más atroz de las soledades. Más tarde, durante la Edad Media, la civilización se sintió avergonzada y culpable de las enseñanza ovidianas y las integró, edulcoradas y moralizadas, a un programa sistemático de deserotización que dejaron vivir como curiosidad sólo porque les recordaba el Cantar del rey Salomón. Después, la civilización volvió a amar al Maestro de Amor colocándolo en el cénit del cánon del Humanismo durante el Renacimiento, y ahí permanece como referencia y anhelo del pensamiento de “las letras más humanas”.

Ovidio, leído y visto al crisol de dos milenios es tema de tres charlas que tendrán lugar durante paseos los Sábados 4, 11 y 18 de noviembre de 10:00-12:00 hrs.
Charlas ambulantes por jardines y parques de la Ciudad de México para recordar, profundizar y cultivar una amistad ovidiana.

Paseos:

Primera Charla ambulante.
Dos mil años de leer a Ovidio.
Caminata por Mixcoac. (Parque Jáuregui. Plaza Irineo Paz. Parque Hundido. Parque Tlacoquemécatl)
Sábado 4 de noviembre 2017.
10:00-12:00 hrs.

Segunda charla ambulante.
Tejer y destejer el amor: El Ciclo completo y las Cartas
Caminata por el Jardín Botánico de la UNAM
Sábado 11 de noviembre 2017
10:00-12:00 hrs.

Tercera charla ambulante.
La plenitud plástica de las metamorfosis. Las Metamorfosis y los Fastos
Caminata por la Primera y la Segunda Sección de Chapultepec
Sábado 18 de noviembre 2017
10:00-12:00 hrs.

Costo de recuperación: $1000.00

Se aparta el lugar realizando el depósito de inscripción antes del comienzo de las actividades. Favor de enviar por correo electrónico el comprobante de pago.

El costo de recuperación no incluye las entradas a los jardines.

Realizar el depósito en:
Cuenta Perfiles de Banamex 321/ 6336533
A mi nombre: Otto Cázares Fernández
CLABE interbancaria 002180032163365332

Para mayores informes:
mediosyhumanidades@gmail.com

 

52CC3D12-EAFB-4CF3-B3BF-0F9285860589Terencio es un nombre que puede decir muy poco a algunos. A otros puede decir mucho. Para los primeros, Terencio fue un poeta romano que escribió algunas comedias hoy más bien para interés de especialistas y es, junto con Plauto, el seguidor de las enseñanzas bufonescas del comediógrafo griego Aristófanes. Terencio escribió una comedia divertídisma, muy compleja puesto que es una comedia de enredos, El que se atormenta a sí mismo, que a mí me sigue divirtiendo enormemente. De Terencio hay una frase que a mí me gusta mucho y que puede encontrarse citada en diversas fuentes. La cita Thomas Mann en el Doctor Faustus y se la encuentra en cualquier compendio de citas latinas. Terencio decía que había que realizar las cosas más absurdas de la manera más razonablemente posible.
Hacer las cosas más absurdas razonablemente es la consigna del clown, del bufón pero también del utopista. Hubo en el lejano siglo XVIII un misterioso pintor italiano que se hacía llamar Desiderio Monsú. Mucho se ha discutido acerca de la verdadera identidad de este pintor. Hay quienes sostienen que bajo este nombre se ocultaban tres diferentes artistas con una misma visión. Comoquiera que sea Desiderio Monsú pintó escenas terribles, terroríficas de terremotos y caídas de ciudades. Como la caída de los gigantes mitológicos las ciudades en sus pinturas caen como cíclopes o como titanes. Sin duda Monsú pintaba las cosas más absurdas razonablemente.

Para el que escribe o el que dibuja, afilar los lápices es una acción análoga a cuando Zeus afilaba los truenos para poblar el cielo. Bien visto, afilar los lápices es también una empresa absurda que debe acometerse de la manera más razonable. Salvar un amor que se cree perdido es una absurdidad razonable. Pero cuando creíamos que nos habíamos envilecido tanto que ya no nos conocíamos, y éramos, en nuestra percepción, unas almas indolentes, de repente, la tierra se remueve como un gigante en su cama y el absurdo ocurre: la destrucción que desvela las corruptelas de las constructoras y el beneplácito de las supervisoras, y muy razonablemente los ciudadanos acometemos acciones para acelerar la cicatrización. Esa cicatriz quedará ahí en tejido queloide y a ojos vistas. En 1847, un año particularmente cargado de electricidad revolucionaria, en el Colegio de Francia, el historiador Jules Michelet daba unas clases iluminadas ante unos alumnos sorprendidos. En una de estas lecciones el autor de la monumental Historia de Francia decía a sus estudiantes: “no tendrás en este mundo, si no lo transformas, más que migajas de amor”. Pues desear algo más que esas tristes migajas de amor es una empresa absurda que debe acometerse de manera absolutamente razonable.

