imageSoy un maestro. Dedico gran parte de mis trabajos y mis días a urdir clases. Y he de decirlo: no hay día en que me dirija al salón de clases y no me acuerde de mis propios maestros, esos fantasmas entrañables. Por ejemplo, siempre recuerdo con gratitud, y a la vez con una poca de aflicción, a esa maestra de literatura de primer año de secundaria de la que ni siquiera recuerdo el nombre (sólo recuerdo su tez morena, su largo cabello entrecano y su voz cadenciosa, como la de una cantante a la que nadie escucha) y que tuvo la buena ocurrencia de darnos a leer La impaciencia del corazón de Stefan Zweig, un libro que yo no leí durante el curso sino que reservé para el verano, ya cuando la lectura se tenía como único fin. Yo agradezco que a alguien se le halla ocurrido la idea de fuego de que la escritura elegante y de gran penetración psicológica de Zweig era una buena lectura para calmar la inquietud de unos pubescentes. Esta maestra de primer año fue una heroína anónima y yo le agradezco la oportunidad de haber sido un mal estudiante de su asignatura y después haber descubierto el sentido de muchas de sus reflexiones, ya en el verano, tarde, cierto, pero nunca a destiempo.

La imaginación hebrea gestó al dybbuk, que es un fantasma unipersonal, exclusivamente tuyo, y que se carga sobre la espalda. Yo llevo sobre la espalda a cuatro dybbuks, que fueron mis maestros.
A ésta yo la llevo conmigo cuando formulo mis propias dudas: me enseñó a dirigir mis reflexiones hacia los lugares donde el suelo es más inestable. A ella le agradezco la sana formulación de dudas a todos los sistemas de pensamiento y a nunca dar por seguro ningún suelo teórico. A éste yo le agradezco que, a pesar de su desdén y resentimiento, me haya escuchado en su momento con sumo amor y suma paciencia cuando yo creía tener razón en la discusión de los temas que más nos interesaban. Me dejaba creer mi maestro que era yo quien llevaba las riendas de mis propias especulaciones, cuando era él, en realidad , el que  me llevaba a encontrar todas las semillas del mundo en mi interior. A aquel otro le agradezco su ausencia. Buscándolo, me encontré a mí mismo. Este maestro perdido ha sido, quizás, el único con carácter definitivo.

El ensayista George Steiner ha pensado con profundidad estos temas acerca de los maestros y de los alumnos en un libro de título Lecciones de los Maestros. Entre otras cosas, Steiner habla de la gran enseñanza y del gran insomnio. La gran enseñanza de un maestro se traduce a insomnio y es que, quien enseña, enseña la inquietud. Propagar un magisterio de dulces notas estriba, según mi criterio, también en iniciar amorosamente al alumno en la duda y en la inquietud . Dudando, el maestro te enseña a ser tú mismo. Hay que recordar que las palabras tradición y traición provienen de una misma raíz etimológica, en ambos casos la raíz significa: lo que se entrega. Aquello que se entrega puede entregarse bien y entonces tiene lugar la continuidad de la tradición. Pero aquello que se entrega puede entregarse mal, de manera tergiversada, edulcorada, espuria, y entonces sobreviene la traición. El maestro entrega lo más puro que hay y con esto hace posible la continuidad: entrega duda e intuición, como ya he dicho, pero también le entrega al alumno su propio ser por modelar.

Puede haber mucho dolor y resentimiento en la relación de un maestro y de un alumno. Esa es nuestra naturaleza mezquina. La relación entre el discípulo Martín Heiddegger y su maestro Edmund Husserl fue escandalosa. El desagradecimiento y la traición del discípulo fueron de una ruindad asombrosa. Es curioso cómo en un gran pensador, como Martín Heiddegger, pueden haber grises mezquindades y deliberadas crueldades, conviviendo con los rasgos finos de un espíritu de primer orden.

imageHay maestros que enseñan con su ejemplo. Es decir, dan sus clases dentro de un aula, pero es más bien lo que hacen fuera de éste lo que nos inspira. Estos maestros ejemplares nos enseñan a ser como ellos, sin dejar de ser nosotros.
Hay bienamados maestros y también los hay malamados. La dulce claridad de unas lecciones iluminadas pueden sobrevenir en el alumno mucho mucho tiempo después de haberlas tomado. En todo caso, la enseñanza es una labor de suma paciencia y diligencia. No hay idea más absurda que los cursos rápidos, van en contra de la necesaria, lenta transformación de la lectura. Pozos profundos en los que caen perlas son los alumnos y nadie sabe con certeza cuándo emergerán de la profundidad, pero, en última instancia, si es posible la existencia de los grandes maestros es porque los mejores maestros no dejan nunca de ser discípulos ellos mismos. A mí me encanta dar clases, soy el que más aprende de mis alumnos.

