imageFriedrich Schiller decía que no hay porqué alabar lo que se hace por propio impulso. Es decir, que hay que alabar menos al voluntarioso que al inspirado. Pero José Luis Cuevas no creía en tal cosa como la inspiración: Cuevas no era un inspirado sino un poseso del trabajo. Ejemplo: los dos primeros días de 1973 Cuevas realizó 87 autorretratos. Alguien que crea a esa velocidad o busca eludirse en el trabajo o busca afirmarse. Un poseso tomado por la gran angustia de la auto-afirmación: el acto de creación de José Luis Cuevas siempre fue un acto de riesgo y su creación siempre fue pecaminosa. Si Dios creó el mundo, pecar significa crear lo que Dios ni siquiera ha imaginado. Pero el origen de la inclinación hacia el autorretrato en Cuevas hay que buscarlo menos en el narcisismo que en la admiración sin límites por Rembrandt van Rijn, que cultivó por décadas. Y es que formó su sensibilidad compleja al crisol del cine, la lectura y la tradición del arte, ¡Cuevas era un tradicional pero nunca un tradicionalista!

Poseía una gran imaginación literaria: todo lo que le ocurría, le ocurría hipertrofiadamente. Tenía una capacidad única para magnificar los hechos hasta lo inaudito: un gato de azotea se convertía en un tigre; una lagartija, en un dragón. El mínimo incidente doméstico se convertía en un naufragio universal; toda pérdida, en un Waterloo. Esa es la Dimensión tan característica de la monomanía de Cuevas: ahí encontramos la construcción de su propio mito. Thomas Mann decía acerca de Richard Wagner que éste quizá no era grande, pero, sin duda, sabía dar la impresión de grandeza. Lo mismo puede decirse de José Luis Cuevas. El instrumento para dar esta impresión fue la escritura. Durante años, en sus columnas semanales, donde Cuevas apuntaba “Yo”, quería decir “Yo, que soy grande”. Fue lector de todos los libros y escritor de todos las escrituras. Daba cuenta de su interior para crear las condiciones de recepción de su propia obra hasta confundir a un Cuevas con el otro: el Cuevas que actuaba y el Cuevas que creaba. Sus notas, completamente autobiográficas, tenían una enorme capacidad de irritar a los lectores por su humor sardónico y su irreverencia para hacer las afirmaciones más sorprendentes. Tenía, por cierto, un cierto delirio de persecución. Yo recuerdo aquella entrega en la que afirmaba que un misterioso emisario quiso comprar su talento con unos cuantiosos millones de pesos para que dejara de dibujar y de crear; era esta historia delirante una especie de identificación megalomaníaca con la leyenda mozartiana. Es debido a estas escrituras explosivas por las que Cuevas se convirtió en un personaje omnipresente en la cultura nacional —mal que le pesara a algunos— y fue, según mi criterio, que debido a estas escrituras Cuevas se convirtió en ese personaje accesible a los medios de comunicación que al final resultó tan grotesco. Él mismo lo decía: “la gente de mi país, conoce mi persona y desconoce mi obra.”

Afirmaba que su primer orgasmo le había sobrevenido mientras miraba el mural Katharsis de José Clemente Orozco, en el Palacio de Bellas Artes. Y, aunque reñido con el nacionalismo mexicano —que combatió con todo su talento e inteligencia— fue un admirador sin límites de Orozco. Desde luego, polémico y rápido para el asalto, Cuevas se impuso como uno de los grandes artistas de la Generación de la Ruptura y en alguna desafortunada ocasión, Cuevas, incluso afirmó: “la Ruptura soy yo“.

Yo admiré en José Luis Cuevas esa prohibición del acto de creación sin una autocrítica feroz. Poseía, a pesar de aparentar lo contrario, una insatisfacción permanente. Yo afirmo que con todos sus logros (la creación de su propio museo, un museo en el que pensó desde 1970) Cuevas murió insatisfecho de lo vivido y de lo creado.  Buscó con pasión hablar al tú por tú con los grandes dibujantes de Occidente: Rembrandt, Durero, Goya, Picasso. Estaba enamorado del blanco y el negro, amaba el sepia de los dibujantes. De hecho, el idioma de sus formas plásticas  se reveló merced al ácido del aguafuerte y a la fuerza tensa de la punta seca. También a la textura granulada de la litografía.
“El dibujo es el arte mayor, es el arte de la inteligencia” decía Cuevas. “Aboceto dentro de mí, humanidades que nunca antes hubiera imaginado”. El lápiz, la pluma, el pincel, la punta seca, el buril, eran sus instrumentos para hacer del mundo un pecado como un acto de creación. Producía en series, ese era un aspecto de su inteligencia narrativa. Inteligencia visual y programática no escindida sino complementaria de la escritura: páginas ensayísticas lo mismo de escritura que de dibujo.

Al final, Cuevas estuvo solo a fuerza de homenajes. ¿Es ese el triste destino de los artistas mexicanos? ¿Dejar de ser leído y verdaderamente visto a fuerza de ceremonias y pompas? Quizá.

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