La empresa es la de la transformación, de lo contrario, migas amorosas, despojos de auténticos damnificados emocionales es lo que recibiremos. Sí: el amor, eso que, ante su falta, nos lleva llorosos a los divanes de los psicoanalistas. Por lo tanto diré con todo el patetismo teórico que si yo no cambio al mundo nunca tendré sino esas migajas de amor de las que hablaba Michelet.

La otra noche, Sol, mi compañera, se he despertado con los ojos desmesuradamente abiertos y se ha acercado hacia dónde yo estaba escribiendo preguntándome si estaba temblando. Llevamos el sismo en nuestro interior. Probablemente aún estemos en shock por el 19 de septiembre. En shock, es decir, bajo el efecto anestésico de la psique para retrasar el dolor traumático (en ese sentido el shock es una obra de caridad de la propia mente). La primera cruzada, acaso la más importante, es hacerle la guerra a la tristeza, al desamparo, a la desnudez de la existencia. Insisto: esta cruzada absurda debe acometerse razonablemente. Con esta frase de Terencio encuentro un amparo, un consuelo. Una frase amiga. Es absurdo pensar que afilar los lápices de escritor o de dibujante transformará el semblante monstruoso del gigante, pero lo acometeré razonablemente. Es absurdo leer los diecisiete tomos de la Comedia Humana de Balzac en medio de la vorágine descarnada de las órdenes del día de la vulgar vida cotidiana, pero acometeré la empresa lectora razonablemente. Ya he comenzado a acometerla. Esto preservará intacta mi humanidad y luego ya nadie me sacará a latigazos de ella. Me tendré a mí mismo y a mí cruzada para reconocerme en los espejos más empañados. Me tendré a mí mismo en mi cruzada absurda emprendida razonablemente para reconocerme… aunque me desfigure.

IMG_0209Nadie debe sentir que no fue parte de esta fiesta aunque nadie haya sido formalmente invitado. Desde la más tierna juventud lo sabemos: las mejores fiestas son aquellas a las que no nos invitan, a las que nos escabullimos como polizones o ladronzuelos y desde luego —no se me tome por un cínico—, no toda fiesta es alegre. Pero,  ¿por qué hablo de fiesta? Es que surge la pregunta: ¿La tierra tiene sus propias fiestas de aniversario? Una vez que se había sedimentado en nosotros hasta lo más profundo del tuétano el mito del 19 de septiembre de 1985, ¿tuvo la tierra que actualizar ese mito conviertiéndolo en un rito nuevo y revivido? ¿32 años después? ¿De fatal común acuerdo con parcas o nornas, encargadas de urdir el telar de los destinos y dictar sus veredictos? ¿Por qué en 19 de septiembre, dios, norna o parca? ¿Por qué? ¿Por qué este tenebroso fasto de aniversario? ¿De acuerdo con qué misterioso calendario que desconocemos?

Herder decía que la mejor enseñanza de la historia y la experiencia es que nada de lo que pertenece a la vida debe quedar borrado. Yo pido que nunca se me olvide cómo las personas llevaban estrellas en los ojos e hicieron que su primer propósito fuera la dignidad humana. Nos hicimos todos a las calles y en esa muchedumbre podías reconocerte. A veces, sí, tu presencia salía sobrando (como apuntó Villoro en su poema), otras enardecías de ganas por integrarte, formar por lo menos parte de una cadena humana, sostener a cuatro manos una pala, cargar litros de agua, mirar con desconfianza a quienes no fueran civiles, uniformarte de ciudadano: en una palabra, enardecías por ayudar a la paz y al sosiego de un pueblo guerrero.
Yo hago una confidencia: tuve miedo y me aturdí. El sábado por la mañana la alerta sísmica volvió a despertarnos: les aseguro que el corazón se me salió por los ojos y mientras bajaba la escalera pude recoger unos cuantos que habían quedado tirados por el camino. Tenemos al mismo tiempo miedo y esperanza. Estos estados no son de ningún modo excluyentes. El pueblo que durante mucho tiempo ha sido el más admirado de todos, el pueblo griego, era capaz lo mismo de llorar que de ser valiente. Sujetos de esta singular amalgama de sentimientos cada quien hizo lo que pudo hacer. No hay reclamo alguno. Cada quien se involucró en la medida de sus posibilidades. Escuché personas cercanas a mí que se reprochaban no haber hecho mucho más. A ellos les recuerdo esa frase de Voltaire: “hoy he hecho un poco de bien… es mi mejor obra”. Un poco de bien: no hay barómetro, cómo no sea el propio fuero interno, para medir la solidaridad.

