imageCuando me llega el aroma de la tinta china sobre papel, yo me acuerdo de mi tío Ángel José Mora Suárez. Pensar en Ángel José es recordar cuando mis papás me llevaban a verlo a su espléndido estudio en la colonia Narvarte; estudio atestado de papeles y materiales artísticos en una gran confusión y no obstante, en un orden personal irreemplazable: habían muchos escritorios y restiradores, una iluminación natural espléndida que entraba a través de grandes ventanales, un piso de madera que crujía y resonaba al paso de una hormiga, habían pantallas de dibujo para animación, muchísimos dibujos en la pared, algunos enmarcados, algunos sostenidos apenas por chinchetas, en blanco y negro, a lápiz, a plumilla. Algunos  firmados por él, y otros, dibujos que le habían regalado sus colegas a lo largo de muchos años. Yo recuerdo, por ejemplo, el dibujo que me impresionaba más: un Batman firmado y dedicado a mi tío, nada menos que por su inventor, Stan Lee. O recuerdo un dibujo extraordinario a plumilla, y autografiado por el gran historietista español Carlos Giménez.

Mi tío nos recibía a mi hermano y a mí en su estudio para iniciarnos en el secreto del oficio del dibujante: el oficio del que tiene que realizar diez páginas de dibujo al día. Ese era para mí el oficio del ensueño. Nos permitía adentrarnos al estudio para despojar de misterio a su oficio: mostrarnos con el orgullo del que se sabe un maestro de su quehacer, que, en realidad, la maestría es el privilegio de la dedicación y que no hay gran maestría sin un gran amor. El dibujo producía entonces, como nos enseñó Ángel José Mora, amor por las cosas. Amor por la imaginación y por el trabajo. No había una mejor posición corporal para la iluminación que estar inclinado ante una hoja de papel, dibujando. Eso nos quedaba a mi hermano y a mí como enseñanza de oro, cuando regresábamos a casa a inclinarnos ante nuestros cuadernos.
Para llegar al estudio de Ángel José Mora uno tenía que subir al tercer piso de una casona a través de una escalera llena de pinturas de su autoría. Era un gran pintor con una visión plástica hermanada a la neofiguracion de Willem de Kooning o a las tortuosas figuraciones expresionistas de Chaim Soutine. En él el pensamiento plástico era indistinguble de su pensamiento gráfico y tuvo el buen tino de incrementar el imaginario popular, inventando un personaje de historieta, Chanoc, en el que no eludía la autobiografía: un héroe tropical, sin superpoderes pero armado de una ética grande, acartonada, cargada de moralejas un tanto insoportables, que pelea a brazo partido contra los cocodrilos dando oportunidad de realizar páginas de dibujo estupendas.

Ángel José Mora Suárez, como los grandes pensadores y como los grandes artistas, nos ayuda a contemplar el mundo de manera inteligente. En su obra hay un polen explosivo.  Quiero decir que no lamento su muerte porque vivió una vida plena y que se extinguió más allá de la octava década. El mundo no se hace menos luminoso por su ausencia, ni mucho menos: el fulgor de su propia estrella le sobrevive. Su obra es una invitación que se pueden aceptar o no, pero su tarea queda explícita: prender fuego a las vocaciones de los demás. Ángel José pegó fuego a la mía. A cada generación le corresponde formular sus propias preguntas y esbozar los ensayos de sus propias respuestas a sus problemas e inquietudes, de modo que toda despedida de todo gran artista o pensador es, al mismo tiempo, un saludo a alguien, que, como ellos, habrá de contemplar inteligentemente el tiempo de su propio mundo y hacer de su obra, un polen explosivo…

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