Ahora que están ya terminando las faenas del año universitario 2016-17 y del mismo modo que celebramos al Maestro encomiando lo que el maestro tiene de alumno, ahora quisiera celebrar al Estudiante encomiando lo que el estudiante tiene de Maestro.

Lo haré de la mano de un librito en verdad diminuto (se lee muy rápidamente, pero, a pesar de su brevedad, es infinito) de título El estudiante del gran historiador francés del siglo XlX, cíclopeo en su quehacer, Jules Michelet. Este libro son las lecciones que el historiador impartió en el Colegio de Francia el año universitario de 1848, es decir, un año de altísimo voltaje, convulso, con el comienzo de las revueltas y las barricadas. Este curso universitario de Jules Michelet, que se compendia en su librito, quedó interrumpido por las autoridades francesas, pues tanta era la respuesta combativa que Michelet imprimía en el espíritu de los que lo escuchaban.

Jules Michelet es el historiador de la colosal Historia de Francia: 23 tomos con los que consuma 36 años de trabajo; su Historia abarca 20 siglos y la publica en 1869. El legado de Jules Michelet es una obra enorme, casi diría, inabarcable: 69 tomos. Era poseedor de una disciplina monástica, férrea, entregado desde luego, en cuerpo y en alma, a la furia del trabajo y a los 44, se siente como un anciano decrépito. Tiene trabajos históricos fundamentales para cualquiera, no diría yo, interesado sólo en la historia, sino fundamentales para cualquiera que esté interesado en el Ser y en el Mundo: libros como La Bruja, El insecto, El pueblo, además de los que ya he mencionado, La historia de Francia y El estudiante. Tiene un libro muy interesante, que publicó en 1854 de título Las mujeres en la revolución francesa, de modo que no es curioso que el feminismo reconozca en Jules Michelet a una voz sensible y solidaria con sus causas. Además, para conocer mejor a nuestro personaje, hay que decir, siguiendo a Roland Barthes, que Michelet era anticlerical como Voltaire, deísta como Rousseau, pensaba que el Pueblo era infalible y que los principales enemigos del pueblo eran el sacerdote y el oro. Murió pobre y desinteresado en el dinero, entregado a sus investigaciones históricas.

imagePues bien, el libro El Estudiante es, como ya he dicho, un curso universitario interrumpido en 1848. En sus clases iluminadas Michelet les decía a sus alumnos cosas como ésta: “no tendrás jamás en este mundo, si no modificas al mundo, otra cosa más que sombras del amor” (se puede reconocer un influjo de Michelet en los libros de Herbert Marcuse). La ciudad es un organismo complejo y por sus venas corre la prensa escrita a manera de sangre. Para Michelet la prensa escrita es un coro multitudinario que propaga las ideas como se contagia una enfermedad: la enfermedad de la crítica; pero entre las ideas escritas y el pueblo hay una oquedad, una gran brecha, ¿quién salva esta brecha entre las ideas escritas y el pueblo que no las recibe? El estudiante, esa alma bella y desinteresada. El estudiante tiene el papel de ser un mediador social, el único, en realidad, entre las ideas y el pueblo. Ésta es, según mi criterio, una hermosa idea. El estudiante es el único ser social con una verdadera fraternidad vinculante (Marcuse, insisto, pensó en términos semejantes).

Pero hay otra idea que me resulta muy interesante también y con ella voy a dirigirme a la conclusión de este comentario. Dice Jules Michelet que la juventud es en sí misma una clase social. La juventud es en sí misma un proletariado, algo que, creo, todos hemos sentido en carne propia. El estudiante es un asalariado, paupérrimo, de sus propios estudios. Por su condición proletaria, el estudiante, dice Michelet, es un ser empático; es todo, porque aún no ha emprendido la senda de la especialización que después va a escindirlo de todo lo demás con esta visión esencialmente parcelada de la realidad que se imprime tanto en las investigaciones académicas como en la repartición laboral. El estudiante es el verdaderamente empático. Dice Michelet: “dentro de muy poco, el estudiante estará concentrado y limitado, por la especialidad profesional; será médico, abogado, hombre de negocios, pero hoy es un humano, le interésan todavía los demás humanos.”

El estudiante es el verdadero amigo. Aquel por el que se han disuelto las costuras del inicio de la relación amistosa. Cualquier maestro que deje de ver al estudiante como su amigo, el único, en realidad, que posee, todo será no más que logros de la inteligencia sin importancia. Comprender esta relación amistosa y vinculante del estudiante es estar a la altura de las circunstancias históricas que taaaanto le exigimos a la educacion. Lo dice Jules Michelet a sus alumnos en su clase del 7 de enero de 1848: “Aunque me falte en adelante la inspiración, o la crítica, ustedes me seguirán leyendo, señores estudiantes, por un recuerdo indulgente de las horas que hemos pasado juntos, y por la estrecha comunidad de pensamiento en la que volveremos a encontrarnos siempre en los caminos de la libertad”.

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