Seguiré con Voltaire. Al día siguiente del sismo me invitaron a una transmisión televisiva para dar seguimiento al terremoto. Mientras transmitíamos llegó, en vivo, el comunicado de una de nuestras compañeras de trabajo desde la Unidad Taxqueña: la veía venirse abajo con el condimento lacrimoso no inventado sino legítimo de que ella y su familia vivían en aquella malhadada unidad habitacional. Ante el pasmo que nos ocasionó el relato de nuestra compañera Estafanía, surgió el tema de la fe, y ahí, al aire, mi compañera de set dijo que era momento de asirse a la Biblia. Yo dije que era el momento de que cada quien buscara consuelo en sus propias Biblias; si lees a Montaige, busca resarcirte en las páginas de Montaigne, dije, lo mismo si lees a Voltaire, la Biblia o el Corán. En realidad pienso que habría que tratar a todos los libros como libros sapienciales. Los libros sapienciales tienen como función dar aliento al desalentado, guía al aturdido, fortaleza al que tiene miedo. En otras circunstancias menos trágicas que las que vivimos yo mismo hubiese recordado aquello que decía Goethe acerca de que “quién tiene ciencia y arte tiene religión, quién no las tiene, necesita la religión” . También hubiera recordado que Voltaire contrariamente a lo que se piensa no estaba contra el cristianismo siempre y cuando cristianismo no fuera más que un humanismo y que, en Voltaire, “humanidad es sinónimo de solidaridad” (Gredos).

Por otra parte, reproches a fuego cruzado cayeron como lava de volcán acerca de lo oportuno o no de la poesía de Juan Villoro. Esto por supuesto merece una reflexión. Reclamos dirigidos hacia la pregunta de quién podría afilar los rayos de su pluma de escritor o de sus lápices de dibujante cuando aún había personas bajo los escombros y aún había y sigue habiendo tanto por hacer. Pues yo opino que no hay porqué avergonzarse de hacer lo que se suele hacer en estados de alarma; incluso hay una cierta condición poética para aquél que dibuja, escribe o toca un instrumento musical mientras los techos se vienen abajo. Sentarse a escribir en medio del fragor requiere una templanza que no es desapego. Habría que cuestionar, según mi opinión, el interior de un artista que tan pronto ve el desmoronamiento del mundo depone avergonzado su actividad como si en ello hubiera una oculta vergüenza, un oculto pudor o una culpa inconfesable. No es poca cosa ayudar al sosiego y la paz espiritual de un pueblo a través de los materiales artísticos. No es tampoco la función del arte, desde luego, pero estas reflexiones nacieron en mí después de leer, sorprendido, las críticas a fuego cruzado que le cayeron a Villoro. Creo que en el sentido que hasta ahora he expuesto, los textos de Villoro siempre hablan al espíritu y al corazón. Se guardó bien, en esta última colaboración que hizo para el periódico Reforma, de utilizar un lenguaje ordinario; buscó Villoro el lenguaje de la excepcionalidad, el de la poesía, el lenguaje que tiene que ver más con el silencio. Para un hecho excepcional en su dolor, un lenguaje excepcional.

Testimoniamos el milagro de los exhumados vivos: personas, perros, un periquito, una tortuga. ¿No se trasluce de todo esto que son enormes las ganas que tenemos de aprender y de vivir? Qué alivio para el espíritu inquieto mirar a esta sociedad vital, juvenil, de niños vertiginosos; me retracto de la frase de mi anterior escrito: “¡Vivan las biografías específicas de los hombres y de las mujeres que son más grandes que su pueblo!”. No: la abstracción que es el estado-nación surgió de las calles y nos vimos las caras, atestiguamos el milagro de poner al otro frente a ti. ¿Y qué fue lo que vimos? Una sociedad tan hermosa y tan imperfecta, tan en camino, tan en su derecho de aprender a conocerse a sí misma para después utilizarlo todo y llevar sus interiores a un desarrollo externo. La clase gobernante está decrépita, incapaz de seguir los pasos de un pueblo joven, lleno de vitalidad. Y que se me disculpe si mis palabras toman un sendero autocelebratorio, no lo es, pues aún existe tanto en qué desarrollarnos, pero venía a mi mente una y otra vez esa cantilena goethiana de “un gentío así querría yo ver…”. Ojalá fuera yo el primero en aprender de mis conciudadanos los alegres, los asiduos… tanto por aprender y por corregir, tanto de lo que tenemos que deshacernos, políticas y formas de vida incluidas… Todo por aprender. Lo tenemos delante. No reconstruiremos la realidad, la construiremos…

 

