imageLos pozos son las orejas de la tierra. Arrojamos un centavo al pozo de los deseos y el pozo nos presta la atención cortés de un brahmán. El sonido reverberante del ochavo cayendo por el conducto auricular de la tierra se convierte en una Voz. De hecho, aquello que podríamos denominar el “cuerpo” de una Voz, estriba en su reverberación.  Así lo explica el sabio musicólogo Ramón Andrés, que rescata una curiosidad de gabinetista: las palabras se denominan “Verba”, que es la contracción del sintagma Vox aer spiritu verberatus, con el que San Isidoro quiso explicar la “corporeidad” vocal que despliega su cuerpo a través del espacio como Nijinski o como Joaquín Cortés.

Los sabios hebreos se sentaban junto a los pozos. Junto al pozo comienza la tetralogía “José y sus hermanos” de Thomas Mann: Jacob sabio y sin teoría del conocimiento mira las estrellas junto a la oreja de la tierra. No fue poca mi sorpresa cuando leyendo el Rāmāyaṇa de Valmiki, que es como un cofrecillo ornado de maravillas multicolores (y que además resplandece kilómetros a la distancia como la ciudad de Ayodhya), descubrí el Ritual de los Demonios (ráksasas) Moribundos. Rāma y Lakṣmaṇa arrojan a los demonios que han cazado a la oquedad de un pozo profundo. Mientras caen, los ráksasas agonizantes aúllan. El bramido de los demonios reverbera en el cofrecito de los prodigios. Y aún escribió Valmiki: “aquellos que son sepultados en un pozo conocen mundos de inagotable felicidad”. Centavo o aullido qué más da, con tal de que reverbere en el pozo de los deseos. Pero si los pozos son las orejas de la tierra, en el Rāmāyaṇa la tierra también tiene boca. Sūmatī dio luz a una calabaza de la que luego nacieron 60 mil hijos que cuidaron en un plato de mantequilla. Los 60 mil hijos de Sūmatī cavaron la tierra en busca de un caballo sacrificial y “la tierra comenzó a gritar de dolor cuando esas uñas duras como el diamante, crueles como un arado, la perforaron”. La tierra lanzó un alarido como en “El monte de las runas” de Ludwig Tieck, donde un joven cazador arranca una planta de la raíz y puede escuchar el sordo gemido de la tierra por debajo. Es por eso que me gusta mucho cuando el poeta persa Omar Jayyam comparó a los seres con cántaros, es decir, pozos que escuchan alaridos y bocas que los profieren en un mismo cuerpo.

imageAquello que se arroja al pozo de los deseos cae en espiral. En su Cuentos fantásticos del Japón, Lafcadio Hearn da unas hermosas instrucciones-torbellino. Si es que no puedes leer los 6770 volúmenes de los textos budistas, coloca los textos en una estantería giratoria. Empújala como si fuera un torno pero —apunta Hearn— “hay que empujar con el mismo fervoroso deseo con que hubieras leído los 6770 volúmenes”. Haciéndolo así, dice “adquiriréis un mérito semejante a haberlos leído”. Quizás junto al pozo de los deseos también podamos escuchar todos los sonidos mientras caen. El sonido giratorio se convierte en todas las voces y, en última instancia, en todos los senderos. Junto al pozo de los deseos pienso que quiero escuchar una voz profunda y aterciopelada. Y entonces arrojo al pozo un sonido giratorio.

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