1488C964-A206-4BC0-9E48-E3653A1B7327-1734-0000012592BC6C47¡Vivan las biografías específicas de los hombres y las mujeres que son más grandes que su pueblo!
¡Vivan los que tienen la misión imperturbable de gritar Viva la vida, viva el derecho a la ruptura, viva la disidencia, el anhelo común y el que no es común!
¡Vivan los que a ninguna observación del mundo dejan sin una reflexión porque saben que la simple observación sin reflexión resulta mezquina y la reflexión sin la observación resulta una impostura!
¡Viva el Feminismo y Viva su teoría y práctica desestabilizadoras!
¡Vivan los que se preguntan todo el tiempo qué queremos y adónde queremos llegar!
¡Vivan los que nos enseñan a pensar en lo que nos duele, no para darle un sentido sino para nombrar el mal, nombrar el mal es ya una forma de la conjura!
¡Vivan! ¡Vivan los que educan su alma con amistad (Montaigne)!
¡Vivan los que encuentran un paraíso en cada cosa que aman!
¡Vivan los que tienen ideas que sólo pueden desarrollar en compañía!
¡Vivan los que intuyen que toda forma de amar es un acto de libertad!
¡Vivan los que saben que la familia es una unidad de creación… no de procreación!
¡Vivan los que saben que la experiencia del cara a cara con el otro, fuera de un sistema de representaciones, es la experiencia del despertar!
¡Viva la dignidad humana y la búsqueda de esa dignidad!!!
….
¡¡¡¡¡¡¡Vivan las bibliotecas!!!!!!!

¡Vivan aquellos en los que su grandeza aparece a través de delirios y no los que, por el contrario, tienen delirios de grandeza!
¡Vivan los joviales, los sombríos, los que tienen gusto por la vida y los que la han perdido, pero no los que quieren a los otros joviales, sombríos, gustosos o disgustados!
¡Vivan los que puedan decir como Jules Michelet: “soy completo, por tener los dos sexos del espíritu”!
¡Vivan los que dan la impresión de estar siempre sorprendidos!
¡Vivan los que visitan museos y los que no, ni uno ni otro se dan cuenta de que en todo momento y en todo espacio uno se abre paso por un museo vivo sin fichas técnicas!
¡Vivan los que cierran las cicatrices con prosa, en palabras escritas la cicatriz cierra pero no se borra!
¡Vivan los que producen condiciones para que el alma no crezca en un lugar árido: vivan, por lo tanto, escritores, maestros, músicos, pintores, artistas contemporáneos y otros degenerados disidentes que llevan estrellas en los ojos!
¡Vivan los doctores en gaya ciencia!
¡Vivan todos los creadores que se ejercitan en el desciframiento del mundo y los que hacen de la crítica un género épico!
¡Vivan los creadores capaces de urdirse un mundo propio cuando este mundo propio
no significa evasión!
¡Viva la percepción creativa!
¡Viva la imaginación!
¡Vivan los delitos de imaginación!
¡Viva el ejercicio de desmitificación cuando el mito es un instrumento de manipulación ideológica!
¡Vivan la teoría y la filosofía cuando teoría y filosofía son entendimiento de lo real!
¡Vivan los rayos de luz del conocimiento crítico que le quita al ser su embotamiento!
¡Vivan los que regresan a la Tradición con las manos llenas de descubrimientos, esos son tradicionales, nunca tradicionalistas!
¡Vivan los jóvenes y los niños con una inusitada capacidad para aprender! ¡Vivan los ancianos que no tienen edad porque siempre están naciendo!
¡Vivan los que pasan sus días en una tensa vigilia inteligente y vivan los que pasan sus días en un sueño lúcido!
¡Vivan los que saben que el verdadero dominio del pensamiento es aquello que todavía no hemos pensado!
¡Vivan las almas grandes porque en ellas todo es grande!
¡Vivan los que de tanto hablar de amor llegan a estar enamorados, como decía Pascal!
¡Vivan los verdaderos maestros que enseñan con su ejemplo!
¡Vivan los ensayos de Michel de Montaigne que nos dicen que cuando estamos enfermos lo mejor sería estar montados a caballo!
¡Vivan los que no se les ensombrece el rostro ante el camino libre de los demás!
¡Vivan las decisiones tomadas en libertad porque esas decisiones nunca interferirán en la libertad de los otros!
¡Viva la universidad que hace de todos sus estudiantes astrónomos, es decir , investigadores de campos de estudio infinitos!
¡Vivan los que dicen como Víctor Hugo: “el día cercano, sin ninguna duda, en que sea reconocida la identidad de la sabiduría y de la clemencia; el día en que la amnistía sea proclamada, yo lo afirmó, allá en lo alto, en las estrellas Voltaire sonreirá”!
¡Viva la sonrisa inteligente de Voltaire!
¡Vivan los que experimentan con sus intuiciones, lo que narran, los que escuchan, los que conspiran para aprender a vivir flexiblemente en un mundo variable!!
¡Vivan los que no hablan contra lo que saben, los que no le hacen el juego a lo oscuro, a lo ambiguo, a lo atolondrado!
¡Viva, por fin, no esa entidad abstracta que llamamos estado-nación: Vive tú, que me escuchas y vive tú que no me escuchas, vive tú que me has escuchado y vive tú que nunca me escucharás!!
¡Vive! ¡Vive! ¡Vive! ¡y que seas tú quien elija tu propio crepúsculo!

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Colega pintor, anónimo del siglo XXI, compañero de hambre, hermano mío:

 

Es su retrato el más acabado ejemplo de aniquilación de la imaginación. Un realismo cerril, elemental y torpe es el suyo. El error más usual entre quienes, como usted, pintor anónimo, no trabajan su sensibilidad, es pensar que hay que ver para creer y no, al revés, creer para poder ver.
Hizo bien en mantener en el anonimato su nombre de pintor. Ese pintor sin nombre, y que con certeza es una máscara cínica debajo de la cual se oculta un más íntegro artista, es un mercenario. Usted, anónimo pintor, no ama su oficio (siempre quise decir algo parecido desde que leí la Carta al Zapatero de Juan José Arreola). Le voy a decir porqué. No todo realismo es aniquilador. No ataco a su pintura por realista, desde luego que no. Lucian Freud, con sus figuras realistas, logra explicar la teoría de la gravedad, ¡esas figuras pesan como el plomo! Por las venas de esas figuras (que se adaptan a las exigencias de realidad del más ingenuo espectador del arte) corre mercurio hirviente. No, no es el realismo lo lamentable en su arte.

La pintura, como disciplina, tiene una larga relación con el poder. Quizá usted sepa, pintor anónimo del siglo XXI, que el macedonio Alejandro llevaba consigo (además de las enseñanzas de Aristóteles, su preceptor) las pinturas y los retratos de su pintor favorito, que tenía por nombre Apeles. De Apeles se cuentan muchas cosas. Una sola de ellas, es que el pintor hizo un retrato de una de las amantes de Alejandro, llamada Campaspe. Alejandro quedó tan satisfecho con el retrato de la amante que prefirió conservar a la amante en imagen y cederle los dulces amores al pintor, que, entretanto, se había enamorado de la modelo. Esto es sólo por contarle algo más bien pintoresco y anecdótico, pero, como se sabe, la pintura pocas veces se ha sustraído de una lamentable servicialidad de cortesano, menos divertida que la servicialidad desobediente del juglar y mucho menos divertida que la de la cortesana con todo y nombre de batalla, ya se lo había dicho Rafael a Miguel Ángel cuando coincidieron en los trabajos del Vaticano. En suma, querido colega, anónimo pintor, hermano mío, que a nuestra disciplina le corresponde deshacerse de una fama infame y que, si hemos de dar crédito a los historiadores y críticos del arte con simpatía por la muerte que, si la pintura está muerta, entonces los pintores ¡por fin! podremos pintar con absoluta libertad. No desde la grandeza, sino desde la marginalidad, la negatividad… ¡Oportunidad preciosa!

Colega, desconoce usted la historia del arte. De lo contrario sabría, por ejemplo, que ¡claro! Piero della Francesca pintó a Ludovico Sforza, que era un truhán; que Rafael pintó al papa León X; Tiziano retrató a Carlos V y mientras lo pintaba el pincel se le resbaló de la mano y fue a caer al suelo, se dice que el monarca mismo se lo levantó; que Hans Holbein, en Inglaterra, pintó a Enrique VIII (sí, el rey de las muchas esposas, pero, fíjese, Holbein también procuró pintar a dos colosales humanistas de la época: Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro); luego, más tarde, en Francia, Gyacinthe Rigaud pintó a Luis XIV y este gran pintor hubo de sufrir onerosas presiones para representar más torneadas las piernas del Rey Sol, que se creía un bailarín de solvencia. ¡Claro! Velázquez pintó en varias ocasiones a Felipe IV con su cara de máscara y su prognatismo de fantasía, pero al mismo tiempo Velázquez imaginó la cara abotagada, chata, dulce y sabia del fabulista Esopo, rostro imaginado, rostro que no tenía que tener frente a él para poder verlo, no como usted que pintó a su retratado a partir de una fotografía, muy mediocre por cierto. ¡Claro! Tampoco Francisco de Goya pudo sustraerse de sus tareas cortesanas y pintó a la duquesa de Alba, de la que terminó enamorándose antes de volverse negro y sordo, y pintó a Carlos IV, personaje tibio, más gris que la banqueta, y Goya puso un increíble empeño en resaltar los rasgos de estupidez de su retratado. En suma, que revisar la obra de un pintor de pasados siglos también es revisar lo que de relación hay en la historia de la pintura con la historia política y así, podemos llegar al caso, muy reciente, de Lucian Freud, el gran pintor realista, que fue presionado para pintar un retrato de la Reina Isabel, que posó para él en varias ocasiones en la pocilga maloliente de su taller. El retrato que pintó Freud de la reina Isabel es una pintura mediocre, en la que no ocultó su desagrado: es de formato pequeño, pequeñísimo, su esfuerzo, nulo; fue, creo yo, un manifiesto personal que dejaba muy a las claras un tufillo de malhumor y animadversión.

Si usted, pintor de Videgaray, me hubiera mostrado en la imagen de su pintura un cierto desagrado oculto, un cifrado mohín de disgusto, una cierta intencionalidad detrás de su imagen, una velada burla (como cuando Descartes se burló de sus contemporáneos con aquello de la glándula pineal, dios y los niños) o como las burlas socarronas de Voltaire, otra cosa pensaría de su arte. Pero no. Pura imagen sin intención es lo que yo veo en su pintura: imagen sin imaginación, como dice un teórico de prestigio. Es usted un escéptico: no cree en lo que ve su interior. Y no ve, en su ingenuidad no exenta de perversidad, el mal que hace con su discurso ramplón de la historia sensible, sensiblera, de la imagen. La imagen, sépalo, puede confabular y configurar un código inmoral que se asocia a la malversación de lo estético. Es usted un sentimental, en el peor sentido de la palabra, que no ve en la imagen otra cosa más que imagen, cuando en la imagen hay documento, ética, historia, objeto onírico; en la imagen hay trinitotulueno que prende la mecha con el fuego de la mirada. Si yo le dijera, colega pintor, que la pintura poco tiene que ver con la imagen o, mejor dicho, que sólo accidentalmente la pintura tiene que ver con la imagen, ¿qué me diría usted? Que enloquezco. Bien, la pintura tiene que ver mucho más con la danza, con el teatro, con la filosofía, que con la imagen propiamente dicha. Eso que queda pintado sólo accidentalmente se ve. Hay pintura para no ser vista, como la pintura de Lascaux, la pintura en el origen. La pintura está mucho más allá, pero también mucho más acá, de la imagen. Y además, “¿Porqué pintar un cuadro cuando es mucho mejor imaginarlo?”, como pensó Giotto di Bondone en ese himno a la sensibilidad fílmica que es el Decamerón de Pier Paolo Pasolini.

Claro, usted es un realista y me va hablar de la necesidad. Vender pinturas para pagar la renta del taller, un asistente, los materiales. ¿Sabe que les decía el historiador Jules Michelet a sus alumnos en el año 1847? Les decía que era necesario aprender a morir de hambre. Sí. Fracasar, fracasar y fracasar mejor, como decía Samuel Beckett. Las circunstancias más interesantes estribarían en cómo mantener lo más libres las decisiones artísticas con todos los factores en contra. Artista es quien muere de imaginación. Quien percibe su hacer como una obra de riesgo.

Del mismo modo que Descartes se burló de sus contemporáneos inquisidores con la glándula pineal o Voltaire se burló de Leibniz y de Pascal, yo quiero burlarme de usted diciéndole que es usted mi maestro en falsía y malversación de la estética. Pintó al integrante de una pandilla que no es divertida y con eso salvó el pellejo y los próximos meses de renta. Todo por un poco de trementina, aceite de linaza y óleo. Lo que no está salvado es su interior. Ojalá se lo condenara al peor castigo artístico que imaginarme pueda (y que Wagner deparó para los cínicos de su época): a mirar por toda la eternidad el retrato que usted hizo de Luis Videgaray…

imageEl domingo visité acompañado de mi esposa Sol un extraordinario museo de marionetas: el Centro Cultural Alfín Rosete Aranda que resguarda la espléndida colección de Alberto Mejía Barón “Alfín”, tiritero sorprendente, perfecto mago de los autómatas sensibles. Un museo que está en el barrio de Mixcoac, en el que vivimos. Figuras autómatas de personajes de ópera (La Flauta Mágica de Mozart, Payasos de Leoncavallo) y, en fin, todo un universo en miniatura que se tiene en pie de unos hilos y que es espejo fiel de nuestra condición sensible. El caso es que viendo estas maravillas vestidas de paño, talladas en madera o modeladas en barro, me vino a la mente la idea de que estos muñecos articulados eran las más elocuentes metáforas con hilos. Recordé, desde luego, la película La vida de las marionetas de Ingmar Bergman que comienza con una escena de un crimen pasional en la que todos los signos están dispuestos en la alcoba, cruelmente dispuestos: el cuerpo de una asesinada, la ropa tirada; en suma, la tortura de los signos y la tortura de su lectura. Bergman muestra la injuriosa condición para nuestras creencias libertarias de que las acciones están fatalmente condicionadas por nuestro pasado emocional, como guiadas por unos hilos invisibles urdidos de nuestros traumas y de nuestro fondo psíquico, turbio, oculto, pero, a fin de cuentas, determinante.
En una de las paredes del museo de marionetas me encontré con una frase del maestro Alfín que decía que las marionetas más que ser actores que utilizan las palabras son palabras que actúan. De modo que también me fue inevitable pensar en mi trabajo radiofónico y en el de tantos y tantos colegas radiocomunicadores y radioastas, principalmente, pero también periodistas y ensayistas que, a la manera de las marionetas, somos palabras que actuamos: actores sonoros cuya sustancia son las palabras y que, inevitablemente, nos debatimos con ellas, nos la apañamos lo mejor que podemos para exponer nuestro pensamiento de manera clara, y que a veces los somos y otras no, a veces comunicamos a los demás de manera cristalina credos e incredulidades, versiones, inversiones y diversiones al crisol de esa misteriosa e inasible hidra que es el lenguaje, que a veces creemos equivocadamente poseer, a veces nos da el favor de la claridad meridiana y otras, el sentido simplemente se nos sustrae.

Pensamos con el lenguaje y quizá el lenguaje sea el pensamiento mismo, como han postulado algunos sabios. Nosotros, dueños de una actividad mental que, como un torrente, nunca se detiene aunque no nos demos cuenta, todo el tiempo pensamos y de toooodo lo que pensamos, sólo una mínima, ínfima, ridícula proporción es creativa, novedosa. Toda la demás masa de pensamiento nos lastima, nos enferma, nos neurotiza, nos vuelve absurdamente tontos y necios, o prejuiciosos (todo esto lo ha pensado con sorprendente profundidad el gran crítico George Steiner en un librito de sugerente título: Diez posibles razones para la tristeza del pensamiento donde se pregunta ¿cuánto de lo que pensamos no es más que un desperdicio?). Un torrente improductivo de pensamiento que tiene que traducirse a palabra hablada, ése es el debate del pensador que tiene que capturar, pescar, las ideas relevantes de entre aquellas que no lo son. Ay de aquél que se crea dueño de su pensamiento: como si éste a veces no fuera fatalmente esos hilos de la marioneta de los que hemos hablado. Los más eurocentristas han dicho que para pensar en términos filosóficos hacen falta los hilos de la lengua alemana o la griega, pero desde luego que a este prejuicio eurocentrista hay que darle el giro descolonizador y decir con absoluta certeza que —haciendo a un lado todo lo infecundo que hay en el pensamiento humano que crece como un cuerno retorcido que regresa a hincarse en nuestra propia piel— se puede pensar con los hilos de TODOS los idiomas del mundo: se puede pensar en español, en portugués, en danés, en náhuatl, en siciliano, etc, etc.

Yo sostengo que Marcelino Perelló murió de tristeza. Necesitaba a su yo radiofónico, ese personaje escabroso, terrible y tierno que podía ser. No era un porro verbal, como se lo llamó, sobre todo a partir de unos lamentables comentarios que lo hicieron infame. Era un maestro de la palabra que actúa. Una marioneta de su pensamiento a largos ratos infecundo y a ráfagas, precioso. Su sentido contrario, era, hasta donde yo creía percibir, su búsqueda gemebunda, errante, de sentido, él, el desencantado y desencantador. El de Marcelino Perelló me recordaba al espíritu gemebundo de Blaise Pascal. Marcelino también venía de las ciencias exactas y habitaba la interfaz de la geometría y el abismo de sentido de la palabra. Un espíritu geométrico y torturado, parecido a los dibujos tortuosos del pintor alemán Matías Grünewald.
Pascal decía en sus ensayos: “Si conocieras tus propios pecados, te descorazonarías”. Es decir, los desconocemos, pero a la manera de las marionetas, nos determinan. “Perderé corazón, pues”, decía Pascal. Se arrojaba al abismo del autoconocimiento. Lo mismo Marcelino, que se descorazonó a partir de autoconocimiento, el 68 también lo dejó descorazonado, de modo que lo que nosotros podíamos oír a través de la radio universitaria era la carcaza, por así decir, la coraza sonora, profunda y tenebrosa de sus palabras descorazonadas. Esto lo hacía, desde luego, alguien que no todo mundo estaba dispuesto a escuchar como no muchos están dispuestos a arrojarse a las páginas tenebrosas de los Ensayos de Pascal.

Pero también había razón, ternura y mucha poesía en esas palabras que resonaban solas en la frecuencia. Hemos hablado de pecado y de otras torturas que harán pensar a quien me lea en cristianismo y yo diría, no en defensa de Marcelino, que, al fin y al cabo, ya no lo necesita, lo que el filósofo Ernst Bloch decía en su precioso libro Principio Esperanza y que se aviene muy bien a las reflexiones que hacemos: “sólo un ateo puede ser un buen cristiano”. Marcelino marioneta, palabra que actúa, gran descorazonado a fuerza de vivir en un mundo sin corazón, era un gran razonador a fuerza de sinrazón, gran poeta a fuerza de anti poesía, genio aterrador que vociferaba como apóstol y, en términos generales, necesario Lado B, abismo insondable lleno de sentidos insospechados en la frecuencia universitaria.

Todo esto pensé frente a una marioneta que tenía la boca abierta…

imageCuando me llega el aroma de la tinta china sobre papel, yo me acuerdo de mi tío Ángel José Mora Suárez. Pensar en Ángel José es recordar cuando mis papás me llevaban a verlo a su espléndido estudio en la colonia Narvarte; estudio atestado de papeles y materiales artísticos en una gran confusión y no obstante, en un orden personal irreemplazable: habían muchos escritorios y restiradores, una iluminación natural espléndida que entraba a través de grandes ventanales, un piso de madera que crujía y resonaba al paso de una hormiga, habían pantallas de dibujo para animación, muchísimos dibujos en la pared, algunos enmarcados, algunos sostenidos apenas por chinchetas, en blanco y negro, a lápiz, a plumilla. Algunos  firmados por él, y otros, dibujos que le habían regalado sus colegas a lo largo de muchos años. Yo recuerdo, por ejemplo, el dibujo que me impresionaba más: un Batman firmado y dedicado a mi tío, nada menos que por su inventor, Stan Lee. O recuerdo un dibujo extraordinario a plumilla, y autografiado por el gran historietista español Carlos Giménez.

Mi tío nos recibía a mi hermano y a mí en su estudio para iniciarnos en el secreto del oficio del dibujante: el oficio del que tiene que realizar diez páginas de dibujo al día. Ese era para mí el oficio del ensueño. Nos permitía adentrarnos al estudio para despojar de misterio a su oficio: mostrarnos con el orgullo del que se sabe un maestro de su quehacer, que, en realidad, la maestría es el privilegio de la dedicación y que no hay gran maestría sin un gran amor. El dibujo producía entonces, como nos enseñó Ángel José Mora, amor por las cosas. Amor por la imaginación y por el trabajo. No había una mejor posición corporal para la iluminación que estar inclinado ante una hoja de papel, dibujando. Eso nos quedaba a mi hermano y a mí como enseñanza de oro, cuando regresábamos a casa a inclinarnos ante nuestros cuadernos.
Para llegar al estudio de Ángel José Mora uno tenía que subir al tercer piso de una casona a través de una escalera llena de pinturas de su autoría. Era un gran pintor con una visión plástica hermanada a la neofiguracion de Willem de Kooning o a las tortuosas figuraciones expresionistas de Chaim Soutine. En él el pensamiento plástico era indistinguble de su pensamiento gráfico y tuvo el buen tino de incrementar el imaginario popular, inventando un personaje de historieta, Chanoc, en el que no eludía la autobiografía: un héroe tropical, sin superpoderes pero armado de una ética grande, acartonada, cargada de moralejas un tanto insoportables, que pelea a brazo partido contra los cocodrilos dando oportunidad de realizar páginas de dibujo estupendas.

Ángel José Mora Suárez, como los grandes pensadores y como los grandes artistas, nos ayuda a contemplar el mundo de manera inteligente. En su obra hay un polen explosivo.  Quiero decir que no lamento su muerte porque vivió una vida plena y que se extinguió más allá de la octava década. El mundo no se hace menos luminoso por su ausencia, ni mucho menos: el fulgor de su propia estrella le sobrevive. Su obra es una invitación que se pueden aceptar o no, pero su tarea queda explícita: prender fuego a las vocaciones de los demás. Ángel José pegó fuego a la mía. A cada generación le corresponde formular sus propias preguntas y esbozar los ensayos de sus propias respuestas a sus problemas e inquietudes, de modo que toda despedida de todo gran artista o pensador es, al mismo tiempo, un saludo a alguien, que, como ellos, habrá de contemplar inteligentemente el tiempo de su propio mundo y hacer de su obra, un polen explosivo…